Especular (de Popova a Matilde Pérez), Enrique Larroy.

Enrique Larroy (Zaragoza, 1954) despliega desde el pasado 12 de mayo su “divertimento pictórico” en la Sala Juana Francés de la Casa de la Mujer de Zaragoza. De nuevo vuelve a invitarnos a iniciar un enigmático viaje al otro lado del espejo, jugándonos cada nuevo movimiento a cara o cruz con los colores artificiales, con las geometrías electrizantes, con los fenómenos ópticos  más hipnóticos. Pero una cosa no hemos de perder de vista: todo juego, por frívolo o efímero que pueda parecer, tiene sus reglas. No todo en Larroy es azar, sino también ejercicio intelectual.

Desde 56 Kilos de mercancías  (1973), su primera exposición individual, nunca ha dejado de experimentar con el color y la forma, fusionados ambos en composiciones bien estudiadas de geometrías abstractas que hacen gala de una exageración cromática artificial, tramoyas, trampantojos futuristas. Las referencias a destacadas figuras de la Historia del Arte son fundamentales para entender la gestación de su obra, a partir de las cuales Larroy desarrolla constantemente nuevas formas de diálogo con el pasado y con sus necesidades creadoras, revisando una y otra vez sus hallazgos. Y es que su pintura es, ante todo, una búsqueda, una posibilidad, un proceso continuo, un apasionado “especular” sin tregua.

Especular (de Popova a Matilde Pérez) nos invita sutilmente a indagar en la pintura. Este proyecto no invade el espacio expositivo abrumando nuestra capacidad de percepción visual, algo a lo que nos tiene “malacostumbrados” Larroy, sino que desde un formato mucho menor, a excepción de la puntual intervención en la pantalla que divide en dos la Sala Juana Francés, una presentación seriada de sus trabajos obliga al espectador a acercarse a sus obras, descubriendo así sus diferentes estratos intervenidos. Proceso creativo desgranado, yuxtapuesto, en diálogo con el espectador y con la herencia artística de los que le precedieron. Aunque debería realizarse una puntualización: en este caso dialoga con la herencia artística de las que le precedieron.

Y aunque nos encontremos en la Casa de la Mujer, su propuesta está lejos de ser un “homenaje fácil y oportunista” a mujeres artistas, como en algunas ocasiones sucede en los proyectos de género o de arte de mujeres que proliferan en nuestros días en espacios particulares o institucionales. Larroy comparte con Liubov Popova, Lee Krasner, Helen Frankenthaler, Bridget Riley y Matilde Pérez el interés por los afilados ángulos de la forma geométrica, por la gestualidad del trazo que parece salirse del lienzo, por la sensualidad del campo de color, por el efecto óptico y por la línea en movimiento, experimentando sin descanso alentados por la certeza de que la pintura es no sólo un modo de pensamiento, sino un estilo de vida que no conoce horizontes.

En esta serie de obras Larroy ha yuxtapuesto pantallas sobre las que ha pintado con óleo o acrílico y serigrafiado sobre metacrilato, aluminio anodizado y papel. Como guiños reconocibles a sus compañeras de viaje, ha seleccionado motivos o fragmentos de trabajos de las cinco artistas mencionadas, tamizados estos por su personal tratamiento y combinación de las imágenes.

Difícilmente podemos resistirnos a indagar en las claves estéticas y conceptuales de las artistas seleccionadas. Como ya se mencionó anteriormente, ellas tienen en común con Larroy la constante experimentación con la forma y el color a lo largo de toda su carrera, sin embargo algunas de ellas tuvieron en contra el hándicap de ser “mujer” en un mundo -el del arte- dominado por tradicionales estructuras patriarcales. Todas ellas recibieron una exquisita formación artística, su contribución al mundo del arte fue fundamental en el momento cultural que les tocó vivir, fundaron notables grupos y movimientos artísticos y se codearon con las grandes figuras intelectuales de su época, a pesar de lo cual algunas siguen aún hoy  a la sombra de sus parejas y en contadas ocasiones leemos sus nombres en la historiografía del arte contemporáneo.

Sin duda, Larroy debió quedar fascinado por la tenacidad de Liubov Popova (Ivanovskoie, 1889 – Moscú, 1924)  a la hora de imaginar un universo sin objetos de la mano del suprematismo y su búsqueda de la sensibilidad a través de la abstracción geométrica.

De Lee Krasner (Brooklyn, Nueva York, 1908 – Nueva York, 1984) aprendería la caligráfica pintura, controlada y disciplinada, y la contenida potencia del trazo. Menos visceral y más distante de la obra de arte que Pollock, su pareja, esta artista recuerda a Juana Francés, devorada por la sombra de su colega y compañero sentimental, Pablo Serrano. La etiqueta de “pareja de” que acompaña a muchas artistas lastra e incluso eclipsa sus carreras y buena prueba de ello es el término que el crítico B.H. Friedman acuñó en 1972 para referirse a algunas de las mujeres del expresionismo abstracto: “las viudas de la acción”,  poniendo en entredicho su valía como artistas independientemente de sus relaciones sentimentales.

 

Helen Frankenthaler (Nueva York, 1928) le enseñaría a “dibujar con el color y la forma la memoria totalmente abstracta del paisaje”, desplegando en el soporte líricas manchas de color vibrante.

Bridget Riley (Londres, 1931), destacada figura del Op Art, primera mujer de la historia en recibir el gran premio de la Bienal de Venecia en 1968 y cuya primera retrospectiva fue la exposición de arte contemporáneo más visitada de los años setenta del pasado siglo, le mostraría que las combinaciones de líneas, planos de color, ondas y rombos en sugerentes efectos ópticos remitían a las sensaciones que nuestra mente guarda de recuerdos como los olores, los destellos de luz, las atmósferas y los lugares transitados.

Matilde Pérez (Santiago de Chile, 1920), una de las representantes por excelencia del arte cinético, tanto desde la vertiente práctica como desde la investigación en el ámbito universitario, atiende al igual que Larroy a los efectos visuales que producen las formas abstractas, al estudio del color, del espacio, de la línea y de los materiales empleados, haciendo un uso racional de todos ellos.

Enrique Larroy sigue buscando, experimentando, procesando su personal diario de viaje, a ambos lados del espejo de la vida y nos brinda, además, la oportunidad de recordar, o acaso conocer, a quienes le precedieron, a las que se “empeñaron” en tejer, esta vez con pintura, una nueva historia del arte realizado por mujeres.