La sala de exposiciones “Francisco de Goya” de la UNED de Barbastro (Huesca) ha dedicado su más reciente exposición (del 25 de marzo al 10 de Mayo de 2022) al aragonés Miguel Ángel Encuentra (Aliaga, Teruel, 1951), uno de los más interesantes y veteranos artistas de nuestro panorama, residente desde hace años en la propia ciudad en la que ha mostrado su obra.
Con el título de “Yi”, esta muestra supone el más reciente capítulo de un largo periplo que comenzó su andadura allá por los ya lejanos principios de los años 70, y ha persistido, contra viento y marea y venciendo numerosas dificultades y sinsabores, en el desarrollo de una estética muy personal sostenida y perfeccionada en el tiempo en varias líneas de investigación. Su calidad y valía fue reconocidapor nuestra Asociación Aragonesa de Críticos de Arte (AACA) que le otorgó el “Gran Premio AACA al más destacado artista aragonés contemporáneo objeto de una gran exposición en 2020” que, con el título de“Negro Esperanza”, pudo verse en el Museo de Teruel (16 de octubre a 22 de noviembre de 2020[1]; un premio, sin duda, muy merecido que supuso para el artista un acicate a una actividad que hemos visto enriquecida y, en buena medida, renovada en esta última exhibición.
Es, muy especialmente, a través de algunas de sus más recientes producciones presentes en Barbastro, donde los espectadores hemos podido advertir un importante salto evolutivo que, sin duda, sitúa al artista en una nueva encrucijada estética, ante un nuevo desafío de futuro muy prometedor. Las últimas obras de la serie “Yi” (perteneciente, como otras, a una línea de investigación abierta desde hace años), tiende a un mayor equilibrio entre lo “socialmente comprometido” como motor de cambio -vigente, de una u otra manera, con preeminencia en su obra hasta ahora-, y una búsqueda de respuestas en las enigmáticas esencias de su propia “interioridad”; un proceso que se sustenta en la potenciación de la pincelada única y de la acción gestual y supone una inmersión en lo prelógico y primitivo, sólo apreciable hasta ahora en algunas de sus obras de manera más puntual, o -por definirlo de alguna forma- con una presencia más “discreta”.
Limpia y plena de franqueza en su expresión genuinamente abstracta, esa buscada síntesis entre lo metódico, lógico y racional, en un entorno de raigambre “cartesiana” dominado por la rectitud, lo lineal y un notable protagonismo de lo geométrico, así como los enrejados más o menos perfilados y patentes, el creador se abre en esta nueva formulación de “Yi” a una interesante dialéctica de contrarios donde la fuerza imperiosa, libre y enigmática de lo sígnico-gestual de querencias expresionistas cobra un mayor protagonismo hasta el punto incluso de hacer desaparecer, en ocasiones, toda base lógico-constructiva.
A los lavados, decapados, enmascaramientos, etc de carácter expresivo que, fruto de la investigación, suponen el sumario de soluciones plásticas aplicadas en sus obras por Miguel Ángel Encuentra, el artista adopta como estrategia en esta ocasión una mayor depuración de los medios expresivos, una máxima sobriedad del color que se limita, a veces incluso, hasta la reducción binaria, dentro de una hermosa poética entre la estricta soledad de los soportes y las variadas sugerencias líricas de la tinta monocolor. Tinta china que supone una “seña de identidad” de toda su obra. La pincelada inmediata, directa, sin posible marcha atrás, aplicada en sinuosidades, giros o curvaturas o ciertos elementos muy sutiles de querencias “tachistas” surgidos del impulso, sirven de contrapunto a lo lineal y reticular logrando un mayor dinamismo en el proceso de la acción creativa y proponiendo al espectador una rica experiencia sensorial.
Si la muestra turolense “Negro Esperanza” -un gran políptico compuesto por veintiuna piezas variables cuya dimensión total es de veintiún metros de largo por un metro cincuenta de ancho- incidía en una extensión lineal y temporal[2], dentro de unas coordenadas que bien podríamos calificar de histórico-sociales, la actual lo hace hacia lo hondo, supone un viaje en profundidad hacia lo íntimo; puede decirse que, a un nivel simbólico, Encuentra ha emprendido un viaje desde lo terrestre hacia lo aéreo, en un ejercicio de vuelo libre sin restricciones que, más allá de todo discurso aplicable-el propio artista lo explica como un encuentro entre Occidente y Oriente en una “búsqueda de la iluminación, de una luz que le permita, a pesar de la dificultad, una evolución feliz”- supone un descubrimiento de sí mismo, una inmersión en la expresión del ser con sentido de la trascendencia, un verdadero testimonio ontológico a través de la belleza.