A lo largo de este año se han sucedido extraordinarias exposiciones sobre el Greco con motivo del IV centenario de su muerte. La recuperación, rehabilitación, reivindicación, revalorización y redescubrimiento del Greco, ponen de manifiesto una serie de nombres y acontecimientos, a lo largo del siglo XIX, por la vía de la modernidad decimonónica y hasta el siglo XX, en el plano internacional -así quedó demostrada en la síntesis que el Museo del Prado, presentó en su exposición El Greco y la pintura moderna, de la que dimos buena cuenta, en el número veintisiete de la presente revista-. Al mismo tiempo la rehabilitación del Greco, coincidía con una crisis de pensamiento que comprometió al arte en su rechazo del positivismo y del materialismo. El Greco representó la voluntad de renovación, de regeneración, en definitiva, de modernidad, que la figura del cretense también acabó por encarnar en su obra. La voluntad de poseer obra del cretense, por parte de coleccionistas privados fue en aumento, en unos momentos en que el conocimiento real de su obra seguía siendo limitado, cuando no nulo, lo que generó en más de una ocasión, la entrada en las colecciones de obras, cuya autenticidad hoy sabemos ajena a su autoría.
La muestra El Greco, la mirada de Rusiñol, que se puede ver en el Caixaforum Zaragoza. Pretende reivindicar, al entusiasta que se entregó en “la cruzada”, de recuperar la figura del Greco. Debemos tener en cuenta que Rusiñol, entre otras cualidades de modernidad y vocación artística extrema, poseía la de haber sido el valedor del Greco desde una villa, como Sitges, que no tenía otro punto en común con el pintor cretense que el hecho de estar bañada por el mismo mar de su infancia
La adquisición y posterior estudio, de Rusiñol, de dos obras capitales del Greco: Las lágrimas de San Pedro, y La Magdalena penitente, reflejaron una influencia plástica en la obra del artista catalán, que rápidamente, fue incorporada a su propia paleta. Entre 1894 y 1896, el amarillo del manto de San Pedro, es deudor en obras como: La morfina, Miss McFlower, así como el fondo del Retrato del actor José Riquelme. También se pude ver, cierta voluntad de práctica, en captar la expresión grave y serena, en los retratos. Respecto al hecho de ver los celajes de los fondos grequianos, en obras de Rusiñol como El puente de Santa Catalina (1901) o Jueves Santo en Pollenga (1902), resulta difícil de creer, incluso de asimilar. Otro aspecto más creíble, será el llamado “ciclo místico”, aquí presente en la muestra. En el verano de 1896, Rusiñol se encontraba en Montserrat, aquejado de unos fuertes dolores que le causaban un riñón necrótico, y que sólo la morfina, podía suturar. Este estado de padecimiento psíquico y psicológico, permitió sin embargo, al artista la creación una obra ambiciosa: Un tríptico sobre la vida espiritual de un fraile, representado entre la angustia y el dolor, en el que el trasfondo oscuro del hábito, se confunde con el sentimiento espiritual, como en los rostros que el Greco pinta, para representar santos.