Una de las propuestas expositivas más interesantes que pueden verse durante esta primera mitad del año en Madrid es el proyecto presentado por la Fundación Mapfre sobre la presencia del gusto francés en España. La complejidad que encierra cualquier estudio sobre cuestiones tan subjetivas como el gusto, obliga a relacionar los fenómenos histórico-artísticos con las circunstancias del contexto social, histórico y político, así como con nociones intrínsecas de la disciplina de la historia del arte como puedan ser el coleccionismo, los estudios comparados de influencias o los viajes artísticos. Todas estas perspectivas quedan abordadas en esta muestra, ayudándonos a comprender un fenómeno de ida y vuelta como es el de la recepción del gusto francés en España o la presencia en Francia de una clara tendencia hispanófila en el arte.
La investigadora que ha comisariado esta muestra es Amaya Alzaga, profesora contratada doctora del Departamento de Historia del Arte de la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Su tesis doctoral versó sobre la figura de Raimundo de Madrazo y Garreta, prestando especial atención a sus vínculos con los contextos parisinos y neoyorquinos. Esta línea de investigación que ha mantenido en sus numerosas publicaciones realizadas en los últimos años es la que le ha permitido conectar contextos artísticos y culturales tan distintos y a la vez tan relacionados como el francés, el norteamericano y el español.
No ha debido resultar fácil poner en marcha un proyecto tan complejo, sin embargo, el resultado es encomiable. Se ha llegado a recoger una gran cantidad de obras de arte y de objetos de muy diversos formatos, combinando “pinturas, dibujos, esculturas, piezas de artes suntuarias y decorativas y objetos de uso cotidiano”. Todos ellos reflejan de diversas formas el gusto tan marcado que en España hubo por todo aquello que venía del otro lado de los Pirineos. Cronológicamente se arranca en el siglo XVII, momento en el que la llegada de piezas de procedencia francesa era un sinónimo de la admiración que sobre España ejercía el país vecino, hasta finales del siglo XIX, cuando tuvo lugar el fenómeno inverso del hispanismo en la cultura francesa.
La muestra arranca por lo tanto en ese momento histórico complicado para las relaciones diplomáticas entre ambos países: el siglo XVII. Precisamente, a pesar de las dificultades de entendimiento entre ambas naciones, localizamos abundantes retratos de corte ofrecidos entre las casas reinantes en España y Francia como símbolos de alianzas selladas. La segunda mitad de la centuria fue un periodo de pérdida de la hegemonía de España en la esfera europea y fue muy común la recepción de retratos de miembros de la casa real francesa en tiempos de Luis XIV, quien además se desposó con la infanta María Teresa de Austria.
Sin embargo, sería el cambio dinástico que tuvo lugar en España a comienzos del siglo XVIII con la llegada de los borbones lo que provocaría el viaje a la península ibérica de un aluvión de pintores, escultores, arquitectos y decoradores francesas, verdaderos artífices de la introducción del gusto por lo francés en nuestro país. Fue el siglo en el que llegaron a España pintores como Michel-Ange Houasse, Jean Ranc o LouisMichel Van Loo. A finales de la centuria, durante el reinado de Carlos IV, asistimos a la recepción del nuevo estilo Imperio, importado directamente del país vecino, que tuvo importantes ejemplos como el Gabinete de Platino en la Real Casa del Labrador en Aranjuez.
Sin embargo, sería el siglo XIX cuando las relaciones se estrecharon entre España y Francia para los fenómenos de gusto y recepción. Ha sido bien estudiado y se conocen abundantes ejemplos de la salida de obras de arte de España con motivo de la Guerra de la Independencia (1808-1814), conflicto bélico que desembocó en el fenómeno del expolio de obras de arte del patrimonio español por parte de las tropas extranjeras beligerantes. Este fenómeno tuvo como consecuencia “positiva” el mejor conocimiento del arte español fuera de nuestras fronteras, contribuyendo a su apreciación y puesta en valor. A su vez, el matrimonio de Eugenia de Montijo con el emperador Napoleón III o la llegada de los Montpensier a Andalucía, supondría un estrechamiento de las relaciones artísticas entre ambos países. La muestra nos da ejemplos maravillosos de esa aproximación cultural a través de la explotación de la imagen romántica de España, como puede apreciarse en los lienzos de artistas de la escuela de bayona, véase Jean Baptiste-Achille Zo o su hijo Henri-Achille Zo. Del primero podemos contemplar un magnífico vendedor de fruta en Sevilla, pintado en 1864.
La muestra ha venido acompañada de la elaboración de un rico catálogo que de ahora en adelante se convertirá en una referencia obligada para los estudios de las relaciones histórico-artísticas entre ambas naciones.