Del 16 de julio al 14 de septiembre ha podido verse en la Sala Ganbara del Koldo Mitxelena Kulturunea de San Sebastián Entrelazar, uno de los últimos proyectos de la artista Dora Salazar (Alsasua, Navarra, 1963).
Licenciada en Bellas Artes por la Universidad del País Vasco en 1986, especializándose en Escultura, cursó sus estudios de doctorado entre 1987 y 1989. Su obra ha podido verse dentro y fuera de España. Desde 1986 le han sido otorgados premios y becas, destacando en los concursos de escultura pública, donde tan difícil es encontrar trabajos firmados por mujeres artistas. También imparte cursos y conferencias sobre arte público, Historia del Arte e Historia de la presencia de la mujer creadora en el Arte.
Su gran capacidad creadora no sólo se vierte en la escultura, sino también en la instalación, la pintura, el dibujo, la ilustración y el diseño de carteles y escenografías teatrales, además de experimentar con la fotografía y el vídeo. Su trabajo bebe de la tradición escultórica vasca y su evolución natural hacia la Nueva Escultura Vasca, aunque no es menos cierto que su exploración personal en la materia le ha llevado a crear un lenguaje propio, de estilo fácilmente reconocible, que no le inscribe en corrientes concretas.
Si bien empezó su trayectoria profesional a finales de los años ochenta -con piezas móviles que indagaban en lo constructivo, a partir del reciclaje-, adquirió notoriedad en la década de los noventa gracias a los encargos de escultura pública de carácter permanente -los ejemplos más recientes de esta vertiente son, ambos en San Sebastián, Homenaje a Clara Campoamor (2011) y Reconstrucción (2013), un cuerpo de mujer que homenajea a la población civil de esta ciudad, en el bicentenario de su asalto y quema. En esta misma década, empezó también su serie de corsés, registro autobiográfico de la feminidad, con una mayor madurez artística. La obra más reciente de Dora Salazar es más sobria, tendiendo a formas clásicas; trabajando el monumento por encargo y con una temática histórica, toma conciencia de la responsabilidad social y el compromiso del/de la artista.
Sus proyectos, íntimos o públicos, parten del cuerpo humano y su localización en el espacio. El tratamiento de la materia en manos de Dora Salazar recrea un universo personal de símbolos ancestrales, capa a capa tratada como las complejas superficies que conforman el ser humano, su realidad física y también la emocional.
En el total de su producción se observan tres puntos de inflexión fundamentales:
– La búsqueda de la identidad.
– El análisis de los roles que adopta el ser humano y que son como superficies, como pieles que van cubriendo su cuerpo.
– El estudio y la reivindicación de las cuestiones de género.
En el catálogo de la muestra, Dora Salazar anota: entrelazar = enlazar = azar = salazar
En un juego de memoria personal, la artistaconecta piezas escultóricas del espacio público con otras del privado, reconstruyendo conceptos que retoman el pasado para reactualizarlo en el presente. Porque el objeto de su interés no es el resultado final, sino el proceso artístico, aquel camino en el que recupera, reconstruye, revive y vive la obra.
Entrelazar presenta una selección de dibujos y esculturas que reflexionan sobre los roles que desempeña la mujer en la sociedad actual, unos roles impuestos culturalmente. Su principal objetivo es analizar y dar visibilidad a una realidad, la femenina, que, según la artista, aún permanece oculta. La serie central de esta exposición es Princesas, siete figuras femeninas de tamaño natural en acero y cobre, capas metálicas que conforman sus cuerpos recubriendo, ocultando, su esencia auténtica. En su entorno social y cultural, la mujer se viste, se reviste, de distintos roles, en función de lo que quiera o tenga que representar, por lo que el concepto del cuerpo femenino sería mutable y cambiaría en el transcurso del tiempo adaptándose a los dictados patriarcales. Estas mujeres se inspiran en el Frankenstein de Mary Shelley y en 1984 de George Orwell, novelas que retratan presencias inquietantes, fantasmagorías de lo real, que levitan entre el ser y el parecer. La ironía con que Dora Salazar denomina a estas figuras como “princesas” tiñe unos cuerpos mutantes, que levitan sobre el/la espectador/a, andróginas, livianas, dependientes del hombre, en una permanente danza aparentemente fútil en la que contrastan los metales pesados y las estructuras caladas.
Y junto a estas esculturas, una serie de “dibujos-trampa” que nos muestran, de nuevo, las contradicciones que rodean a la mujer en su día a día: un miriñaque puede servir de podio que te alza o bien de jaula, una trenza de pelo puede darte abrigo o asfixiarte.
Varillas, alambres de cobre, cuerdas de color rojo -color tan empleado por las artistas del feminismo como símbolo de la vida femenina y su generación, así como del dolor-, enrejados metálicos, estaño, pasta de papel, la piedra o la luz artificial, todo ello al servicio de un decorado cuasi teatral que aguarda en la sala de exposiciones. Seres a la vez familiares y desconcertantes, en ocasiones amenazadores, que esperan ser descubiertos o redescubiertos por el público visitante. Gritan el silencio de la incomprensión, del desconocimiento y de la condena social a un lugar secundario.
Sólo queda aceptar el reto del reciclaje, más mental que material, como propone Dora Salazar.