Entrevista a Jorge Olas

Para empezar y situar a nuestros lectores, si tuvieras que definir tu práctica artística en pocas palabras, ¿cómo se presenta Jorge Olas?

Creo que es una excelente pregunta para empezar, porque refleja muy bien desde dónde trabajo hoy. Mi práctica artística nace de una curiosidad constante por los objetos cotidianos y por cómo contienen historias o gestos que suelen pasar desapercibidos. Me interesa recogerlos, transformarlos o incluso destruirlos para desplazar su sentido. A través de la escultura, la fotografía y el ensamblaje, busco que dejen de ser simples objetos y se conviertan en testimonios de la memoria, el rito y la experiencia colectiva.

 

Después de tu etapa de formación y producción en Madrid, decides regresar a Zaragoza. ¿Qué ha motivado esta vuelta -si es una necesidad vital, estratégica o una apuesta por descentralizar tu carrera- y cómo valoras el ecosistema artístico que te has encontrado aquí? ¿Sientes que el tejido local de instituciones, galerías y crítica está preparado para sostener y dialogar con propuestas tan conceptuales como la tuya?

Más que una vuelta motivada por una necesidad concreta fue una decisión consciente sobre el lugar desde el que quería construir mi trayectoria. Durante mi etapa en Madrid adquirí una formación y una forma de entender la práctica artística fundamentales, pero el punto de inflexión llegó con la beca de creación Geografía Poética III, que me llevó a desarrollar el proyecto Des-archivo. Bienvenidos a ver lo que otros no ven en el Bajo Aragón. Aquella experiencia me hizo replantearme desde dónde quería trabajar.

Al finalizar el proyecto decidí establecer mi base en Zaragoza porque entendí que aquí podía desarrollar una dinámica más estable. Poder contar con un estudio propio me ha permitido afrontar procesos de investigación más largos y producir piezas de mayor escala y complejidad -como las de mi último proyecto, Todo acto de éxtasis comienza con un anhelo, en la Casa de los Morlanes-, algo que difícilmente habría podido hacer hasta entonces. Mirando atrás, creo que fue un acierto; en menos de dos años he presentado cuatro proyectos expositivos diferentes, algunos de los cuales continúan abriendo vías de itinerancia tanto en Madrid como en otros municipios aragoneses.

Respecto al ecosistema artístico local, tengo una visión matizada. Por un lado, Zaragoza cuenta con profesionales e instituciones que realizan un trabajo muy valioso y que han permitido que artistas jóvenes desarrollemos nuestras primeras propuestas. Intento participar activamente en la programación cultural de la ciudad porque conocer el trabajo de otros creadores forma parte de mi propio proceso.

Sin embargo, en el ámbito institucional echo en falta una mayor diversidad de espacios y, sobre todo, transversalidad. Con frecuencia los proyectos quedan vinculados a un único lugar, cuando podrían seguir creciendo mediante colaboraciones interinstitucionales. Favorecer ese diálogo enriquecería tanto las propuestas como los propios espacios, generando recorridos más amplios para las investigaciones y acercándolas a públicos diversos.

En cuanto a si Zaragoza está preparada para sostener prácticas conceptuales, creo que sí existe un interés creciente. El principal desafío no es el público, sino generar estructuras que acompañen los proyectos en el tiempo, faciliten su continuidad y consoliden el diálogo entre artistas, instituciones y agentes culturales. Cuando esas condiciones se dan, el contexto responde de manera muy positiva.

 

A menudo se encasilla a los nuevos creadores bajo etiquetas generacionales. En tu caso, ¿dónde encuentras tus mayores afinidades y dónde tus mayores disidencias con los discursos artísticos que predominan hoy?

Siento afinidad con una serie de prácticas contemporáneas que han vuelto a interesarse por lo cotidiano, la memoria y la relación entre el objeto y la experiencia; una forma de creación atravesada por una reflexión sobre el ser y la materia.

Donde encuentro una mayor disidencia es en la exigencia constante de generar propuestas que sean siempre nuevas, visibles y rápidamente compartibles. Mis investigaciones necesitan tiempo. Hay procesos que me acompañan durante años y que se van transformando a medida que surgen nuevas preguntas. Me interesa más profundizar que acumular; por eso mis proyectos suelen estructurarse alrededor de un número reducido de piezas.

 

Vivimos en una época saturada de estímulos visuales y de un mercado que a veces premia lo puramente estético o «instalable» en redes sociales. En este contexto, ¿cuánto de arriesgado (o de resistencia) hay en defender el arte conceptual hoy en día?

Creo que el mayor reto no es defender el arte conceptual frente a otras prácticas, sino defender el tiempo de observación que una obra exige. Vivimos en un momento en el que consumimos una cantidad inmensa de imágenes al día y, a menudo, las atravesamos sin llegar a observarlas, quedándonos en su ejecución estética o en su lectura más superficial. En este contexto, cualquier propuesta que invite a detenerse, contemplar y construir un sentido más pausado supone, en cierta medida, una forma de resistencia.

No creo que exista un conflicto entre lo conceptual y lo estético. De hecho, una obra puede ser visualmente atractiva y, al mismo tiempo, albergar una reflexión compleja. El problema aparece cuando el valor de una pieza se mide únicamente por su capacidad de generar un impacto inmediato o de circular con rapidez; ahí es donde el arte pierde parte de su potencial transformador.

En mi caso, intento que las obras no se agoten en el primer vistazo. Me interesa que exista una atracción visual inicial, pero que esa experiencia conduzca a nuevas preguntas. Aspiro a que el espectador pueda volver sobre la pieza y descubrir distintas capas de significado, porque la investigación artística no termina cuando la obra se expone; muchas veces es precisamente ahí cuando empieza a dialogar con quien la observa.

 

Si miramos dentro de tu taller hoy mismo, ¿cuáles son los conceptos, lecturas o materiales que están centrando tus investigaciones actuales?

Si hoy entráramos en mi taller, probablemente sorprendería comprobar que se parece menos a un estudio de producción que a un espacio de investigación. Aunque es allí donde las esculturas terminan materializándose, el taller funciona, ante todo, como un lugar de reflexión. Las mesas están ocupadas por libros abiertos, anotaciones y pequeños objetos que van sedimentando ideas que, de forma inevitable, acaban trasladándose a mi práctica.

Entre las lecturas que me están marcando en este momento destaca Las formas elementales de la vida religiosa, de Émile Durkheim. Ha sido un texto determinante para el desarrollo de Todo acto de éxtasis comienza con un anhelo, porque me ha permitido profundizar en cuestiones relacionadas con el ritual, la dimensión colectiva de los gestos y la construcción simbólica de determinados actos que ya estaban presentes en la investigación de forma intuitiva.

Si recorremos la primera mesa del estudio, aparecen también varios volúmenes dedicados a Sophie Calle; Pensar/Clasificar, de Georges Perec; Hacia una arquitectura menor, de Jill Stoner; y, entre una gran cantidad de catálogos, el de la exposición Los mismos lugares, de Jorge Yeregui en el Museo ICO, o el del proyecto con el que Lara Almarcegui representó a España en la 55.ª Bienal de Venecia. Son lecturas muy diferentes entre sí, pero todas comparten una forma de mirar lo cotidiano como territorio de investigación. Más que buscar respuestas inmediatas, me interesa rodearme de libros capaces de abrir nuevas preguntas y desplazar mi forma de pensar.

 

¿Hay alguna nueva disciplina o aproximación técnica en la que estés profundizando y que suponga una ruptura con lo que habías hecho hasta ahora?

En los últimos proyectos he comenzado a incorporar procesos y materiales que hasta hace poco no formaban parte de mi práctica. Por un lado, estoy profundizando en el trabajo con hierro y chapa soldada, no solo por una cuestión técnica, sino porque me permiten levantar estructuras más precisas y generar un diálogo entre la fragilidad de ciertos elementos y la contundencia del metal.

Sin embargo, la línea que más me interesa actualmente tiene que ver con la desintegración de los objetos. Me atrae investigar qué ocurre cuando un elemento deja de entenderse como una forma cerrada y pasa a convertirse en materia, polvo o sedimento. En ese proceso de transformación aparecen nuevas lecturas: el objeto pierde su función original, pero adquiere una capacidad narrativa distinta, casi arqueológica.

Creo que esta investigación marcará buena parte de mis próximos proyectos. Más que producir nuevos objetos, me interesa comprender qué permanece de ellos cuando son reducidos a su condición material más esencial.

 

En apenas un año has encadenado tres hitos expositivos muy potentes: desde Antes que todos los presentes en la Universidad San Jorge y Como las montañas lucho por mantenerme erguida en la Azucarera (junto a Pilar Álvarez Soriano), hasta llegar a Todo acto de éxtasis comienza con un anhelo en la Casa de los Morlanes. ¿Cuál es el hilo invisible que une estas tres estaciones y cómo marca cada una de ellas una etapa diferente en tu madurez creativa?

A primera vista, estos tres proyectos pueden parecer alejados entre sí y de un mismo universo temático. Nacen de contextos completamente distintos: Antes que todos los presentes surgen de un premio de fotografía documental; Como las montañas luchó por mantenerme erguida, de una beca de creación en los Pirineos junto a la poeta Pilar Álvarez Soriano; y Todo acto de éxtasis comienza con un anhelo responde a una investigación mucho más personal. Precisamente por ello, no me interesa construir un relato retrospectivo donde todo parezca responder a un gran plan preconcebido.

Todavía me encuentro en una etapa de construcción. Mi madurez creativa se va definiendo con cada proyecto, descubriendo qué preguntas permanecen y cuáles responden a una necesidad puntual. Esa falta de una línea cerrada es también una ventaja; me permite aceptar desvíos, explorar convocatorias de diversa naturaleza y dejar que cada investigación me conduzca a territorios imprevistos.

Dicho esto, si tuviera que señalar un hilo invisible entre estas tres estaciones, diría que es una forma de aproximarme al espacio y a nuestra manera de habitarlo. En Antes que todos los presentes, el espacio cotidiano se resignifica para visibilizar el trabajo esencial de la limpieza, que normalmente permanece oculto. En Como las montañas luchó por mantenerme erguida, el paisaje pirenaico deja de ser un escenario para convertirse en un cuerpo que se recorre, se escucha y se traduce en objeto, imagen y palabra. Finalmente, en Todo acto de éxtasis comienza con un anhelo, el espacio vuelve a ser el punto de partida, pero entendido como un territorio de investigación antropológica y arqueológica donde los restos de una celebración reflexionan sobre el ritual contemporáneo y la trascendencia.

Con cierta perspectiva, creo que la evolución no reside en haber encontrado un tema definitivo, sino en comprender que me interesa el espacio como una herramienta para cuestionar cómo construimos significado, memoria y experiencia.

 

Desde el momento en que aceptaste exponer en la Casa de los Morlanes sabías que el mural de Santiago Arranz sería un elemento inseparable del proyecto. ¿Cómo incorporaste esa presencia a tu forma de pensar la exposición, encontraste el equilibrio entre respetar esa presencia y construir un relato propio? ¿Sentiste que debías dialogar con él, esquivarlo o apoyarte en él para construir el recorrido?

La convivencia con el mural de Arranz ha tenido sus altibajos a lo largo del proyecto. El dilema no residía en la obra de los noventa, sino en cómo podría interferir en la comprensión y lectura del propio proyecto, asumiendo que el mural actuaría inevitablemente como un telón de fondo de gran presencia cromática y compositiva. Decidí que ambas propuestas debían convivir y que la disposición de las piezas intentaría propiciar ese diálogo sin alterar las trayectorias discursivas de ninguna de las dos.

Soy consciente de que parte de las obras se diluyen o se mimetizan con el fondo; sin embargo, ese ornamento figurativo y místico de Arranz que se integra con las piezas ofrece un relato inconsciente que enmarca y potencia el carácter espiritual, litúrgico y ceremonial que el proyecto Todo acto de éxtasis comienza con un anhelo pretendía acentuar.

Otra de las bifurcaciones de este dilema espacial radica en la propia sala. La Casa de los Morlanes acogió este proyecto de buen grado ante la escasez de espacios expositivos con que cuenta Zaragoza. Se trata de un lugar que funciona diariamente como hall y que, por tanto, carece de las características lumínicas y estructurales de una sala de exposiciones al uso; sin embargo, su ubicación céntrica supuso una gran ventaja para el visitante. Además, al albergar este edificio del siglo XVI una sala permanente y la Filmoteca, atrae con regularidad a un público interesado en la cultura, lo que permitió que la muestra recibiera numerosas visitas transversales.

 

Tras un año tan intenso y después de haber alcanzado ese «éxtasis» en la Casa de los Morlanes, ¿cuál es el próximo anhelo creativo en el que estás trabajando? ¿Qué nos puedes adelantar de tus próximos proyectos?

Mi principal anhelo ahora mismo es consolidar los proyectos que están en proceso de investigación o esbozados, dedicándoles el tiempo necesario para que alcancen su forma definitiva. Al mismo tiempo, me gustaría que las propuestas que ya han visto la luz comiencen una nueva etapa a través de su itinerancia, tanto a nivel local como nacional, además de desarrollar un sitio web más accesible que reúna mi trabajo y permita consultarlo en profundidad.

Mientras todo eso llega, me basta con pensar que, si después de recorrer una exposición alguien sale mirando de otra manera los objetos, los espacios o los pequeños gestos cotidianos que le rodean -desarrollando una mirada más prolongada, crítica y atenta frente a la velocidad con la que consumimos las imágenes y las experiencias-, sentiré que mi propósito como artista empieza a cumplirse.

 

Fotografía de cabecera: Jaime Oriz.

Número 76

Septiembre 2026
Antonio DE CLEMENTE GARCÍA
Doctor arquitecto. Máster en estudios de comisariado. Miembro de AACA, AECA y AICA
Fecha de recepción: 20/09/2026
Fecha de aceptación: 21/09/2026
image_pdfimage_print