Vivimos en una sociedad en la que todo lo que está rodeado de un halo de oscuridad o de misterio despierta, en general, gran interés en la sociedad. Y por estar inmersos en un mundo tan marcado por la racionalidad científica, podría pensarse que estas dimensiones ocultas de la existencia humana serían dejadas de lado en espera de una investigación rigurosa, que todo lo explica empíricamente. El ser humano de hoy, sea creyente o no, conserva en cierto modo en lo más profundo de su ser esa tendencia a trascenderse, a buscar explicación a su vida fuera de la inmanencia. Esta idea subyace en la exposición "Espacialismo cromático", que se ha mantenido desde el 17 de febrero hasta el pasado 5 de abril del presente año en el convento del Carmen de Valencia. Ha intentado, y lo ha conseguido, poner de manifiesto que el diálogo entre la religión y el arte contemporáneo es posible, utilizando para ello la figura de Teresa de Jesús, plenamente vigente en el s. XXI, siendo la Santa el motivo discursivo de la muestra. Ha sido una exposición de 39 obras de artistas contemporáneos, un diálogo entre arte y literatura, que han jugado un papel relevante en las vanguardias del s. XX y que muestran diversos aspectos de la Santa abulense.
La primera parte de la muestra, "Moradas", es una obra constructiva; utiliza tonos más cálidos que en el resto de las salas, como el rojo. Pero también está la frialdad del metal, el armazón de esta construcción de claro cristal que somos cada uno de nosotros. Y en el itinerario están las manos, como la escultura en bronce de Julio González (1942): manos que se entrelazan con las del amado, manos que buscan lo que no pueden tocar. Pero hay también luces y sombras, blanco y negro, como la obra "Personapaso" de José Cosme (2003) situada en el patio de las tentaciones y que recoge una estela gris sobre fondo blanco. En ella, la luz domina sobre cualquier gama cromática.
Hay silencio en el propio color de la muestra, y hay vacío. Pero tan sólo así podemos dirigir la mirada hacia lo importante, hacia cada uno de nosotros con las interrogantes que nos suscitan las obras. Mire que le mira, dirá Teresa: dejémonos mirar y miremos, y será entonces cuando ese vacío quedará lleno, cuando ese silencio nos dejará oir la voz de nuestra conciencia para vernos como realmente somos. Y hay mística. Pero ¿qué mística? El término "místico" significa etimológicamente "misterio"; pero el misterio teresiano era una mística del barro, de la calle. Materiales humildes, como la arpillera de la cruz sin límites o materiales imperecederos, como el metal, como su propia obra, que nos ayuda a vernos sin máscaras, a mirar ese lado oscuro que todos tenemos y que ella quiso que no dejáramos de verlo en ningún momento, porque es una pauta necesaria para encontrar nuestro camino en la vida.
Vida que culmina en la muerte, amor a la muerte, muerte esperada como liberación tras los hierros de la vida, los destierros y la cárcel de la existencia. "Amor a mort" es la obra de Antonio Tapies (1980) que sirve para hacer arte la poesía teresiana donde espera la santa "tan alta vida que muero porque no muero… ¡Ay, qué larga esta vida! Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero que muero porque no muero". Y porque tras la cruz viene la liberación, cruz negra sobre fondo gris con formas blancas que asemejan los hierros, las cargas, las prisiones de la vida encerradas en la cruz.
Ha sido una propuesta la del Carmen de Valencia muy interesante y positiva para poner de manifiesto la actualidad de un pensamiento del s. XVI en nuestros días. Y la propuesta ha de seguir en esta línea de conectar las artes plásticas con la literatura, de todo tipo, porque todo lo que nos rodea enriquece y ayuda. En esta línea de la exposición del Carmen valenciano han ido surgiendo diversas propuestas, que enlazan el arte con la obra teresiana. Podemos recordar el espectáculo de luz y sonido “videomapping” sobre las fachadas de Ávila relacionadas con la Santa, diálogo entre la luz, música y pequeños textos de ella[1]. Y también hay otra forma de aplicar la espiritualidad teresiana al arte contemporáneo, esta vez en México: la pintora Maricruz Álvarez ha establecido en la cárcel de México D.F. la relación entre la obras de Teresa y la pintura, como forma de rehabilitar a los presos ayudándoles a recuperar la dignidad, a creerse castillos del más puro cristal, a tomar conciencia de que, aun siendo delincuentes de uno u otro tipo, pueden llegar a adquirir la confianza necesaria para enfrentarse a la vida cuando salgan de prisión. Es una aplicación que serena, que permite expresar los sentimientos de los internos y contribuir a su recuperación personal[2].
Considero muy acertada la iniciativa de Valencia, porque tan sólo así será posible establecer un diálogo sereno entre el arte y la religión, entre el enorme tesoro de muchos autores que han intentado buscar, que nos han dado pautas para encontrarnos a nosotros mismos, para dar cierto sentido a una vida que a veces, es difícil de entender y de seguir….y que luego, cada uno, tome la decisión que quiera. Ahí radica la auténtica libertad del ser humano, en ser uno mismo sin que nadie imponga nada, pero habiendo hecho previamente el intento de conocerse a sí mismo.