Frank Stella & Santiago Calatrava: The Michael Kohlhaas Curtain

Hace tiempo que Frank Stella ya no es el mismo pintor que el crítico Clement Greenberg convirtió en figura emblemática de la “abstracción post.pictórica”; pero la abstracción siempre ha sido su caballo de batalla favorito, y a través de múltiples experimentos y etapas ha permanecido siempre fiel a la bidimensionalidad, evitando cuidadosamente la ilusión de tercera dimensión o volumen, lo cual confiere una cualidad decorativa (sin el sentido peyorativo que a veces tiene la expresión) a sus trabajos. No es de extrañar que, con su buen ojo para sintonizar con los cambios de gusto vigentes, haya pasado de las influencias de los juegos visuales del Op Art o de los colores alegres del Pop (uno de cuyos primeros valedores fue su esposa, Barbara Rose) a las caligrafías murales del graffiti o, por decirlo con la ambiciosa denominación que reivindican, el arte urbano. Bien se puede apreciar en esta instalación, donde los muchos forofos del japonismo que tenemos en Zaragoza disfrutarán también con los guiños a esa influencia: no hay nada nuevo bajo el sol. Todo esto, e incluso el eterno proyecto imposible de un muro sin principio ni fin, un kakemono que se cierra sobre sí mismo en redonda perfección, ya estaba presente en las Ninfeas de Monet instaladas en el sótano de la Orangerie del Jeu de Paume en París. La diferencia fundamental es que aquí, en lugar de dos círculos de diferentes tonalidades cromáticas, Stella nos propone dos murales prácticamente idénticos, pero que también evocan puntos de vista emocionalmente complementarios: Ver el mural por fuera, recorriendo sus 30 metros de largo mientras se contempla la curiosa estructura del toroide diseñado por Calatrava para exponerlo es su redonda convexidad, es inevitable pensar en una atracción de feria, que enigmáticamente se ha introducido en el flamante edificio del IAACC Pablo Serrano (una arquitectura dentro de una arquitectura), como el Camarín de la Virgen en el Pilar. Pero en un momento dado uno encuentra la raja que han tenido que practicar en el mural y entra en el sancta sanctorum (lástima que no hayan habilitado unos túneles de escaleras como los que conducían a los visitantes hacia abajo y luego hacia arriba en los típicos panoramas visuales decimonónicos, de manera que salían al centro de grandes perspectivas pintadas) y allí uno se encuentra ante una experiencia intimista, donde quizá debieran haber matizado un poco la luz ambiental, para gozar de la visión de los colores, tanto los pintados a este lado del muro como los que se adivinan del otro lado, y las sombras de los demás visitantes. No sé si estas referencias decimonónicas son del todo relacionables con la novelita romántica de las desventuras de Michael Kohlhaas, escrita por el alemán Heinrich von Kleist, que tanto influyó a Kafka y por lo visto ha estimulado ahora la imaginación de Stella.  En mi opnión, esta cueva platónica es casi una metáfora del museo contemporáneo, donde las obras de arte expuestas son como sombras, a través de las cuales adivinamos reflejos de la realidad exterior; pero contagiados por el optimismo vital que rebosa este mural, también podemos comparar la experiencia a una linterna mágica, que nos ilusiona en tiempos tan deprimentes.