Figuras y pasajes contemporáneos. Exposición itinerante de Victor Murillo Ligorred

Esta exposición presenta la obra más reciente del pintor aragonés Víctor Murillo Ligorred. Se trata de una muestra itinerante que ya ha estado presente en Zuera, en la Casa de Cultura, en la Galería Bozzetto de Bilbao y en la Galería San Cayetano 3 de Zaragoza. En el mes de mayo se expondrá en Ainzón, en la Sede de las bodegas Bordejé y a partir del mes de septiembre recorrerá Lérida, Madrid, Tauste, Villanueva de Gállego, la galería Cristina Marín de Zaragoza o la Galería K-Katoño de Bilbao.

La selección de obras que componen la muestra invitan a recorrer las constantes y modos de hacer de este pintor que nos habla desde la materia, la textura y el gesto, unos elementos y procesos que conforman las lógicas de lo pictórico.  A través de los paisajes y figuras que emergen de sus obras nos transporta a esas memorias individuales y espacios de nuestra cotidianidad, lugares comunes de nuestras rutinas diarias que acaban configurando el escenario de nuestras vidas, el recuerdo y las huellas de nuestras historias.

La idea de la pintura como huella, muy coherente en su relación conceptual con el tema de la memoria, se halla de forma constante en estas obras que ponen de manifiesto un claro interés por lo pictórico, en tanto que discurso, en tanto que actitud en torno a las posibilidades del medio. Como explica David Barro, “la pintura es una idea, una forma de pensar, seguramente, sobre la propia pintura en su posibilidad de aprehender el mundo” (Barro, 2009:12).

Lo sustractivo se evidencia en los soportes manipulados, en las manchas de materia, en las aguadas, en los gestos de pincel y espátula que estructuran los cuadros.
Pero también los lijados, raspados y mordidos nos hablan de una voluntad de manifestar el proceso, de evidenciar y dotar de importancia lo que ocurre cuando se está en pintura, esas especificidades procesuales propias del medio. La imagen es el resultado de la aparición y desaparición  de la pintura, en un diálogo que se estima relevante. La materia que en inicio se deposita sobre el lienzo acaba, a menudo, conformando imagen mediante su eliminación parcial y, en ese hacer, deja la huella de su existencia previa, su color, su textura transmitida a las capas subsiguientes. Como una piel que va acumulando los rastros del tiempo y las experiencias, estos cuadros se sitúan como relatos de lo acontecido de una forma altamente sugerente. Es significativo el hecho de que el artista intervenga el medio desde su origen, desde la preparación de todos los materiales, lo cual le permite controlar, en todo momento, su efecto. Distintos tipos de pigmentos, óleos, pinturas sintéticas entran en juego para generar los distintos registros que pueden observarse en sus cuadros. Porque si algo importa, en la obra de Víctor Murillo Ligorred es, ante todo, la pintura y las relaciones que a partir de ella se tejen. Sus lógicas internas más que servir de vehículo para la interpretación de un referente, se convierten en un punto de partida para reflexionar sobre el medio, un discurso, sin duda, muy contemporáneo.

Otra de las constantes, sobre todo en las obras de mayor formato, es una paleta cromática reducida, en la que las distintas luminosidades de los grises cromáticos estructuran la composición. Influenciado por artistas como Richter o Kiefer, su evaluación tonal restringida nos permite presenciar con mayor potencia la fuerza de la pincelada, el comportamiento de la pintura como materia y la huella de los distintos pinceles y espátulas en la misma. La referencia a la pincelada como un icono de lo pictórico, que encontramos en muchos artistas contemporáneos, vincula el presente del medio con su pasado, con la herencia de la tradición. Es interesante ver cómo dialogan los cuadros de escalas tonales acotadas con alguno de los pequeños formatos en los que la saturación de color dentro de la obra se configura como acento visual. Más sugestivo es, si cabe, cómo lo hace no sólo dentro del límite del cuadro sino también dentro del conjunto expositivo, entendido este conjunto como una unidad.

Sin duda, su pasión por Gerhard Richter, artista en el que es especialista, está presente en toda su producción. Podría decirse que Richter es poseedor de una trayectoria que funciona como campo de pruebas para un análisis de las capacidades de la imagen en el arte contemporáneo. En este sentido, Víctor Murillo Ligorred introduce de forma relevante una reflexión muy actual sobre la pertinencia de la imagen pictórica en la proliferación icónica característica de nuestras sociedades. Toma como punto de partida la imagen fotográfica, con una voluntad de investigar e intervenir en ese devenir continúo de imágenes. Dicha imagen es rescatada de cierto imaginario colectivo para oponer otro tipo de relación con la misma, valiéndose de la práctica pictórica y de sus tiempos propios.

En este punto cobra relevancia, de nuevo, su interés por el proceso, un proceso asociado a cierta atemporalidad que no tiene que ver con la rapidez de ejecución del medio fotográfico. Velocidad que también alude no solo a esos aspectos técnicos de los medios, sino que se configura como metáfora de la vertiginosidad de nuestras vidas, de nuestra forma de mirar, relacionarnos y habitar nuestro entorno. Por otra parte y en relación directa con este hecho, el tiempo de contemplación de la imagen pictórica aumenta, el espectador se ve forzado a parar y dedicar un tiempo que convierte esa contemplación en experiencia y, en este sentido, el espectador pasivo se transforma en espectador activo, capaz de completar con su mirada la obra que se presenta. En línea con el citado Richter, Ligorred expresa de manera significativa en sus obras cómo, al igual que la fotografía es capaz de representar la realidad, en convertirse en presencia de una ausencia, la pintura, le añade presencia, convirtiendo de nuevo esa imagen en realidad.

En sus cuadros nos encontramos espacios de tránsito, escenarios de idas y venidas, pero anónimos, los no lugares a los que Marc Augé hace referencia, “que no pueden definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico” (Augé, 2000: 83).  Un análisis del presente que evidencia que “la sobremodernidad es productora de no lugares” (Augé, 2000: 83), capaces de presentarse idénticos a sí mismos en múltiples localizaciones. En medio de estos espacios impersonales, las obras que representan figuras se imponen como contrapunto a esa indiferenciación, dotando de rostro, de existencia humana esos espacios vacíos, en los que la presencia siempre es fugaz, rescatando del olvido esas figuras que dotan al espacio de vida.

Esta muestra itinerante nos permite disfrutar de la obra de Víctor Murillo Ligorred, un pintor con proyección que augura una posición destacada dentro de la cultura aragonesa. La posibilidad que estas exposiciones nos brindan de experimentar su pintura supone un acercamiento a modos de hacer totalmente vigentes en el discurso pictórico contemporáneo  y nos  introducen en un universo que es a la vez personal y colectivo, materia y sugerencia. Como el punctum al que se refería Roland Barthes (Barthes, 2002), estas obras nos llevan a ese azar, capaz de evocar, de devenir en algo íntimo e innombrable.