El Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneos presenta desde el pasado 7 de octubre hasta el 4 de septiembre de 2022 la exposición “La conquista del espacio: Pablo Serrano en la esfera pública” que se complementa con otra muestra relacionada; pero mucho más específica, “Pablo Serrano: La gran bóveda de Aldeadávila”, visitable desde el 28 de octubre de 2020 al 28 de marzo de 2021. Ambas se enmarcan en la serie de revisiones que la institución lleva realizando desde 2017, para dar a conocer diferentes vertientes de la obra del fundador combinando los fondos del propio Museo Pablo Serrano con algunas piezas prestadas. Cumple así con uno de sus objetivos institucionales, que es dar a conocer el legado fundacional, y en esta ocasión se aborda una de las facetas de la carrera artística del escultor que más fama popular le granjeó, pero también más discusiones, por las que también ha pasado a la historia.
Serrano fue un hombre público, muy conocido por sus obras pero también por sus ideas y su compromiso socio-político, que comunicaba a través de escritos propios, declaraciones e iniciativas múltiples, porfiando amigablemente en defender sus ideales o litigando cuando fuera necesario. Por eso me parece que la primera exposición aquí comentada tiene un título doblemente acertado, tanto por la alusión bélica del término “conquista” como por el significado sociológico que, desde Habermas, tiene la expresión “esfera pública”, referida a las controversias que crean opinión y debate dialéctico en la sociedad. Tan importantes en esta muestra, comisariada por Julio Ramón, director del IAACC, son las esculturas como los textos, las fotos y demás documentación de la época que dan testimonio de esa interrelación entre el artista y su ecosistema humano; así que seguramente no será casual que haya colocado en un punto nodal, como bisagra entre las dos partes de la muestra, la foto de Viaje a la Luna en el fondo del mar, polémica escultura creada para el vestíbulo del hotel Tres Carabelas de Torremolinos –que no era un espacio público, pero sí un transitado lugar de paso y encuentro, propio de la esfera pública–. Su dueño la destruyó sin pedir permiso a Pablo Serrano, lo cual dio origen a una larga lucha judicial y política para que en España se reconocieran los derechos de autor independientemente de la propiedad de las obras de arte, que finalmente cristalizaron en la Ley de Propiedad Intelectual de 1987, cuando nuestro paisano ya había fallecido.
Tampoco será coincidencia que se haya situado a la entrada de la muestra una versión de la estatua a Miguel de Unamuno encargada por el Ayuntamiento de Salamanca, que nunca llegó a ponerla ni en el pedestal ni en el emplazamiento previstos por el artista. Y aunque se ha preferido obviar las pintadas vandálicas y el debate político actual sobre el monumento a Indalecio Prieto en Madrid, sí figura entre el selecto muestrario de ejemplos escogidos del extenso elenco de ochenta encargos monumentales realizados por Serrano, muchos en honor de españoles ilustres –no quiero dejar de mencionar algunos que yo nunca he tenido ocasión de visitar, como los dedicados a Antonio de Nebrija, Juan Ponce de León, o Félix Rodríguez de la Fuente– entre los que, cómo no, se ha escogido también la gran Cabeza de Antonio Machado creada para Baeza en 1966, siendo entonces prohibida su inauguración, lo cual dio lugar a una ola de solidaridad internacional que acabó difundiendo versiones del busto por todo el mundo, representado incluso en la colección del MoMA de Nueva York y, por supuesto, en el IAACC –está expuesto a la entrada de la gran sala dedicada a sus series escultóricas en el segundo piso–. En el segundo espacio de la exposición se pasa revista a monumentos aragoneses, por su tema y ubicación, como el de Santiago Ramón y Cajal en Huesca, o los de José Sinués, San Valero y el Ángel de la Ciudad en Zaragoza, así como la Aparición de la Virgen del Pilar a Santiago, del que se ha traído un estudio preparatorio propiedad de los descendientes del artista; también ha llegado de una colección particular el boceto de escayola de la cabeza de Joaquín Costa con el que quiso contribuir al Museo de Escultura al Aire Libre de Hecho. Pero asimismo se presenta una escultura abstracta de hierro relacionada con la titulada Quema del objeto, que se puede ver ante el centro de salud de Alcañiz, u otras que se encuadran en series más experimentales, muy bien representadas en la primera planta del museo.
Con ellas, concretamente la titulada "Bóvedas para el Hombre", se relaciona la intervención de Serrano en Aldeadávila, que protagoniza la otra exposición, instalada en la gran sala de la planta baja del IAACC. Su comisaria, Lola Durán, no sólo ha puesto al inicio una de las más atractivas piezas de esta serie que posee el museo, Bóveda para el Hombre nº 21, sino también una vitrina dedicada a la participación de nuestro artista en la XXXI Bienal de Venecia de 1962, pues por entonces ya estaba colaborando con el arquitecto Francisco Hurtado de Saracho para aportar una decoración escultórica a la monumental fachada en hormigón armado de la embocadura del túnel de la central hidroeléctrica en construcción hacia el curso medio del Duero. Aquella presa constituyó entonces una de las mayores proezas de la ingeniería mundial, realizada con éxito por Iberduero gracias a modernísimas innovaciones técnicas, que se exaltan superlativamente en la película documental histórica presentada en la entrada de la sala. Es obvio que querían dar una imagen de modernidad, y uno no puede evitar pensar que tal vez la primera opción de aquella empresa con sede en Bilbao y del arquitecto bilbaíno encargado de dar una hermosa cara externa a la obra, hubiera sido Jorge Oteiza, pero habría resultado una apuesta arriesgada –su polémico apostolado para la fachada de Aránzazu había quedado arrumbado en espera de un visto bueno que tardaría décadas en ser concedido–, así que optaron por un escultor no menos moderno pero más conciliador. Y efectivamente Serrano demostró serlo, a juzgar por las afectuosas cartas que se muestran, acompañadas de planos y de fotos de las maquetas en las que fue rehaciendo su sobria decoración abstracta a gusto de los clientes, que quedaron muy complacidos… Menos les agradó el acompañamiento que su desbordante creatividad le impulsó a añadir: un conjunto escultórico que tituló Homenaje al Trabajo, realizado con desechos de la obra, como ruedas dentadas, brocas, mazas, hierros y piedras, etc. Esos elementos, muy propios del arte povera, fueron retirados y tirados al volcadero, con el permiso de Serrano, que arguyó en una carta preferir dejar satisfechos a los encargantes con la esperanza de posibles futuros encargos. Y más tarde consiguió convencerles de que algunos de esos elementos desechados fuesen recuperados e instalados en el poblado de la central, donde quedaron repartidas cinco grandes piezas escultóricas talladas en granito. Debido a su excesivo peso solo tres de ellas han podido ser arrancadas y traídas a Zaragoza, para protagonizar un espectacular montaje en el centro de esta enorme sala, ante una foto gigantesca de la Gran Bóveda: una brillante aportación del diseñador Samuel Aznar, encargado habitualmente de la expografía en el IAACC del que se ha despedido con este “do de pecho”, justo antes de jubilarse. No se han escatimado medios en esta exposición, patrocinada por Iberdrola. Se ha publicado un catálogo –colgado en la web del museo, donde se puede descargar gratuitamente– con un estupendo texto de la Dra. Durán, que aúna erudición con belleza literaria, particularmente cuando comenta cómo la obra de Serrano se inspiró en la hermosura natural de aquel paraje en el corazón de los “arribes” salmantinos, con escapadas paredes geológicas e imponentes muros de piedra seca cercando los campos.


