En la galería Pilar Ginés, del 20 de marzo al 20 de abril, tenemos los esmaltes al fuego de Mariela García Vives, sin olvidar varios cuadros con diferente técnica, y las esculturas de Esperanza Velásquez y Arturo Gómez, cuyas obras firman como Velásquez / Gómez. Aclaramos el asunto de la barra, para separar ambos apellidos, porque algunas personas tienen una absoluta confusión, en el sentido de que solo ven a un escultor cuando son dos realizando una obra conjunta. La doble exposición, sin más, es muy buena, ni siquiera se estorba. Así anulamos cualquier hipotética especulación de quien sea.
Vayamos con los esmaltes al fuego y cuadros, técnica mixta, de Mariela García Vives. Tenemos, en principio, seis esmaltes de formato cuadrangular que contrasta, para bien, con un círculo como forma que se repite en cada una para mostrar su unidad. Son placas de acero en color negro y el citado círculo en el centro con incorporación del esmalte sobre el metal, de modo que aquí se ubican los variados y expresivos colores para mostrar un campo formal viviendo un ámbito convulso enlazado con el hombre. Formato cuadrangular y círculos en su interior, uno por obra, que también se dan para crear una unidad formal en los seis lienzos con técnica mixta. Aquí con mayor variedad de colores, en general suaves, atrapados en una palpitante variedad de microespacios potenciados por el color y las delicadas texturas. Racionalidad del impasible círculo atrapado por ese sutil movimiento hacia cualquier destino.
Aunque tenga una perfecta unión con los demás esmaltes, hemos dejado para el final la obra Trama, 70 x 52 cm., hecha con placa de acero y esmalte al fuego. La de mayor tamaño y rotundidad que consideramos como excepcional, dentro de que todas sus obras son muy buenas. En principio, el enmarcado de metal separado de la obra que deja un hueco para flotar solitaria pero unida al marco. Aquí palpita el gran desgarro expresionista del metal roto para evidenciar la violencia y con su propio color negro como otro protagonista, de manera que lo expresivo se mantiene en el esmalte a través de planos informales y dominantes tonos azules verdes y negros. Generalizada destrucción y vida impregnándose de belleza.
Pese a tanta educación, si no imposible, nos cuadra que ambos discuten hasta el pleno acuerdo sobre cómo realizar una escultura. Lo cierto, para nosotros sin duda, es que cuando Esperanza Velásquez entró en la vida de Arturo Gómez el resultado de las esculturas hechas de forma conjunta es otro. Por cierto, lo volvemos a repetir para que permanezca bien grabado en los lectores: sus obras las firman como Velázquez / Gómez.
Comencemos con cuatro preciosos dibujos. Dos son de carácter erótico con el desnudo femenino como único tema mediante una figura a través del perfecto dominio de la línea. Otro tiene tres solitarios cipreses recortándose sobre el fondo como vacío vital. El último es diferente, pues tiene tres planos como fondo coloreado, una espiral con su eterno simbolismo y cuatro fantasmales figuras tan esquemáticas que enlazan con las pinturas rupestres levantinas. Flotan en el espacio desde cualquier insoluble y distante soledad.
Vayamos con las esculturas. Tenemos cinco terracotas oscuras para colgar en la pared, como si fueran relieve medio e impronta expresionista desde una especie de anomalía formal, pues no se adivinan con exactitud los temas, que están ahí desde cierto misterio. Una escultura rectangular plana, también de pared, es de terracota, salvo error, y está vertical pero atrapada por franjas de hierro en las zonas superior inferior. Se titula Estela. El generalizado expresionismo formal se da en el fondo mediante colores blancuzcos y grises, que contrasta con el otro tema, una simple hoja palmiforme como si el viento la hubiera posada sobre la tierra. Temblorosa hoja muerta transformada en arte. En otras ocasiones hemos visto algunas esculturas hechas con cartulina por ambos artistas, desde luego en alguna colectiva de la Asociación de Artistas Plásticos Goya-Aragón. Veamos las cuatro cartulinas que conservan su color blanco. Dos son una sola obra que cuelgan en la pared y otras dos, pero separadas, están sobre una base de mármol blanco como fascinante mezcla entre lo duro y lo frágil. Las cuatro, tan exquisitas y potentes, tienen una perfecta unión formal, mediante el impecable juego de formas ondulantes que provocan luces y sombras, así como excitantes vacíos en su interior. Si las pensamos en metal y gran tamaño, así se captan, existe un hermoso y envolvente recorrido interior y exterior, capaz de impregnar sin vuelta atrás. Quedan dos esculturas muy diferentes de las restantes Una, es una especie de puente sin acabar pues solo tiene un ojo, aquí circular, con dos superficies planas arriba y abajo, como si el sugestivo “puente” se hubiera roto. El contraste aparece de inmediato, pues en un lado, zona superior derecha, tenemos una indolente escalera colgada sin llegar hasta el suelo. ¿Quién pretenderá subir? Otra, es un ángulo sujeto por un círculo, mientras que sobre la parte superior una serie de formas curvas que evocan a peldaños nos conducen hacia lo más alto, allí donde una esbelta figura femenina otea el horizonte.
Las obras expuestas de Esperanza Velásquez y Arturo Gómez, vistas en conjunto, abordan muy dispares planteamientos formales, incluso de materiales, como si fueran períodos a especificar hechos durante años, de manera que parecen una representación para que captemos su compleja y positiva evolución artística. En otra exposición sería aconsejable que hubiera una unidad de tema y estilo dentro de su natural evolución.


