Exposición en homenaje a Dionisio Lasuén en el centenario de su muerte

Al escultor Dionisio Lasuén, lo asociamos en Zaragoza con obras monumentales que marcaron la transición del academicismo al modernismo en espacios públicos de esta ciudad a finales del siglo XIX y principios del XX, como la fuente del Buen Pastor en el Matadero, los retratos sedentes de Miguel Servet e Ignacio Jordán de Asso en la fachada de la Facultad de Medicina y Ciencias, diversas tumbas y panteones en el cementerio de Torrero, o la decoración de la fachada del Museo con las alegorías de El Comercio y La Arqueología. A esta última se ha dado un destacado protagonismo visual en la comentada exposición, utilizando como imagen de reclamo la foto histórica del artista posando en su taller con esa estatua destinada a la Plaza de los Sitios. Pero la muestra no se ha celebrado en el museo ni tampoco en las salas de exposición de la Escuela de Artes de Zaragoza, institución que ya no está en ese vecindario aunque bien podría sentirse vinculada históricamente a Lasuén, pues aquel paladín del diseño utilitario y la fusión de las artes fue director de la Escuela de Artes e Industrias de Zaragoza y de la Escuela Superior de Industrias y Bellas Artes. Ha sido en otro punto de la ciudad, de la mano del Ayuntamiento de Zaragoza, donde ha tenido lugar este homenaje a tan meritorio artista, con motivo del centenario de su fallecimiento, y justamente con un perfil marcadamente fúnebre, siendo una de las dos sedes de la muestra la Sala de Ceremonias 1 del cementerio municipal. Allí parecen muy dignos de encomio los excelentes paneles interpretativos, que también han servido de estupendo acompañamiento didáctico junto a las esculturas, dibujos y documentación presentados en la otra sede: el edificio Seminario, donde está la Gerencia de Urbanismo. Y precisamente el punto de vista urbanístico ha sido en mi opinión uno de los rasgos más destacables de esta exposición, en la que se ha reivindicado la figura de este artista en la importación del gusto internacional art nouveau al ornato arquitectónico de muchos edificios, no sólo con programas decorativos realizados por él, como su mural La Belleza Ideal recibiendo el homenaje de las Artes y las Letras para el salón de actos del Ateneo de Zaragoza, sino también con los diseños con los que diversos gremios de carpinteros, escayolistas u otros artesanos realizaron la decoración del Café Moderno, el Centro Mercantil, o las fachadas de muchos edificios de viviendas, entre ellas la propia casa que el artista se construyó hacia 1903 en la actual calle Bolonia, que entonces era una vía particular denominada por Lasuén “calle del Arte”.  Son para mi gusto los dibujos de esas decoraciones lo más interesante de la exposición, sin restar importancia a otros elementos curiosos, como la foto de su boceto para el Monumento a los Mártires de la Religión y de la Patria (se lo habían encargado a Lasuén, pero cuando llevaba el proyecto bastante adelantado una cacicada política hizo que pasase a manos de Agustín Querol: mucho mejor, eso hay que reconocerlo, a la vista de la mediocre calidad artística del concebido por nuestro paisano). Me parece estupendo que, además de los habituales adeptos al arte que solemos visitar exposiciones, ésta tenga un inusual público añadido, pues muchos ciudadanos que han ido a realizar trámites en las oficinas de urbanismo, mientras esperan su turno, se topan con esta presentación en vitrinas y paredes de los pasillos y vestíbulo en torno al salón de actos. Además, esta ubicación ha propiciado quizá que, como acto inaugural, el primer día de la exposición se ofreciese allí un ciclo de conferencias para que, desde sus respectivas perspectivas, fuese analizado el legado de Lasuén y su época por reconocidos especialistas: Pilar Biel, Alberto Castán, Ascensión Hernández y Wifredo Rincón. Finalmente, con motivo de esta exposición, se ha publicado un librito homónimo donde Alberto Castán, comisario de la muestra, pasa revista a toda la amplísima trayectoria del protagonista y, encartado en sus páginas centrales, se nos ofrece un interesante texto sobre el cementerio de Torrero firmado por María Isabel Oliván Jarque, técnico de Patrimonio Histórico-Artístico del Ayuntamiento de Zaragoza. Es una feliz conjunción de muchos esfuerzos en memoria de un artista que soñaba con aunar todas las artes al servicio de altos ideales estéticos y del progreso social, un anhelo muy propio de aquel cambio de siglo.