Viene bien recordar aquí aquellas impresionantes reses del matadero en la pintura de Rembrandt. Allí se demostró que el arte expresaba sentimientos de la condición humana. Más tarde, ahora, Steve Gibson (Liverpool, 1964) ha desarrollado en Zaragoza una plástica de extraordinario interés. Cuerpos con vigorosas identidades físicas que sorprenden y transmiten inquietudes. Cuerpos que bien desnudos o bien vestidos son símbolos de los miedos, preocupaciones e inquietudes de la existencia humana. Creo que Gibson, como Francis Bacon o como Lucian Freud, participa de las vicisitudes sociales o personales que condicionan la existencia. Recordemos que de una o de otra manera los tres son británicos.
Steve Gibson realiza unas esculturas veristas de las personas que le rodean de Zaragoza o de Liverpool, que a tamaño real o más reducidas, que expresan sus preocupaciones existenciales. Realizadas las esculturas en cartón de embalar troceado y resinas, les confiere con pintura acrílica no sólo la verosimilitud de la carne sino las reflexiones sobre el hombre y la humanidad. Estas cuestiones todavía son más patentes en el apartado de “y en ningún sitio” con la serie de “Tormented souls” donde las figuras expresan inquietudes, miedos, sorpresas y preocupaciones de un porvenir incierto, llegando al paroxismo en la instalación de la sala inferior del Torreón en la que un hombre castrado y sangrante sobre tierra nos induce misteriosamente a pensar en la fragilidad humana.
Steve Gibson, como Bacon y quizás más como Freud, dota a las esculturas de un color pálido a la carne que expresa tragedias personales o preocupaciones humanas de devenir existencial. Es una actitud, casi obsesiva, que los tres plasman en sus obras para producir en el espectador reflexiones personales en una sociedad que a veces se presenta demasiado cruel.