Colas de gente a la intemperie en la gélida primavera londinense miran con envidia a los afortunados que han tenido la previsión de comprar con antelación sus entradas con reserva de día y hora para la exposición de Manet en la Royal Academy; pero una vez dentro de Burlington House la masificación humana obliga a mirar desde lejos algunos cuadros, estirando el cuello por detrás de los grupos de extáticos visitantes. Algunos comentan entre sí que hubiera merecido la pena pagar más por ver la exposición en el horario vespertino dominical (cuesta 30 libras, en lugar de las 15 que vale la entrada normal). Sin duda Manet tiene mucho gancho entre los aficionados al arte, y a los indecisos les habrán acabado de convencer las elogiosas reseñas en los medios de comunicación que, por cierto, contrastan con la saturación que por las mismas fechas está ya acusando la prensa española por la oferta reiterada de exposiciones impresionistas en Madrid, donde algunos se quejan de que debido a la crisis económica la Fundación Thyssen programa ahora exposiciones sin tesis, pero con éxito de taquilla asegurado (un argumento que no sé hasta qué punto puede valer también para la exposición de impresionistas en la cercana Fundación MAPFRE, con entrada gratuita). En el caso de la Royal Academy nadie se extraña de que programen muestras con gran tirón de público, pues siempre han tenido que financiarlas con el dinero de las entradas y el patrocinio de algunas corporaciones, en este caso la financiera BNY Mellon. Esta gran exposición de Manet, que reúne obras de diferentes colecciones públicas o privadas europeas, americanas y asiáticas, ha estado en el Toledo Museum de Ohio, así que no es extraño que sus organizadores estén ansiosos por demostrar que, como corresponde a los fines educativos de un museo, la muestra trata de enseñarnos cosas nuevas: hay un tono didáctico en los textos tanto de las cartelas como de los paneles de sala, complementados por abundante documentación de todo tipo, desde mapas de Francia o planos de París, a abundantes fotografías y prensa de la época. Y de forma reiterada insisten en el argumento de la exposición, que también evocan en su título, Portraying Life. Según los comisarios de esta exposición, que citan a Baudelaire y a T.S. Clark como fuentes de autoridad para su explicación, Manet fue el gran exponente de la modernidad de la vida urbana; hasta ahí nada nuevo, pero ellos sostienen además que Manet alcanzó una especial poética realista en su retrato de la vida en la gran capital del siglo XIX porque pintaba habitualmente personas que conocía bien. Siempre estuvo apoyado por un amplio grupo de familiares y amigos que a menudo posaron para él, a quienes no sólo inmortalizó en retratos individuales o colectivos, sino también en cuadros de género y paisajes urbanos poblados por estos personajes queridos. En efecto, cada sala de la exposición nos va familiarizando con los rostros que aparecen repetidas veces en diferentes cuadros de Manet, desde su esposa, Suzanne Leenhoff, o el hijo de ésta, Léon (los comisarios no entran en la polémica sobre quien fue su padre), a sus amigos (como el crítico e hispanófilo Zacharie Astruc), y modelos más habituales, como la pálida pelirroja Victorine Meurent, que protagonizó algunas pinturas famosísimas: Almuerzo sobre la hierba, Olympia y El ferrocarril. Tras ver sus fisionomías tantas veces, en óleos, pasteles, dibujos, o fotografías, uno sale de la exposición convencido de que su argumento ha quedado demostrado… pero basta visitar la cercana National Gallery para comprobar que, en realidad, algunos de los más hermosos cuadros de Manet está dedicados a una camarera desconocida o un personaje anodino; mientras que lo que nos han seleccionado los comisarios de la exposición, como les suele ocurrir a los iconógrafos, incluye piezas estupendas pero también otras mucho menos logradas.
Por afortunada coincidencia, o quizá de forma deliberada, la exposición antológica del pintor norteamericano George Bellows, que al mismo tiempo muestra la Roya Academy en las salas del segundo piso (con muchos menos visitantes), es un excelente complemento a la de Manet. También Bellows fue ante todo un pintor de figuras, y de hecho se hizo famoso por sus combates de boxeadores u otros cuadros que retratan la vida marginal en Nueva York, tan típicos de la expresionista estética barriobajera de la Ashcan School. Pero esta antológica nos muestra que fue mucho más que eso, pues realizó retratos hermosísimos, como el de su esposa al piano, que por cierto recuerda mucho a los que Manet hizo de su pareja. Y, también como Manet, Bellows fue un devoto admirador de Goya, quien no sólo sirvió de referente para algunas escenas de género a ambos artistas, pues además sus Fusilamientos del 3 de mayo inspiraron a Manet el Fusilamiento de Maximiliano, y a Bellows Masacre en Dinant, un cuadro pintado en 1918 sobre las atrocidades de los invasores alemanes en Bélgica durante la I Guerra Mundial (forma parte de una trilogía de grandes pinturas sobre ese tema presentes en esta exposición, complementadas por litografías sobre la I Guerra Mundial que en ocasiones recuerdan mucho a los Desastres de la Guerra). Otro parecido con Manet es que, por desgracia, Bellows tampoco llegó a viejo. En su breve carrera artística nunca pudo librarse de la identificación con los cuadros sobre boxeadores, que siguieron encargándole incluso cuando este “deporte” ya era legal, y se programaba en locales que nada tenían que ver con la vida marginal que tanto le atrajo de joven. Pero gracias a esta exposición descubrimos que, en paralelo, hixo muchas otras cosas, algunas tan modernas como el paisaje con figuras firmado en 1924 y titulado The Picnic, otro tema próximo a Manet, pero con un colorido fauvista que recuerda más a Derrain o Matisse. Por cierto, también viene de los Estados Unidos de América esta otra exposición, la primera antológica de Bellows en Europa. Y como igualmente procede de sendos museos, la National Gallery of Washington y el Metropolitan de Nueva York, no es de extrañar que se hayan esforzado igualmente en explicarla de un modo didáctico. Incluso han “traducido” al inglés británico de hoy términos cuyo significado en la América de comienzos del siglo XX podría pasar desapercibido al público londinense: por ejemplo, el título del famoso cuadro juvenil Forty-two Kids, para el que su autorutilizó a propósito un término que en aquel contexto era despectivo, mientras que es usual hoy en el lenguaje coloquial británico llamar “kids” a los niños; en cambio, en su periodo final Bellows tituló primero un enigmático retrato doble Two Sisters, y luego lo cambió por Two Women para no escandalizar, pues “siters” era a la sazón la manera eufemística como los nortemericanos se referían a las lesbianas. Gracias a esta información en la cartela explicativa, uno de los últimos cuadros de Bellows cobra unas connotaciones especiales, que nos permiten adivinar mejor su verdadero argumento. Sería estupendo que el Museo Thyssen, que tiene una de las mejores colecciones de arte estadounidense en Europa, ofreciese al público español la oportunidad de ver también esta muestra antológica de la producción, tan mal conocida, de tan interesante artista.