La exposición que, hasta el 22 de mayo de 2022, podemos visitar en la sala de exposiciones Patio de la Infanta de Ibercaja es una antológica de obras del pintor y fotógrafo José Miguel Palacio creadas desde 2005, un periodo en el que su principal inspiración temática ha estado centrada en las vistas de ciudades. De ahí el título “Sinfonía urbana” muy de película de los años veinte, según aclara el comisario, Juan Manuel Bonet, gran experto en aquel periodo de las vanguardias del arte moderno. De entre las muchas referencias que él cita, yo quiero destacar sobre todo las evidentes concomitancias con la producción del elegante pintor y fotógrafo estadounidense Charles Sheeler, uno de los máximos exponentes de la corriente realista conocida como Precisionism, que exaltaba las naves industriales, las máquinas, el progreso… Mucho de eso puede verse en esta muestra de este artista aragonés afincado en Madrid y fascinado por los encantos de la capital; aunque los rutilantes equipamientos de ferrocarriles, modernos aeropuertos o reflejos de escaparates de tiendas lujosas se han de encuadrar sobre todo en la corriente del Hiperrealismo, surgido en los Estados Unidos de América a finales de los años sesenta y expandido por todo el mundo aún en pleno siglo XXI, como bien mostró la muestra “Hiperrealismo 1967-2012” organizada en 2013 por el madrileño Museo Thyssen, usando como imagen reclamo su célebre cuadro de Richard Estes Cabinas telefónicas. En efecto, los cristales y chapas brillantes, las pormenorizadas perspectivas urbanas, los coches y cuerpos humanos muy detallados, son recursos visuales manejados con increíble habilidad por este veterano artista de muy depurada técnica, quien empezó haciendo figuración expresionista y estuvo luego veinticinco años bajo la influencia del surrealismo, tal como viene recogido e ilustrado en la página 23 del catálogo. En realidad, nunca ha abandonado del todo esas influencias, pues no hay narratividad naturalista, nadie habla ni gesticula, ni sucede nada especial o concreto, sino que muchas de sus obras nos transmiten una silenciosa poética de ensueño, un tamiz de melancolía, un filtro humano alejado del docurrealismo fílmico/fotográfico y su exaltación del ufano presente. Él se describe a sí mismo como un cronista de la contemporaneidad, un notario de lo que ve, pero a menudo plasma realidades fugaces, congelando un recuerdo de algo transitorio, como era el caso de la ya desaparecida tienda zaragozana La Reina de las Tintas cuando la pintó en 2005, seguramente embargado por la nostalgia de cuando de jovencito compraba allí sus materiales de escritura y dibujo. Su último cuadro, con el que cierra la exposición y anuncia quizá una nueva etapa en su carrera, es un Jarrón con flores sobre fondo negro, donde se ven ya algunos pétalos caídos sobre la repisa, en la mejor tradición iconográfica del bodegón barroco, que a toda visión de belleza acompañaba una reflexión sobre la caducidad de las cosas. Tempus fugit! Este pintor de toque demorado, que cada día pasa muchas horas trabajando laboriosamente y ha invertido tantos lustros en alumbrar los hermosos contenidos de esta exposición, volverá luego al silencio solitario de su mirada escrutadora, para seguir fijando con su cámara y sus pinceles elaboradas imágenes que se disputarán coleccionistas privados e institucionales. Ojalá no tarde muchos años en volver a deslumbrarnos a sus paisanos, pues en su querida Zaragoza no querríamos tener que volver a esperar mucho para disfrutar de otra antológica suya.