Los océanos han sido considerados desde tiempos antiguos como fuente de riqueza, así como el hábitat de criaturas enigmáticas, estimulando la imaginación de literatos y artistas durante generaciones. El interés que siempre han suscitado y la relevancia del comercio marítimo provocó que algunos elementos extraídos de sus profundidades fueran vistos como verdaderos objetos de lujo, como los nautilus montados en plata y oro que protagonizaban los aparadores de la nobleza europea. Las formas orgánicas y sinuosas de la naturaleza marina han inundado la producción de numerosos artífices, con especial importancia entre los joyeros y orfebres. El mar sigue siendo en la actualidad una fuente inagotable de inspiración para ellos y, especialmente en el caso español, el Mediterráneo es un tema recurrente. Muchos de nuestros creadores se han enamorado en algún momento del azul de sus aguas, las formas sugestivas de las calas rocosas, las tradiciones custodiadas por sus gentes, el olor a sal, la espuma o la variedad de la vida subacuática.
Pese a que en las últimas décadas la imagen tradicional del Mare Nostrum ha sido alterada por el turismo de masas, Enric Majoral -protagonista de esta retrospectiva- pudo entrar en contacto con este mundo en la isla de Formentera. Llegado desde la industrial Sabadell en los años 70, el por entonces joven joyero encontró un nuevo entorno en el que poco más de tres mil habitantes todavía preservaban las formas de vida autóctonas.
El establecimiento de una casa-taller en la isla le permitió desarrollar unas joyas de aspecto sencillo, como la vida de sus gentes, basadas en líneas orgánicas e inspiradas en las formas de la naturaleza. Sin embargo, las piezas más antiguas de la muestra datan de los 80, cuando su nombre ya era conocido en numerosas ferias y empezaba a inaugurar sus propios establecimientos comerciales. Esta contradicción entre la joyería artesanal, que Majoral defiende en la práctica, y la joyería de autor, que es la que representa su firma, se resuelve de manera insatisfactoria con el concepto de “joya expandida”, que dudamos que el artista tuviera en mente en el momento de la génesis de su estilo y que no queda convenientemente desarrollado. No obstante, la relevancia de su producción y la belleza de muchas de las piezas expuestas sostienen la exposición de manera más que suficiente.
Las joyas del momento de eclosión de la firma Majoral se basan en la estilización de las calas rocosas de las Pitiusas y de las formas de vida marina y terrestre que las habitan. Medusas, caracolas o lagartos de oro y plata constituyen piezas verdaderamente atractivas, de acabados elegantes, dorados modestos y superficies suaves que modernizan algunos motivos que se venían utilizando desde inicios de la centuria pasada. Los pendientes Drac (1992), que remiten al perfil de dos caracolas, o el collar Rocs (1990) evocan algunos de los adornos más antiguos creados por el género humano, realizados a partir de elementos encontrados en el entorno inmediato como las conchas.
Este interés por el modo de vida primigenio del Mediterráneo supuso un profundo cambio estético a partir de los años 90 a través de piezas más contundentes, con dorados más saturados y un acabado mate, características que remiten a los tesoros hallados en algunos yacimientos fenicios o minoicos. Entre estas alhajas encontramos la colección de joyas-contenedor que enlazan con los relicarios y agnus dei tradicionales en el mundo católico, pero que hunden sus raíces en los antiguos pueblos que guardaban fragmentos de materias sagradas en pequeños amuletos con función apotropaica.
Esta relación de la joya con el ámbito sagrado se desarrolla asimismo en la sugestiva serie Capelletes (1996), en la que se reproducen microarquitecturas que recuerdan a innumerables edificaciones religiosas como las iglesias románicas del Pirineo, las ermitas rurales, las estructuras talayóticas de Menorca y Mallorca o, más concretamente, la arquitectura vernácula de Formentera. Estas primeras capillas cerradas, custodias de lo sagrado, dan paso a nuevas versiones, como la Capelleta Oberta (2003), inspiradas en las barracas y casetas de pescadores hechas con cañizo pero que bien se asemejan a la arquitectura de Mies van der Rohe.
El contraste plástico entre materia y vacío, la experimentación técnica y los referentes artísticos alejan a Enric Majoral de la producción tradicional a medida que avanza el tiempo, aunque haya mantenido su implicación en el obrador. Esto provoca que la inspiración directa en el modus vivendi costero deje paso a una joya propiamente contemporánea que evoca el efecto corrosivo de la salinidad en los metales; en otras ocasiones utiliza formas meramente geométricas y, con mucha frecuencia, se permite rescatar motivos del paisaje formenterano -la posidonia, las nubes, el horizonte- que, por lo general, producen los resultados más interesantes.
El carácter retrospectivo de la muestra permite ver cómo la firma ha transitado desde una producción que hunde sus raíces en la tradición hasta la joyería de autor, convirtiendo una casa-taller en una empresa que encuentra su seña de identidad en el Mediterráneo. Este cambio, que es legítimo y no necesita de nuevos conceptos para justificarse, ha sido posible gracias a la fidelidad que Majoral ha mantenido con sus referentes estéticos. Todos estos valores, que engarzan con una tradición mediterraneista muy arraigada en el Levante peninsular desde el Noucentisme, trasladan al oro y la plata una época mítica y unas costumbres desaparecidas que encontraron en enclaves como Formentera su último refugio.