Geometría y la pintura Cristina Silván

El Monasterio de Veruela, a través de la Diputación Provincial de Zaragoza, acoge la obra pictórica de Cristina Silván, 8 de septiembre hasta el 1 de noviembre, con muy sugerente texto del pintor Javier Peñafiel.

Estamos, como hiciera en parte para la zaragozana galería Antonia Puyo en 2009, ante una propuesta mediante instalaciones, acrílicos sobre madera, impresión fotográfica sobre dibond y construcciones que son esculturas. Todo para ofrecer una excepcional propuesta mediante formas a través de diferentes procedimientos técnicos, de manera que la riqueza geométrica y colorística emergen alteradas por la cambiante técnica. Sea lo que sea, por variedad, Cristina Silván es una pintora abierta que se niega a utilizar el cuadro como única alternativa artística.

Color y geometría son las  claves para tan exquisitas y variadas obras que definimos como auténtico arte. Exquisitez que pudo motivar obras con la belleza por la belleza, lo cual se anula a través del color, la geometría y el movimiento. Todo en los lugares exactos. A la compleja variedad del color y de las formas se suma la manera de combinarlos. Un ejemplo basta. En el cuadro Hexágono-diez, acrílico sobre madera de 2011, su forma hexagonal se basa en dispares triángulos, alguno truncado, rombos  y un rectángulo, que pinta en negro o en azul para ofrecer, de manera constante, el impacto del azul y al lado el negro. Hasta aquí normal. Lo que genera el matiz diferente, mágico, es la invasora presencia de una estrecha línea amarilla, como contraste respecto a los azules y los negros, que rompe dichas formas para crear otras, de modo que todo sufre una singular alteración del primer orden geométrico establecido mediante dichos negros y azules. Estrecha línea, por cierto, que utiliza en otras obras con similar complejidad formal.

A sumar, de lo dicho, la aparente sencillez de los colores en algunos cuadros, basta citar Construcciones II, de 2008, y el movimiento en obras tipo V.A.A.O. I, de 2010, para evidenciar una suerte de espacio cerrado por el juego geométrico y abierto por el lugar donde se ubica. Nombrábamos movimiento. La obra Instalación I.P.A.C.V., de 2009, es un collage sobre vinilo. Aquí se centran, por ejemplo, la aparente sencillez de los colores, negro como poderoso fondo y amarillo que lo altera, la variedad geométrica mediante el amarillo y el perpetuo movimiento protagonizado por éste. El resultado es diáfano y complejo. La proliferación de formas geométricas amarillas unidas quebrándose por doquier, sin olvidar las muy estrechas bandas, se transforman en una indescriptible danza en pleno espacio negro, en pleno hipotético cosmos, de modo que la racionalidad geométrica se ha transformado en pasión, se ha humanizado, siempre sin pérdida de su implícita naturalidad formal.

Impecable exposición, muy trabajada y pensada, que señala la categoría de una artista entroncada con la abstracción desde su singularidad, la que Javier Peñafiel, en su texto, define como pintura no imitativa para recoger una frase entroncada con muchos años, justo cuando se debatía cómo encontrar la palabra precisa que reflejara la presente obra de Cristina Silván.