Este libro recoge ocho ensayos, los cuales son versiones revisadas de las conferencias que se pronunciaron entre el 22 de febrero y el 26 de abril de 2006 en el Círculo de Bellas Artes, dentro del ciclo En torno al Art Brut coordinado por Serge Fauchereu historiador de arte y comisario. De julio a septiembre de 2007 también se ha organizado en la misma sede una exposición, Art Brut. Genio y delirio, con pinturas, esculturas y collages procedentes de los fondos de la Collection de l’Art Brut de Lausana (Suiza).
En torno al Art Brut aborda en cada discurso las claves de este movimiento artístico al margen de los circuitos comerciales demasiado rígidos de la cultura moderna, y creado por personas sin una educación artística específica; muchos de ellos carentes de cordura. En el Art Brut, el instinto y la imaginación juegan el papel de la inteligencia y la razón. Nos quedamos con las características comunes de casi todos los artistas y de sus obras: normalmente abigarradas, con cuerpos amorfos, colores planos e intensos… Recuerdan, en muchos casos, a las composiciones y esculturas primitivas. Todas las piezas tienen una historia detrás, pero, lo importante para comprender este libro, sus artistas y sus obras, es que no se trata de un tratado psiquiátrico sino artístico.
Art Brut es el término que utiliza Jean Dubuffet a mediados de los años 40 para definir las obras de ciertos creadores plásticos, marginales si se mide de acuerdo con los parámetros de la cultura establecida. En un primer momento, el Art Brut se nutre fundamentalmente de obras de pacientes psiquiátricos, visionarios autodidactas, dementes y mediums. En 1972, el crítico británico Roger Cardinal, acuña la expresión Outsider Art en su libro del mismo título, como término inglés equivalente al Art Brut. El arte y los artistas tienen un sentido, una función y un origen radicalmente distintos.
Dubuffet desde una posición anticultural y sobre una base casi provocadora, sugiere que el arte no es sinónimo de belleza y que la pintura ni es madre de la perfección ni hija de la razón. Para Dubuffet, por el contrario, la cultura emparenta con el ingenio, la sinceridad, el delirio, los valores espontáneos y en definitiva la vida sin disfraces.
Partiendo de este punto y reivindicando el Art Brut, Dubuffet le niega al arte la función de ordenar formas y colores para un supuesto placer de los ojos. Para él una obra artística no llama a la retina del espectador sino a su pensamiento, al espíritu y a la vida. La belleza plástica es una impostura, una idea falaz que oculta el verdadero sentido del arte: ser un lenguaje, un instrumento de conocimiento y comunicación. Una herramienta más perfecta que la palabra.
Ejemplos como los de la colección de Jean Dubuffet fueron responsables durante la década de los años cuarenta no sólo de un giro en la concepción del arte desde el inconsciente (degenerado, infantil o primitivo), sino de un verdadero movimiento de búsqueda de un arte no cultural, no normativo. Parece haber un estadio plagado de iconografía al alcance de los niños, los simples, los artistas o los perturbados, un territorio en el que coinciden las formas, crudas o cocidas, susceptibles de ser utilizadas como puente al exterior.