A comienzos del siglo XX, el paisaje mallorquín desconocido y virginal cautivó a artistas españoles y extranjeros. En 1893 realizó una primera estancia en la isla el catalán Santiago Rusiñol. La luminosidad de los cielos, la frondosa vegetación mediterránea y la amalgama de tonos azules —desde el turquesa al aguamarina— de la costa mallorquina, transformaron su plástica. Rusiñol pasaría largas temporadas en la isla, sobre todo entre 1901 y 1907. Entre 1900 y 1904 residió en Mallorca el pintor barcelonés Joaquim Mir i Trinxet. Las obras de ambos tendrían un fuerte impacto en el ambiente artístico local y contribuyeron a consolidar la isla como destino de artistas y escritores. Sus pinturas luministas realizadas a partir de notas tomadas en plein air en las que la mancha cobraba protagonismo consolidaron la renovación del paisaje en España, caracterizado hasta entonces por el fuerte poso académico de la centuria previa.
Esta renovación artística se dio paralela a una modernización del territorio mallorquín. En 1867 había llegado a Mallorca el archiduque Luis Salvador de Habsburgo-Lorena, pionero del turismo en las Baleares, quien compró numerosas fincas entre Valldemossa y Deià para dedicarlas a la explotación de productos agrícolas. En 1877 adquirió Son Marroig, desde 1922 una casa museo dedicada a la memoria del archiduque, autor en 1892 de la obra emblemática Die Balearen in Wort und Bild geschildert —Las Baleares descritas en palabras e imágenes—. En los primeros años del siglo XX, la llegada de turistas alentó a los promotores locales al desarrollo de infraestructuras. Así, en 1903 se inauguraba el Grand Hotel de Palma de Mallorca, en un moderno edificio modernista diseñado por Lluis Domènech i Montaner, contando con pinturas de Rusiñol y Mir en el comedor, pinturas que actualmente se encuentran dispersas en diversas colecciones, tras el cierre del hotel en 1941 y la subasta de sus interiores. A día de hoy, este edificio es el Caixaforum de Palma, sede de la muestra que aquí reseño.
La llegada de Hermenegildo Anglada Camarasa a Mallorca fue más tardía. En 1914, cuando ya era un artista plenamente consagrado, viajó a la isla para pasar un periodo de vacaciones. Fue allí donde el estallido de la Primera Guerra Mundial le sorprendió, evento que motivaría su rechazo a regresar a París, ciudad en la que residía. Anglada permaneció en Mallorca, descubriendo aquella misma luz y paisajes montañosos y costeros que ya habían seducido a Rusiñol y a Mir. En 1931 adquirió una propiedad en la zona del Puerto de Pollença y en su jardín plantó frutales, cipreses e infinidad de flores. La muestra de Caixaforum recupera no solamente las pinturas de flores del artista, sino también interesantes materiales como dibujos, fotografías y prendas de vestir que pertenecieron a Anglada y que sirven para documentar su manera de trabajar.
La exposición incluye el testimonio de Silvia Pizarro, nieta del artista, quien recuerda cómo al final de la Guerra Civil la familia se exilió en Francia. En la localidad borgoñona de Pougues-les-Eaux Anglada siguió pintando flores: eran el motivo que mejor le permitía conectar en la distancia con la vegetación de su añorada Mallorca. El artista regresó a la isla en 1948, donde residió hasta su fallecimiento. Muchos de los materiales presentes en su casa de Pollença pudieron verse en una exposición en el Caixaforum de Palma en 2014, bajo el título: En ca n’Anglada.
De la larga producción de este artista, la muestra actual se centra en su faceta como pintor de flores. Su comisaria, Arola Valls, ha contado con el asesoramiento de la nieta del artista y de Javier Fuertes, del Real Jardín Botánico de Madrid, adscrito al CSIC. Además de presentar algunas fotografías de la casa del pintor, la muestra incluye al comienzo ukiyo-e japoneses. Como muchos otros creadores de su tiempo, Anglada coleccionó abundantes objetos de procedencia oriental. El artista poseyó un ejemplar del libro Keika hyakukiku —Cien crisantemos—, en el que se incluían bellísimas ilustraciones de esta flor tan simbólica en el país nipón. En estas xilografías las flores alcanzan un gran protagonismo y sorprendían en occidente por las llamativas formas de cultivo japonesas, en las que con frecuencia se injertaba en un mismo tallo variedades distintas de flores. Esa característica la constatamos en las composiciones florales de Anglada.
Además de estas especies exóticas, otras de las flores presentes en la pintura de Anglada procedían de su propio jardín en El Pinaret, véanse los girasoles. Como atestigua una de las composiciones expuestas en la muestra, en ocasiones el artista calcaba flores sobre papel, luego las recortaba y creaba composiciones en las que superponía sus calcos. Aparentemente, al artista le gustaban especialmente las dalias.
También interesante para comprender sus vías de inspiración son los materiales textiles presentes en la muestra. Poder contemplar los mantones de Manila, lujosos productos de importación a comienzos del siglo XX, junto a las pinturas florales de Anglada, pone de manifiesto paralelismos e influencias en su figuración. Al respecto, la obra más ambiciosa de la muestra es Valencia, pintada en 1910. Se trata de una enorme composición dividida en dos grandes lienzos en la que muchachas ataviadas con mantones y floridos vestidos pasean entre arcos florales. Una estancia en la ciudad del Turia marcó la deriva de Anglada hacia el luminismo de colores más brillantes y menos sombríos.
La muestra de Caixaforum, integrada en su mayor parte por obras procedentes de la colección de La Caixa, es pequeña pero coherente, elocuente y sutil en su planteamiento y su visita nos transporta a aquellos tiempos en los que Mallorca seguía siendo un territorio recóndito e inspirador.