Gli Anni folli; la Parigi di Modigliani, Picasso e Dalí, (1918-1933)

 

«La modernità – questo gran mistero – abita ovunque a Parigi: là si ritrova ad ogni angolo di strada, accoppiata a ciò che era un tempo, pregna di ciò che sarà. Come Atene ai tempi di Pericle, oggi Parigi è la città dell’arte e dell’intelletto per eccellenza» (De Chirico).

Estas palabras escritas en 1925 nos transportan hasta el esplendor de la capital francesa en un periodo irrepetible para la cultura artística, un periodo perfectamente definido en esta exposición como "gli anni folli", por el gran fenómeno cultural y social que se respiraba dentro de una comunidad intelectual que se reunía en los famosos cafés parisinos, en teatros o en los estudios de los artistas más revolucionarios; una suma de talentos extranjeros que comparten un mismo estilo figurativo y personal, marcadamente expresivo y que está unido esencialmente al ambiente bohemio y cosmopolita de Montparnasse.

París fue para el s. XX lo que para hoy, en pleno s. XXI, representa Nueva York en nuestra cultura. Ciudad cosmopolita, mundana y liberal, fue el centro de vanguardias artísticas y literarias, la cuna de la más extrema modernidad y fue, en definitiva, la máxima representación de la vitalidad artística y de la energía creativa de un periodo de entreguerras, a caballo entre la I y la II Guerra Mundial; nos transportamos así, dentro del Palazzo dei Diamanti de Ferrara, hasta los famosos años 20. En estos años, Paris, representaba la ruptura con el pasado, un nuevo comienzo y una nueva búsqueda de la inspiración para conseguir una nueva armonía dentro de la atmósfera cultural.

Los protagonistas de esta extraordinaria exposición comisionada por Simonetta Fraquelli, Susan Davison y Maria Luisa Pacelli, son Monet, Matisse, Mondrian, Picasso, Juan Gris, Braque, Léger, Modigliani, Chagall, Tamara de Lempicka,Duchamp, Calder, De Chirico, Miró, Giacometti, Magritte y Dalí; maestros activos en el Paris de  aquellos años, y en la que se hace una cuidada selección de más de ochenta obras provenientes de las colecciones públicas y privadas más importantes del mundo, como El desnudo de 1917 de Modigliani, La Maternidad de Picasso, Desnudo con gato de Derain, El Gallo de Chagall o Dos Figuras Mitológicas de De Chirico. Obras que van desde la pintura hasta la escultura, desde escenografías teatrales hasta fotografías o diseños, en definitiva, un compendio de obras que representan toda la efervescencia cultural del momento y que interpretan y asumen el ansia de buscar nuevas expresiones creativas que dejarán una huella profunda en la Historia del Arte del Novecientos. Se trata de una exposición de la “explosión cultural” en todas sus expresiones a comienzos del s. XX dentro del espíritu bohémien del Paris más cosmopolita.

 

Iniciamos la exposición de la mano de Renoir con su obra La Fuente, artista que fue fuertemente admirado por Picasso y Braque, y de Monet, con El Puente Japonés, quien se convertirá en el padre del lenguaje abstracto por su exasperada búsqueda de la luz. El Impresionismo continuaba siendo en los primeros años del Novecientos la corriente artística más aclamada, llevando hasta esta ciudad a artistas internacionales en busca de la creación y de las nuevas vanguardias que marcarán el s. XX. La atmósfera desinhibida y variopinta que se respiraba en todo Montparnasse será el punto de encuentro de estos jóvenes talentos a los que les unía un estilo figurativo personal y un marcado  ideal de libertad. Este espíritu creativo va tomando forma en el transcurso de la Exposición, que nos guiará desde elDesnudo de Modigliani  (1917), que nace del influjo de las máscaras africanas y de las formas más manieristas del Renacimiento, hasta el postmodernismo, el fauvismo o el último cubismo de Picasso, Braque, Léger o Gris. La costa mediterránea, con su luz y su exuberante vegetación, ha representado para una gran cantidad de artistas un complemento más a la frenética modernidad parisina, Matisse con su Desnudo acostado II (1927) y Bonnard con su obra Desnudo sobre fondo amarillo (1924), serán los representantes de esta atracción por el sur, de esta mezcla de sensualidad, intensidad cromática y gran luminosidad tan deseada, admirada y anhelada por los grandes maestros. El holandés Mondrian se establece en París en 1919 con su neoplasticismo, y será allí donde lleve a efecto un sistema autosuficiente con respecto a la realidad, expresando, a través de una relación armoniosa entre líneas y planos cromáticos, un principio de paz y de equilibrio universal, Composición con amarillo, negro, rojo, azul y gris (1922) es una obra que rompe con cualquier otra composición anterior, rompe con cualquier otro legado perspectivo ya que su estructura está privada de un punto central, constituido principalmente por una ausencia de color; la obra tuvo un gran impacto visivo y acabó aplicando su neoplasticismo a la vida real. En 1930 el americano Calder visitó el taller del holandés y, quedando profundamente fascinado, este encuentro dio lugar a la obra que lo a hecho celebre, sus característicos móviles, construcciones geométricas básicas y simples que se activan a través de una manivela, Dos esferas dentro de una esfera (1931), es una clara muestra de ello y, representarán el equilibrio cósmico. Con el fin de la guerra se desarrolló una nueva experimentación teatral que se nos muestra en la sala VI de esta exposición  por medio de representaciones escenográficas de los ballets rusos y suecos fruto de grandes artistas, escritores, músicos y coreógrafos. El Art Déco también tiene su hueco en este recorrido parisino a través del retrato femenino perfectamente representado por la artista ruso-polaca Tamara Laempicka, quien cultivó un gran éxito entre al alta sociedad parisina del momento. Sus representaciones estáticas y sensuales, serán inconfundibles por su realismo, por sus ecos cubistas o por sus reminiscencias del cinquecento, tal y como observamos en su obra Irene y su hermana (1925). En estos retratos femeninos, se nos representan modelos de mujer andróginos, en perfecta sintonía con el primer momento de emancipación que estaba viviendo la mujer en el París de aquellos años 20 y, que ahora será total protagonista de la escena cultural y social. La exposición tiene una sala dedicada a los artistas italianos afincados en Paris en aquellos años, sala VIII, artistas que gozaban de gran reputación gracias a nombres como De Chirico, Severini, el ferrarese De Pesis o el gran maestro Modigliani. Tras el final de la guerra se vuelve a un moderno clasicismo, siendo Picasso uno de los pioneros en la vuelta al uso de técnicas pictóricas tradicionales y al redescubrimiento de los temas protagonizados por la figura humana, Maternidad (1921). La Comedia del Arte también vendrá representada en este nuevo realismo por medio de las máscaras de artistas como Derain, Cèzanne o el gran genio Picasso y su Arlequín, figura que se  convertirá en el emblema de todo artista contemporáneo que juega consigo mismo y con su obra, convirtiéndose en una metáfora del hombre moderno. Darain, después del Fauvismo y el Cubismo, vuelve a la tradición figurativa más occidental, y será considerado como uno de los más célebres representantes de la belleza femenina, su Desnudo con gato es una obra maestra de este género pictórico. En escultura, el artista catalán Maillol retomó el desnudo clásico, y tal vez inspirándose en la Venus de Cnidia, creó su Torso de Venus (1920). La sala X es un claro homenaje a la Torre Eiffel, representación máxima del progreso y de la vida de la ciudad de París, donde se nos presentan distintas visiones de dicho monumento desde la pintura hasta la fotografía. Mención especial tienen la obra del pintor cubista Delaunay y su Tour Eiffel (1924-1926), y la obra de Man Ray. Esta extraordinaria exposición finaliza con un giro radical, el París de los años 20 fue también el escenario de los últimos desafíos artísticos: el Dadaísmo y el Surrealismo. El Dada fue un ataque frontal al sistema de valores morales y culturales de la sociedad burguesa, la cual no había sabido impedir la brutal carnicería de la guerra. Las obras que aquí se nos presentan, son el testimonio de una total ausencia de normas y originalidad de los procedimientos expresivos experimentados por los dadaístas, todo ello perfectamente programado para no dejar indiferente al espectador. Picabia con su vocabulario industrial para describir comportamientos humanos, L’oeil-caméra (1919); Duchamp y sus “ready made”, abjetos que va encontrando en la vida cotidiana y les atribuye el valor de obra de arte, 50 cc d’Air de Paris, o Man Ray y uno de sus objetos perversos, Cadeau (1921), donde uniendo elementos incongruentes y un título engañoso juega con el sentido común. En definitiva, huyen de la tradición artística para convertirse en agitadores e iconoclastas maestros de la provocación. La ultima sala, la sala XII, nos adentra en las pulsaciones inconscientes relativas al sueño, en lenguajes disparatados que los surrealistas aspiraban a alcanzar con el dictado del pensamiento en ausencia de cualquier control de la razón. Ernst y su Beso (1927), Masson y su obra El hombre muerto (1926), y los grandes maestros del surrealismo Joan Miró, La reina de Prusia (1929) y Salvador Dalí, El eco del vacío, nos adentran en esta poética surrealista, donde también encontramos su máxima expresión en la escultura de Giacometti y su Mujer cuchara (1927).

Gli Anni folli; la parigi di Modigliani, Picasso e Dalí,  (1918-1933)

Palazzo dei Diamanti, Ferrara (Italia) del 11 de septiembre al 8 de enero

Palazzo dei Diamanti, Ferrara (Italia)

Número 17

Diciembre 2011
Vanessa NEBRA
Estudiante del Master de Estudios Avanzados en Historia del Arte, Universidad de Zaragoza
Fecha de recepción: 8/12/11
Fecha de aceptación: 10/12/11
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