GARBO es el nombre que recibe este festival cuya peculiaridad comienza en su misma creación, pues nació como órgano de difusión y captación de talentos jóvenes íntegramente compuesto por estudiantes de 3º de Bellas Artes de la Universidad de Zaragoza, con el objetivo de abrir un huequecito a la producción emergente y más vulnerable, en el gran escaparate del mudo del arte actual.
En esta segunda edición, expuesta del 28 de mayo al 5 de junio de 2019, contamos con la presencia de 23 artistas de múltiples nacionalidades provenientes de los centros universitarios de Teruel, Madrid, Valencia y Bilbao. Se consigue así otorgar visibilidad y rotundidad al panorama artístico de Teruel, ampliando aún más si cabe el alcance de su abrazo.
Entrando en materia, lo primero que percibimos al acudir al Museo es, sin duda alguna, la impecable gestión de montaje y comisariado que el equipo del Museo Provincial de Teruel ha brindado, demostrando una vez más, la inmensa profesionalidad de trato con que acoge a cada exposición. El contraste que produce la arquitectura del siglo XVI con una exhibición de arte joven envuelve las estancias en un ambiente cuanto menos enternecedor. Tanto, como el recuerdo de una abuela jugando con su nieto. Y digo recuerdo, porque tristemente pareciera que hoy en día los jóvenes fuesen capaces de sustituir familias enteras por la compañía de la abrumadora tecnología.
No pudiéramos sino determinar cuál fuere exactamente la línea temática unitaria de una muestra tan heterogénea. Tal vez no la haya. Tal vez, sea su ausencia la manera de suscitar la duda, y por consiguiente, el interés o el rechazo. Aún y todo, si quisiéramos resolver este minúsculo dilema, nos bastaría con acudir a muchas más exposiciones de carácter colectivo para refinar nuestros gustos y averiguar si nos complace más absorber un mismo y gran mensaje contado repetidas veces de diferentes maneras, o si por el contrario nos sentimos más gustosos de interactuar con varios mensajes diferentes contados desde múltiples perspectivas. Es tan solo y por lo tanto, una cuestión de apetitos.
En el caso de GARBO se otorga absoluta libertad de perfiles sin filtro de edades, procedencias, sexos, curriculum etc. Siendo que nace de un contexto universitario, es frecuente encontrarnos con el gen dominante de la juventud (aunque un estudiante y artista emprendedor pueda contar muchas primaveras en su DNI). Ello nos lleva a tener en cuenta que si las edades que rodean a todo ser humano son tres (cronológica, biológica y mental), la línea temática que aquí hubiese reconocido fuese, en efecto, la del mero sondeo a vislumbrar en una lista las preocupaciones más repetidas de las nuevas generaciones de este país. Como si GARBO estuviese jugando a las estadísticas del INE.
No es baladí, empero, que la variabilidad temática quede tan difusamente valorada.
Por citar algunos ejemplos, con Miriam Chiva Fotogrames 2018 acudimos a un tratamiento fotográfico de la pintura, cuya interracialidad matrimonial excita. Sus inquietantes representaciones cual capturas de carrete apuntan a unos vestigios de verdad donde la espontaneidad vence a la pose. Son como las fotos que hemos hecho sin querer de unas vacaciones, cuando apretamos el botón deliberadamente mientras sujetábamos la cámara sin saber a qué apuntaba.
La heterogeneidad conlleva los muchos hilos de los que se puede tirar en esta edición. Lucía Blas con ST 2019 se atreve a elevar el desecho desprendido de la actividad artística por encima de la obra resultante de dicha actividad, alcanzando incluso, con la pintura desprendida, olvidada y rescatada, una plasticidad matérica tan escultórica como cárnica. Algo que encuentra coyunturas con Consuelo 2018 de Ester Garrido, que consiste en simple cartón en el suelo. En efecto, como los que nos encontramos en la calle tirados o amontonados en los contenedores. Como esos que utilizan a modo de colchón los más necesitados e, irónicamente, los más repudiados de la sociedad, esto es, las personas sin techo. Un gofrado en cartón con la palabra “consuelo” grabada por el propio peso del cuerpo de la autora, nos hecha en cara una sagaz denuncia, esta vez por los desechos sociales. Personas que son tiradas a la basura por un individualismo que ha tornado en un subproducto de la relación entre el sistema neoliberal y la tecnología, quedando nuestra pequeña sociedad e incluso nuestra persona completa hasta pudiendo ser embutida en la pequeña pantalla de un móvil. Ello, nos lleva a considerar oportuno confirmar las sospechas de pensadores como Emilio Taddei o Remedios Zafra de quienes se extraen las hipótesis de la visión de las personas no-productivas como sujetos desechables de los que poder prescindir. Poetas, artistas, historiadores, escritoras, vagabundos, extranjeros sin papeles, etc. Se trata por consiguiente, de un neoliberalismo al que le gusta mucho fomentar la individualidad para así anular el principio de solidaridad humana, convirtiendo al sujeto en un empresario de sí mismo que ha de esforzarse al máximo para poder sobrevivir. Ello constituye la creencia de que uno puede con todo aunque para ello deba pisar la cabeza del de al lado, porque la vida es cruel y el mercado es despiadado, no igualitario. Solo triunfa el mejor, y todo principio que iguale oportunidades ha de ser erradicado. En palabras de la artista “Esta pieza habla de la realidad del cuerpo expuesto desde la ausencia del mismo.”Una ausencia que por otro lado, nos conduce a imaginar causas de pérdida del sujeto habitante de ese no-lugar bastante más desgarradoras.
Qué más sobre lo que aprender e indagar. Qué más decir sobre GARBO…
Si antes hemos hecho referencia a un excitante matrimonio entre técnicas opuestas e históricamente enfrentadas con Miriam Chiva, en Japan Erromeri Bikotea 2018 de Milagros Santos Dolz ocurre lo contrario. Su pieza, un juego de menaje en porcelana vidriada, pareciera haber nacido de un padre japonés y una madre euskaldun, ya que los platos recuerdan a panderetas y los cuencos para la salsa presumen de posa-palillos incorporado. Es una “reducción a lo absurdo”de la “apropiación cultural” que encuentra su germen en la moda gastronómica de los restaurantes con oferta de fusión culinaria, de donde se concluye una necesidad por cuidar lo propio sin dejarnos caer ni recaer en mestizajes innecesarios que más que denotar amor, connotan puerilidad.
Y ya que hablamos de comida, por qué no pasar directamente al postre con Suri Kim y su obra Mesa en común 2018-2019. Esta promesa venida de Valencia encuentra en el mero acto de comer la excusa para provocar encuentros entre personas que, poco a poco marchitan en el tejido de una sociedad cada vez más veloz. Es verdad que comemos inconscientemente. No nos concentrarnos en el disfrute del alimento, ni siquiera destinamos el tiempo que se merece al ejercicio de comer. Muchos desearían incluso tener una puertecita en el vientre para meter la comida más cómoda y rápidamente. En Corea, de donde la artista es originaria, preguntar si ya has comido es tan natural como saludar con un Hola, ¿qué tal? “Comer es uno de los rituales más importantes, pero no lo celebramos lo suficiente” afirma, y es que la complejidad de su investigación resuelta a modo de acción, fotografía análoga y libro de artista, identifica el enorme legado cultural que le debemos al desarrollo de la gastronomía como una modalidad de arte más, que entabla claros puentes sensoriales.
Muchas más son las flores sobre las que seguir saltando en este precioso campo dispuesto y labrado con la ayuda del Museo Provincial de Teruel. Luis Utrillas, Micaela Maisa, Sofía Gregorio, Fan Jiang o Ana María Monzó son otras propuestas para tirar del hilo de la obra que aquí presentan hasta llenar ellos solos todo un museo. Lo onírico, lo que oprime, lo que se derrite, lo abstracto y lo pop, también han sido temas recurrentes. Con Alba Mozas acudimos al llamamiento de una definición de la identidad humana que escape de parámetros de raza, religión o sexualidad, y abrace las etiquetas de la felicidad y acciones de vida. Lo que inquieta en su oscuridad y el trabajo con el cuerpo presente en la videoinstalación de Diego Rodríguez, y ejemplos de arte tribal con la marcada gestualidad pictórica de Ignacio Lana han sido motivo de atracción hasta para el espectador más exigente. Y un largo etcétera que incluye a potenciales augurios como Jorge Puertolas, Ángel Rodríguez Arias, Nicolina Grossu, María Teresa García o Sara Asensio. Todos ellos y muchos más merecen un hueco en esta reseña.
Por mi parte, deseo un permanente flujo de ediciones en iniciativas como GARBO Festival BBAA Teruel, como modo de invertir en talento y en salud cultural.