Cuando Fernando Alvira estudiaba Bellas Artes en Barcelona, un ilustre profesor les hacía copiar dibujos de Goya para hacer mano, según nos cuenta él mismo en un texto a la entrada de la exposición. Como prueba nos muestra seis de aquellos dibujos, realizados al carboncillo o a bolígrafo, fechados en 1978, que podemos ver en la primera sala a la izquierda, junto a otros trabajos recientes sobre papel, en tinta o acuarela, basados todos ellos en diferentes estampas de la serie Los Desastres de la Guerra. Ella ha inspirado también los cuadros de la sala principal; de ahí el título de esta exposición, Desastres, epígrafe que posiblemente tiene algún deje de socarronería aragonesa, pues con modestia nuestro pintor y académico, eminente crítico de arte, considera que a menudo sus trabajos son malogrados esfuerzos –parece que algunos de esos lienzos son obras anteriores repintadas– en comparación con la efectividad en los trazos de un genio como Goya, de quien es tan devoto. Creo que también admira mucho a Antonio Saura, cuya influencia se nota mucho en mi pieza favorita, el gran cuadro vertical de 2022 donde interpreta en clave expresionista el grabado goyesco Las camas de la muerte centrándose en la figura de la protagonista que deambula entre cadáveres con la cabeza cubierta –tampoco está nada mal el otro gran cuadro, de desarrollo horizontal, basado más detalladamente en la misma estampa. A mí me ha sorprendido esta fuliginosa insistencia en los negros o en colores y asuntos tétricos, pues siempre había identificado el estilo pictórico de Fernando Alvira con obras hedonistas, de alegre cromatismo y plácida estética zen. Más familiares me resultan los óleos de la tercera sala, donde incluso ha reservado un testero para su conocida serie de Paisajes viajados; aunque ha escogido cuadros de fosca coloración, quizá por coherencia con el tono melancólico de la exposición. Son panorámicas amplias apenas pergeñadas entre redondeadas colinas, como los escenarios naturales favoritos de Goya. También en esta sala hay una amplia variedad cronológica, que nos permite comprobar una línea de evolución hacia paisajes de simplificada poética, pues si en 1992 incluía gravilla y tierras naturales en su Montesnegros V, o en 2015 todavía concedía cierto protagonismo romántico a la representación de algún elemento anecdótico como en La cruz de término en Loreto, ya encontramos una sintética composición totalmente abstracta en Somontano, de 2018, con recia potencia épica en Sierra de Alcubierre, de 2022. Las pinceladas son intensas, empastadas, dignas de Goya.


