El primitivo y perdurable encanto simbolista de los estáticos personajes de Viladrich.

En el recién renovado Centro de Exposiciones y Congresos de Ibercaja, se puede visitar hasta el 17 de febrero de 2008 una ambiciosa exposición monográfica de obras del pintor Viladrich (Torrelameu, Lérida,1887-Buenos Aires, 1956) organizada por el Ayuntamiento de Fraga, la Generalitat de Catalunya, el Gobierno de Aragón, e Ibercaja, en colaboración con el Ayuntamiento de Lérida, el Museo Jaime Morera de dicha localidad, el Museo de Zaragoza, y la Hispanic Society de Nueva York —de donde ha venido un lote impresionante de obras que hacen de esta muestra una oportunidad única para conocer en España lo más granado de su producción—. En el verano se inauguró esta exposición en el Castillo de Fraga, en el otoño estuvo en Lérida, y dado el éxito de crítica y público, los organizadores están estudiando llevarla a Bilbao y Madrid una vez se haya cerrado en Zaragoza.
El subtítulo de la exposición, “Primitivo y perdurable” , está tomado de la primera monografía dedicada al pintor, en 1918, por Ramón Pérez de Ayala; pero es también todo un lema bajo el que, en efecto, ha sido concebida por sus comisarias, Concha Lomba y Chus Tudelilla. Porque no se trata de una revisión histórica de toda la carrera del artista, aunque haya unas pocas piezas de su etapa final —la que va de su exilio desde 1939 a su muerte, un periodo histórico que no se considera en el texto sobre el contexto artístico en el Río de la Plata escrito por Diana B. Wechler para el catálogo—, sino de una inteligente selección de los cuadros y la época que quizá resulten más atractivos para el público moderno: el Viladrich más “perdurable”, que es precisamente el de los años más cercanos a la fecha en que el famoso escritor de la Generación del 98 le definía como joven, revolucionario, y primitivo, vaticinando que su arte era “el más permanente y cargado de futuro”. El primitivismo queda bien manifiesto por la falta de movimiento y la platitud sus figuras casi siempre carentes de ilusión de modelado, por el detallismo minucioso del dibujo, que le encuadran entre el arte naïf y la nostalgia de los maestros “primitivos” del primer Renacimiento, tan admirados por los simbolistas.
Hoy día el simbolismo de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, tras décadas de relegación, vuelve a estar de moda. A las muchas publicaciones o exposiciones que se le han dedicado en los últimos quince años se suma felizmente esta estupenda recuperación de un artista muy vinculado a Aragón, porque residió durante largos periodos en Fraga, cuyo Ayuntamiento llegó a cederle el castillo de la localidad para que instalara en él su taller y un centro de arte. Además, es un pintor que ha de interesar a los aragoneses porque no fueron pocos los baturros que pintó, casi tantos como catalanes con barretina, hasta el punto de que bien podríamos decir de él que fue uno de nuestros mejores pintores regionalistas, junto con su contemporáneo Marín Bagüés —quien compartió con él muchas influencias simbolistas y de las vanguardias—.
Ojalá esta magnífica exposición sirva también para reivindicar en adelante el interés de aquellos cuadros de joteros hoy casi olvidados, pero que tanto abundaban hace un siglo, cuando despuntaba el aragonesismo en política y en la cultura, Siento que en el catálogo de esta exposición no se haya tratado este tema, aunque sí se estudia concienzudamente su reverso, el arte del regionalismo catalán, en el cual quiso insertarse Viladrich, pero con unos tópicos demasiado identificados con la Cataluña profunda, rural, que fueron barridos por el catalanismo moderno y panmediterraneista preconizado en Barcelona por Eugenio D’Ors y los noucentistas. Como bien explica Alberto Castán en su texto, esa corriente se impuso en la Ciudad Condal sobre la pintura regionalista rural de alpargata, porrón, sardana y barretina que practicaba Viladrich, quien tampoco consiguió medrar en la ciudad de Lérida por los apoyos que allí supo urdir su eterno rival, el pintor Francesc Borràs, tal como nos cuenta en su documentadísimo artículo Chus Tudelilla, quien ha realizado una rigurosa labor de investigación en el archivo familiar, en el de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, etc —además de su texto, ha elaborado también el apéndice documental del catálogo—. Así, casi de rebote, nos llegó Viladrich a Fraga, donde se sentía como en casa, incluso en cuestiones de idioma. Por cierto, ya que sale el tema del catalán, aún sin querer meterme en asuntos políticos espinosos tan de actualidad, no puedo dejar de felicitarme por el hecho de que la edición bilingüe del catálogo respete en la versión castellana las denominaciones que en esta lengua tienen ciudades catalanas como Lérida (de la misma manera que en la versión en catalán ponen Saragossa para referirse a la capital de Aragón); pero en cambio el traductor al catalán se ha tomado la libertad de traducir incluso las citas literarias escritas en castellano que se incluyen en los diferentes textos, como si fuera una lengua ignota para los catalanes, a quienes en cambio presupone excelentes conocimientos del francés, pues ha dejado en su versión original las citas de Baudelaire y Moréas que insertan José Carlos Mainer y Jaime Brihuega en sus artículos.
Parece mentira que ese detalle se le haya escapado a los responsables de la edición del catálogo, que es de una perfección formal exquisita, sobre todo en las ilustraciones y su disposición, por ejemplo en el artículo de Concha Lomba, donde muestran detalles de los cuadros hermosamente confrontados al hilo de los perspicaces comentarios e interpretaciones personales que va haciendo de algunas obras escogidas para la exposición. Mi favorita, como la de casi todos, es el macabro tríptico titulado Mis funerales, que los visitantes de la muestra verán en lugar preferente, justo en frente de la entrada al itinerario de la visita, lo mismo que tiene también una posición central en su habitual hogar neoyorquino, la sala donde están la mayor parte de los cuadros de Viladrich en la Hispanic Society of America.