El retratista y retratado

El pasado 20 de junio, tres días después de que en el IAACC Pablo Serrano acabase la exposición de retratos ModPotrait (cuyo ganador ha sido el misterioso cuadro The Key, del irlandés Conor Walton, que no está mal, aunque a mí me gustaba muchísimo más el del zaragozano Jaime Sanjuán, pintado con los dedos en una tableta digital), este mismo museo abría otra muestra también consagrada al mismo género artístico. Se titula Pablo Serrano, retratista retratado y, como indica tal enunciado, tiene dos partes: una dedicada a algunos retratos de diferentes personas que realizó el escultor de Crivillén, mostrados en la primera planta, mientras que en la entreplanta encontraremos retratos que reflejan la barbada fisionomía del artista. Es la primera exposición que sobre este artista comisaría María Luisa Grau Tello, nueva conservadora estudiosa del legado del escultor en este centro de arte contemporáneo. Sus palabras en la inauguración fueron muy elocuentes, sobre todo al final de su discurso, cuando contrapuso esta época nuestra en la que nos bombardean a través de las redes sociales edulcorados retratos banales en los que todos parecemos ansiosos por insertarnos en anodinos estereotipos de belleza y felicidad, frente a la mirada personal plasmada en estas obras tan atormentadamente expresionistas e incluso caricaturescas. Efectivamente, en esta exposición son pocos los retratos realistas, en el sentido estricto del término, pues casi todos presentan esa filiación entre cubista e informalista típica del personal estilo de Serrano. Hasta en sus trabajos figurativos seguía siendo un escultor moderno, hijo de su época. Ese fue uno de los comentarios más reiterados en los demás discursos, a cargo del director del museo, de la nuera del artista, y del director general de cultura y patrimonio del Gobierno de Aragón. Así pues el IAACC continúa la reivindicación del escultor epónimo como referente de modernidad, de manera que esta muestra sucede y complementa a la que desde el año pasado se presentaba en este mismo lugar bajo el título Espacio protector (centrada en la serie “Bóvedas para el hombre”), comisariada por la autora del catálogo razonado de sus esculturas, Lola Durán, cuya presencia en el acto inaugural interpreto como un afectuoso gesto de respaldo y apoyo. Bien está que se hagan las cosas diplomáticamente, pues demasiados enconamientos ha habido ya en el pasado de esta institución. Pero quiero destacar que, sin ser un borrón y cuenta nueva, estamos en un punto de inflexión en la trayectoria del IAACC, pues desde su ampliación venía apostando casi exclusivamente por la vía abstracta en la producción del artista, dejando bastante de lado su vertiente figurativa, de la que él nunca renegó, pues la siguió cultivando en paralelo durante toda su vida, alcanzando con ella algunos de sus mayores éxitos de crítica y público. A demanda popular el museo volvió a presentar como preámbulo a las salas de Serrano su Hombre andando en la playa, con la que se abría la selección permanente de su obra antes de la ampliación, y que en el nuevo edificio había quedado relegada en las reservas; pero allá siguen ocultas las figuras de “Entretenimientos en el Prado” y muchísimas otras, pues aquí solamente se han sacado a la luz pública algunos retratos. Otra novedad digna de encomio es que no sólo se presentan obras definitivas en bronce, sino también no pocos estudios preparatorios en yeso, limpiados ex profeso por la restauradora del museo tras muchos años en los almacenes: el efecto de conjunto es así mucho más variopinto, pues van combinándose piezas blancas y negras, que contrastan cromáticamente con el color verde pastel de algunas peanas, diseñadas por Samuel Aznar. Y si ya era habitual en estas exposiciones la presencia de fotografías y cartas del archivo como complemento a las obras, en esta ocasión además de ellas hay abundantes documentos de todo tipo, incluso procedentes  del Legado Miguel Labordeta en la Biblioteca María Moliner de la Universidad de Zaragoza, colocados al lado del retrato correspondiente, de manera que el visitante curioso puede encontrar gran cantidad de información para ver y leer, gracias a la rigurosa investigación que ha llevado a cabo la comisaria, autora también de unos textos interpretativos estructurados didácticamente en forma de preguntas/respuestas. Hubiera sido deseable que su labor se divulgase a través de un libro-catálogo, pero es de esperar que tarde o temprano se edite una publicación científica, en la que se podrán incluir otros retratos que aquí no han podido traer, pues la muestra se basa en los propios fondos del museo, con préstamos puntuales de las colecciones de Valeria Serrano Spadoni, Wifredo Rincón, la Fundación Alberto Schommer o la Fundación Ibercaja. De ésta es el formidable retrato de José Camón Aznar, la pieza más señera en la subsección dedicada en la primera parte de la muestra a los retratos de ilustres aragoneses; mientras que en la segunda parte lo más destacable entre las diversas iconografías de todo tipo representando a Pablo Serrano es, en la subsección de autorretratos, un busto de Unamuno en el que el escultor jugó a confundirnos con su propia fisionomía: ambos tenían una cabeza monumental, con imponente nariz y barba; pero sobre todo compartían muchos rasgos de temperamento, incluida su visión trascendental-existencialista de la vida. La conclusión final, también implícita en el título de la exposición, es que estas obras de Pablo Serrano no sólo retrataban a sus protagonistas, pues también él se autorretrataba en ellas.

IAACC Pablo Serrano, Zaragoza

Número 43

Junio 2018
Jesús Pedro LORENTE LORENTE
Director de AACADigital
Fecha de recepción: 24/6/18
Fecha de aceptación: 24/6/18
image_pdfimage_print