Fotos & Libros. España, 1905-1977

Desde el pasado 28 de mayo hasta el 5 de enero del próximo año, tenemos la oportunidad de contemplar esta magnífica muestra en el Museo y Centro de Arte Reina Sofía.

En el amplio lapso temporal que abarca la exposición, encontramos   publicaciones de muy diferente naturaleza, aunque todas ellas observan varios factores en común. Quizás el principal de ellos tenga que ver con la puesta en práctica de una nueva manera de difundir la fotografía en el panorama nacional a través de la edición de libros. Una de las iniciativas pioneras son los trabajos de José Ortiz-Echagüe, principal adalid del tardopictorialismo hispano  (recuérdense, entre otros, su Tipos y trajes (1930), España, Pueblos y Paisajes (1939), o España Mística (1943). A pesar de todo, no dejaban de ser iniciativas más bien excepcionales en el contexto de las agrupaciones fotográficas, siendo el principal medio de darse a conocer para  la mayoría de los fotógrafos amateurs españoles las diferentes convocatorias de concursos y salones organizados por estas entidades de presupuestos organizativos y estéticos muy conservadores, las cuales ejercían un control muy férreo sobre sus miembros. En las obras de Ortiz-Echagüe hay un deseo innegable de trascendencia, de intemporalidad, a partir, por ejemplo, de la presencia de los religiosos cartujos en su España mística,  o la recopilación de “tipos” de las distintas regiones españolas, en Tipos y trajes, o con las panorámicas de los más importantes castillos de nuestro país, en Castillos y Alcázares, símbolo del esplendor cultural del pasado. Esta sería una vertiente que, desde la tradición y la permanencia, se imbrica de pleno en el asentamiento de una serie de aspiraciones de adscripción histórica con el pasado glorioso de España; una imagen que estaba siendo potenciada por las instancias del régimen de Franco. Quizás también por esto las obras de Ortiz-Echagüe han sido objeto, en ocasiones, de injustificadas críticas obviando cualquier otra clase de valoración artística sobre las mismas.

En otro orden de cosas, y de muy diferente carácter, debemos considerar la importante labor desempeñada por la editorial barcelonesa Lumen, de la familia Tusquets, a la hora de poner en marcha una serie de proyectos que tuvieron la característica de reunir el trabajo de escritores y fotógrafos en igualdad de oportunidades a partir de los años sesenta del pasado siglo. Se trata de importantes y reconocidos literatos que colaboraron junto a jóvenes fotógrafos (De la Higuera: 1967)que en aquella época empezaban a tener cierta presencia a través de sus primeras exposiciones y gracias a las reseñas en el Boletín de Afal (Agrupación Fotográfica Almeriense), una de las entidades que va a liderar el proceso de renovación de la fotografía española a partir de los años cincuenta, y a su presencia en el significativo Anuario editado por esta misma agrupación en 1958.

Fue a través de la colección “Palabra e Imagen”, que Lumen llevó adelante un buen número de libros: Libro dejuegos para los niños de los otros (Texto: Ana María Matute/Fotografías: Jaime Buesa, 1961); Neutral Corner (Ignacio Aldecoa/Ramón Masats, 1962); Toreo de salón. Farsa con acompañamiento y murga (Camilo José Cela/Oriol Maspons y Julio Ubiña, 1963); La caza de la perdiz roja (Miguel Delibes/Oriol Maspons, 1963); Viejas historias de Castilla la Vieja (Miguel Delibes/Ramón Masats, 1964); Izas, rabizas y colipoterras. Drama con acompañamiento de cachondeo y dolor de corazón (Camilo José Cela/Juan Colom, 1964); Los días iluminados (Alfonso Grosso/Francisco Ontañón, 1965); Los cachorros (Mario Vargas Llosa/Xavier Miserachs, 1967), etc. En otros casos, se hacen interesantes reediciones de escritores ya fallecidos, como el caso de Poeta en Nueva York, de Federico García Lorca, con fotografías de Oriol Maspons y Julio Ubiña, en 1966.

Volviendo con la colección “Palabra e Imagen”, la misma editora, Esther Tusquets, explicaba en sus memorias los orígenes de su iniciativa:

Habíamos pensado empezar con libros que incluyeran imágenes. Nos parecía un campo en España casi virgen, donde quedaba mucho por hacer…”

(…) “En unos momentos en que acariciábamos la idea de hacer libros ilustrados; Barral utilizaba fotografías para las cubiertas de su Biblioteca Breve; se publicaban, sobre todo fuera de España, hermosos libros de fotografía; se oía con frecuencia la ingeniosa y dudosa suposición de que“una imagen valía más, o decía más, que mil palabras”, y todos defendíamos con fervor que el cine y la fotografía eran artes a tan justo título como las cinco artes tradicionales que habíamos heredado de la Antigüedad” (Tusquets, 2005: pp. 31 y ss.)

            A partir de este testimonio, Esther Tusquets estaba justificando y defendiendo la independencia creativa de la fotografía con respecto a la literatura, es decir, no se trataba de ofrecer meras ilustraciones para los textos; se situaba de esta manera a la imagen en igualdad de condiciones con la letra impresa, otorgándole así un reconocimiento artístico, descartando los prejuicios que podrían desprenderse de esta cohabitación

Por otra parte, tales palabras muestran implícitamente un cambio substancial que obedece a la consideración de la fotografía como medio de expresión y al fotógrafo como artífice. Interesa citar aquí igualmente los comentarios de Josep María Casademont, promotor de la galería Aixelà de Barcelona, en cuyas instalaciones presentaron su obra algunos de los jóvenes fotógrafos citados más arriba. La existencia de dicho espacio es también síntoma de la ruptura con las viejas estructuras del pasado, en el sentido de ofrecer una alternativa expositiva a los viejos salones de las sociedades fotográficas: 

“… la fotografía importante no es en el seno de aquellas organizaciones (sociedades fotográficas) donde se produce, ni son los amateurs –por muy galardonados que estén- los autores de ella.”

Abriendo cualquier revista no especializada en fotografía, lo mismo en el campo de la actualidad que en el sofisticado campo de la moda, que en el interesantísimo de la publicidad, contemplamos fotografías que son las únicas que despiertan el interés del literato, del crítico de arte, del hombre de letras; en suma, del único contemplador verdaderamente autorizado para calificar artísticamente, aun sin estar investido de calificar de “artista” a los respectivos autores.”

(…) “Pero, querámoslo o no, las cosas han cambiado: no sólo en nuestro país, sino en todo el mundo.”

Una mayor difusión editorial; el uso, cada vez más intenso de la fotografía aplicada; el surgimiento de los grandes repertorios mundiales, con ocasión de la última gran guerra, han variado el criterio de valoración, no sólo de las fotografías en sí, sino también de la función y misión del amateur.” (Pujol, 1961: 723-727)

Ciertamente, uno de esos “repertorios mundiales” a los que aludía Casademont fue el libro de fotografías Nueva York, del autor estadounidense William Klein, publicado en París en 1956.

Este reportaje sobre la “Gran Manzana” contiene abundantes instantáneas que presentan las calles pobladas por ciudadanos anónimos, paseantes, por las aceras junto a los teatros de Broadway cuyas fachadas están cubiertas por luces de neón, etc., desinteresándose, por tanto, de la arquitectura en favor del factor humano: son tomas muy cercanas a estas personas, decidida y conscientemente descentradas, incurriendo en ocasiones en el desenfoque y al grano, etc. Por todo lo expuesto, supone todo un referente para buena parte de los fotorreporteros nacionales y extranjeros preocupados por recurrir a la ciudad como escenario de sus experiencias creativas (como resulta evidente en Poeta en Nueva York, de Maspons-Ubiña o en el Barcelona, blanc i negre, de Xavier Miserachs), y, concretamente, como espacio donde se desenvuelven las vidas de sus pobladores. En este sentido, en conclusión, hallamos sendas influencias a partir de varios factores: en primer lugar, desde el punto de vista formal y estético, y segundo, por el formato y vía de difusión, el libro fotográfico(Juanes, 1960: s/p.).

Una visión a veces dura y descarnada, profunda y militantemente realista, como podemos encontrar en el libro de Izas, rabizas y colipoterras, de Camilo José Cela y Joan Colom, ambientado en el barrio chino barcelonés, espacio por excelencia de prostitución de la ciudad. Unos planteamientos que, paralelamente y como consecuencia, generaban una importante polémica con el establishment socio-cultural del momento. Hasta el punto de que, en no pocas ocasiones, acarreó problemas con la censura, creándose en este sector editorial un nuevo y activo núcleo para la disidencia cultural y, por extensión, política(Rojas, 2006: 59-80).