El Círculo de Bellas Artes de Madrid acoge hasta el 17 de mayo en la Sala Goya la exposición Antonio Saura: Mentira y sueño de Franco. La muestra exhibe por primera vez al completo el conjunto de cuarenta y un dibujos realizados por el artista de Huesca entre 1958 y 1962. La serie, bautizada por el autor Mentira y sueño de Franco, es toda una declaración de intenciones y constituye un evidente posicionamiento político por parte de su creador. Un posicionamiento, sin embargo, clandestino, que mantuvo conscientemente al margen de la esfera pública por cuestiones obvias, y que le llevó a ocultar la colección de aguadas que hoy podemos admirar.
Dignas de admiración son, en efecto, estas composiciones de generoso formato y técnica que mezcla tinta china y lápiz con el predominio de la aguada, en las que Saura escogió mantenerse fiel a su personal estilo, aún para tratar un asunto de crítica política. No es incompatible el lenguaje abstracto o abstractizante con lo político, desde luego, pero la elección de un tema de este tipo suele llevar asociado el deseo de aspirar a que se comprenda, y en ciertos momentos una se descubre buscando en el título de cada pieza la clave para tratar de descifrar la imagen. Aún así, a veces resulta complicado, pues algunos de los epígrafes son como enigmas que dejan al espectador pensativo, discurriendo, repasando los hitos históricos del franquismo para poder enlazar los episodios figurados y los acontecimientos de nuestra historia reciente, como si de un puzle se tratara. Esta circunstancia añade un punto de emoción a la visita: ¿qué será lo que encuentre en el siguiente papel? ¿Seré capaz de aprehenderlo? Fue el propio Saura quien puso los títulos a sus obras, recogidos en una ordenada lista y también manuscritos sobre el propio papel que soporta los diseños. Un gesto muy goyesco, tanto como el recurso a lemas de difícil interpretación.
Recorrer la pequeña exposición es una labor inmensa. No hay que dejarse engañar por los reducidos metros lineales que ocupa ni por el escaso apoyo textual (quien desee ahondar en los entresijos de las obras podrá acudir a la recomendable publicación editada en 2017 por Archives Antonio Saura que antecedió a este proyecto expositivo, a disposición del visitante para su consulta en sala). Observar cada detalle de la plumilla, cada mancha de tinta, cada trazo garabatoso en una búsqueda incansable (aunque no para todos) de la forma, por la obsesión de comprender y de empatizar, pero también por el placer estético de recrearse en la plástica corrosiva de Saura… Hacerlo desde muy cerca o con una amplia distancia para abarcar con la mirada la totalidad de la serie, dispuesta en un espacio único sin apenas interrupciones; repasar una y más veces la recreación de la archifamosa fotografía del miliciano de Robert Capa, descubrir la amarga densidad de las fosas comunes, esos campos de soledad, o la negrura impenetrable de los blancos muros de cal, testigos de innumerables ejecuciones, o el poderío endiosado del carro de combate a las órdenes de Franco.
Franco. El protagonista diabólico: El señor de las moscas, como tituló Saura uno de los varios dibujos aquí reunidos donde le retrata. A su persona se dedica la seria completa por ser el responsable de todo lo representado, empezando por los dibujos en los que el oscense miró atrás recordando la guerra civil, y continuando con algunos momentos de la dictadura como el aniversario de su glorioso alzamiento y otras efemérides del mismo tipo. Retratos burlones, hirientes, agresivos, humillantes. Nuestra mirada encuentra numerosos elementos pornográficos y escatológicos que le ridiculizan. Como ya hiciera Picasso en su célebre pareja de aguafuertes abierta en 1937: unos grabados titulados, como ya sabrán, casi de forma idéntica a la serie que tratamos, con la diferencia mínima de invertir el orden del sueño y la mentira, tan reales y verdaderos a ojos de estos artistas.
Visitar esta exposición es descubrir un conjunto de obras extraordinario que consiguen estimular la curiosidad y remover las entrañas del espectador, dejando un poco más abierto el resquicio de la memoria por el que necesariamente se debe abrir paso la historia de nuestro país. Pero, además, pasear por el perímetro de la sala es aceptar la invitación para darse una vuelta por un recóndito rincón del pensamiento de un gran artista como Antonio Saura, conocido, reconocible y aún todavía sorprendente. Un rincón pequeño, ligeramente frío como la sala en que se airea, pero decididamente rabioso, apasionado y apasionante.


