Durante los últimos años, la investigación llevada a cabo en la historia del arte, ha transformado completamente nuestra percepción, sobretodo la que tiene que ver con los siglos XIX y XX, al mostrar que las vanguardias no habían basado su estructura en la ruptura con el pasado, sino que existía una relación fecunda con su legado. En este periodo, París estaba considerado como el centro del mundo artístico, en el Salón que se celebraba entre mayo y junio bajo el Segundo Imperio y la Tercera República, dentro del marco de la Exposición Universal de 1855. Desde ese momento, sólo era buen pintor el que hubiera sido premiado por el jurado parisino. Con motivo de la restauración del Museo d Orsay, tenemos la oportunidad de ver en España, sólo en Madrid, una selección de obras de las diversas tendencias que coexistieron entre 1860 y 1880 dentro y fuera del Salón, es decir la exposición Impresionismo: Un nuevo renacimiento no trata del Impresionismo en su apogeo, sino de su gestación. Y para gestarse algo, tiene que haber un comienzo, y buena parte del ese comienzo tenemos la culpa los españoles, ciertos acontecimientos, entre ellos la invasión napoleónica, la Guerra de la Independencia o la expedición de los Cien mil hijos de San Luís, permitieron un “redescubrimiento” de un país exótico, anti humanista, su arquitectura morisca, sus gitanas, toreros, bandoleros y la bárbara inquisición condenando a diestro y siniestro, revelaron la riqueza de España y con ella su pintura, prácticamente desconocida en Francia, que a través de los saqueos por parte del ejército napoleónico, ó el envío por parte de Luís Felipe de Orleans de cuatrocientos cuadros de Zurbarán, Murillo, Velázquez, Ribera, El Greco o Goya entre otros, para inaugurar el llamado Museo Español (1838-1848)dentro del Louvre, que proporcionó a los artistas parisinos lo que tanto anhelaban, una pintura inspirada en la realidad con una sombría composición. De entre los impresionistas que inspiraron su obra en la pintura española destacaremos a Carolus Duran con La dama y el guante, presentado en el Salón de 1869, se trata de un retrato femenino, el de su esposa en realidad, la también pintora Paulina Croizette, la elegante dama aparece recortada su figura sobre un fondo de tonos pardos y grisáceos, donde destaca, a demás de un bello rostro franco y sereno, un guante, convertido inequívocamente en un guiño al cuadro del pintor Velazquez El infante don Carlos que había visitado en el Museo del Prado, ni que decir tiene la comparación del cuadro titulado El pífano, de Manet, presentado a la Exposición Universal de 1867, que fue rechazado por el jurado, con la obra velazqueña es intensa. El retrato del joven músico de la Guardia Imperial aparece acentuado por el contraste de las tonalidades roja, gris y negra del uniforme. Esta obra fue muy polémica ya que para unos críticos la describieron como “una sota de la baraja pegada encima de una puerta” y para otros como Zola, la relacionaban con el arte de la estampa japonesa.
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Manet. El Pifano. Museo D Orsay
EL CATÁLOGO:
Once son los temas en que está dividida la exposición con su magnífico catálogo comisariada por Stéphane Guégan y Alice Thomine-Berrada.
Los estudiosos y apasionados de la pintura de este periodo, estarán de enhorabuena encontrándose, casi de bruces, en las primeras salas, con Un taller en Batignolles de Fatin- Latour, obra que ya pudimos admirar en el Museo Tyssen Bornemisza el pasado año, que designa en el sentido amplio a los artistas que se reunían alrededor de Manet en el café Guerbois. El cuadro impresiona por la actitud solemne e informal de los artistas representados alrededor de Manet. Dos guerras sucesivas, una de ellas civil, el conflicto franco- prusiano, o la rebelión de la Guardia Nacional y de los obreros de París (1871), provocaron el llamado “año terrible”, artistas como Puvis de Chavanne que evocaría el asedio a la capital y el sufrimiento de sus ciudadanos en dos lienzos. En El globo representa a París, simbolizada por una mujer, esta acompaña con un gesto a un globo que sobrevuela el monte Valeriano, destinado a llevar noticias de la ciudad. La mujer aparece apoyada con un fusil con bayoneta y teniendo a sus pies los cañones que bordean las fortificaciones de la ciudad, encarnando a la resistencia y entereza del pueblo parisino, la obra tuvo un enorme éxito, llegándose a tirar 50.000 ejemplares en estampas populares, lo que permitió a su autor completar la obra con La paloma en donde la ciudad de París es representada de frente recibiendo noticias del exterior por medio de una paloma mensajera. La llegada del realismo, ante la progresiva desaparición del romanticismo, tiene su representación en la figura del pintor Jean- Francois Millet, obras como La iglesia de Créville ó La siesta se mostrarán a lo largo de la exposición, aunque nos sorprende que no hayan traído la que sin duda alguna es su obra más conocida, y que también se encuentra en dicho museo Orsay como es El ángelus. La pintura de asunto mitológico, histórico, o religioso tendrá cabida en los salones, así pues podremos ver en la exposición representación de estas temáticas William Adolphe Bouguereau con su Nacimiento de Venus (1879) con grandes impregnaciones del Triunfo de la Galatea de Rafael o su Virgen de la consolación (1877), cuyas figuras remiten más bien a un modelo migelangelesco el Sarpédon de Henry Lévy donde reinventa la mitología mostrando a Hipnos y Tánatos llevando el cuerpo del difunto Sarpédon hacia un Zeus consolador que muestra los rasgos del Padre Eterno, todo ello rodeado de una estética religiosa del barroco italiano y del neoclasicismo. La pintura en femenino queda representada en la obra titulada La cuna de Berthe Morisot, aunque no fuese la única mujer que pintase en esa época, otras cómo Eva Gonzalès, Mary Cassatt y Marie Bracquemond conseguirían triunfar en un mundo dominado por los hombres.
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Degas. La clase de danza. Museo D Orsay
Y hablando de eso, de la diferencia entre hombres y mujeres, la podremos comprobar en el cuadro La clase de danza del inconfundible Degas, en donde el viejo coreógrafo Jules Perrot ocupa un centro vacío en cuyo alrededor se amontonan las mujeres, unas junto a otras, otorgando al profesor, al hombre el papel de domador en una arena poblada de mujeres. Tan sólo una bailarina aparece aislada y de espaldas cuya figura pudiera representar la distancia entre el propio artista con el espectador de la escena. La exposición acaba igual que empezó, con Manet, eje central de toda la muestra. Impagables son los cinco últimos cuadros que se muestran, en una especie de altar o capilla dedicada al autor de Olimpia, entre las obras podemos destacar La evasión de Rochefort, EL bar de Folies Bergére ó Un bote de espárragos, una de las últimas composiciones de Manet.
Nombres como el propio Manet, Renoir, Sisley, Degas…etc…desempeñaron un papel capital en la configuración del impresionismo del siglo XIX. Sus iniciativas experimentales introdujeron nuevas prácticas artísticas y comerciales, que junto a una nueva forma de contemplar el mundo y la aceptación por parte de la crítica de la libertad de color, dibujo y pincelada, atestiguaron ese proceso que era realmente arte.
PARA SABER MÁS:
Impresionismo: Un nuevo Renacimiento
Fundación Mapfre. Paseo de Recoletos, 23. Madrid. Hasta el 22 de abril

