El Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes de la Editorial Montaner y Simón, 1887-1910.

 
El Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes
 
 
Entre los años 1887 y 1889, se publicó, en Barcelona, el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes de la mano de la editorial Montaner y Simón. La obra constaba de 26 tomos, que, en 1910, se convirtieron en 29 tomos, con la publicación de un Apéndice segundo, redactado por distinguidos profesores y publicistas de España y América, bajo la dirección de Pelayo Vizuete. El Diccionario Montaner y Simón tuvo la siguiente cronología, que recorrió los años de 1887 a 1910:
 
1887 1 (A-All) – 2 (Am-Az)
1888 3 (B-Byz) – 4 (C-Cez)
1890 5-1ª (Cia-Cont) – 5-2ª (Cont-Chuzón) – 6 (D-Dze) –
– 7 (E-Ezz)
1891 8 (F-Fyt)
1892 9 (G-Gyul) – 10 (H-Izur) – 11 (J-Lluv)
1893 12 (M-Mglin) – 13 (Mi-Ñup)
1894 14 (O-Penas) – 15 (Penat-Polvo)
1895 16 (Polvo-Ovid) – 17 (R-Rzes)
1896 18 (S-Shush) – 19 (Si-Sztr)
1897 20 (T-Tmol) – 21 (To-Uzum) – 22 (V-Vyt)
1898 23 (W-Zyr) – 24 Apéndice A-G
1899 25 Apéndice H-Z
1907 26 Segundo apéndice A-D
1908 27 Segundo apéndice E-Ll
1910 28 Segundo apéndice M-Z y un Suplemento (pp 1393-1412)
 
Constaba de un cuerpo, apéndices cuyo objetivo era actualizar lo publicado anteriormente, y suplementos organizados por materias. Los artículos, en ninguno de los casos, iban firmados, aunque este hecho era habitual en las obras de referencia, ya que solían tener carácter anónimo[1].
     No obstante, en la redacción del Diccionario Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes de la Editorial Montaner y Simón, participaron varios de los que eran, al mismo tiempo, colaboradores de la revista La Ilustración Artística. A saber: Francisco Asenjo Barbieri, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Instrumentos de música populares en España; Gumersindo de Azcárate, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Política y Sociología; Manuel Bartolomé Cossío, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Artes industriales españolas; Carlos Luis de Cuenca, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Derecho penal, Enjuiciamiento criminal y justicia militar; Augusto Danvila Jaldero, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Monumentos artísticos españoles; José Echegaray, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Magnetismo y Electricidad; Francisco Fernández y González, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Cultura oriental, con inclusión de la antigua egipcia y de la de hebreos y árabes, africanos y españoles; Francisco Giner de los Ríos, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Estética; Urbano González Serrano, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Filosofía; Vicente de la Fuente, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Teología, Derecho canónico e Historia de la Iglesia; José de Letamendi, autor de las voces del Diccionario dedicadas a la Medicina; Pedro de Madrazo, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Pintura, Escultura y Grabado; José Ramón Mélida, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Mitologías, Arqueología oriental y clásica, Indumentaria, Panoplia, Heráldica y Artes industriales extranjeras de las Edades Media y Moderna; Marcelino Menéndez y Pelayo, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Obras maestras de la literatura española[2]; Jesús Muñoz y Rivero, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Paleografía, Archivos y Bibliotecas; Francisco Pi y Margall, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Filosofía del Derecho; Manuel Piernas Hurtado, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Economía política, Hacienda pública y Estadística; Antonio Pirala, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Historia de España desde la muerte de Fernando VII hasta finales del siglo XIX; Juan Facundo Riaño, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Cerámica y vidriería españolas; Rodrigo Amador de los Ríos, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Epigrafía arábiga y Arqueología hispano-musulmana; Ángel Rodríguez Chaves, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Biografía extranjera; y, José María Sbarbi, autor de las voces del Diccionario dedicadas a Lexicografía, Gramática y Música. Muchos de los autores del Diccionario –como puede observarse- eran institucionistas, es decir, estaban ligados o se habían formado en la Institución Libre de Enseñanza.        
 
     Una de las principales características del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes, así como de la revista La Ilustración Artística, es que se trata de una obra profusamente ilustrada. De ahí, la importancia que se le otorga a la voz grabado en el Diccionario. La voz grabado, en el Diccionario, ocupa doce páginas, en cuyo texto se intercalan dieciséis grabados o figuras, algunos de los cuales son de la importancia del Sello de Pedro I de Castilla (figura 2), la Medalla de cobre con el retrato de Alfonso V de Aragón, rey de Nápoles desde 1449, obra de Víctor Pisano, que se encuentra en el Gabinete Numismático de Berlín (figura 3), la Medalla de Carlos I de España (figura 4), Jesús atado a la columna, grabado en madera de Alberto Durero, del siglo XVI (figura 7), Retrato de Rembrandt, grabado al aguafuerte por él mismo, del siglo XVII (figura 8), El Conde-Duque de Olivares, copia de un grabado al aguafuerte de Velázquez, del siglo XVII (figura 10), Enrique IV y su familia, grabado en cobre por L. Gaultier, del siglo XVII (figura 13), Carlos III de España, copia de un grabado en cobre por Morghen, del siglo XVIII (figura 14), Arlechino, modelo predilecto de Fortuny en Roma, grabado al aguafuerte por el propio Fortuny, del siglo XIX (figura 15), y Las tres Gracias, reproducción de un grabado al agua tinta, por Thorwaldsen, del siglo XIX (figura 16)[3].      
 
     La importancia de la Enciclopedia de Montaner y Simón trascendió las fronteras, ya que fue reeditada en Inglaterra por Walter M. Jackson, con el título de Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias, Artes… redactado por distinguidos profesores y publicistas de España y América, impreso por C. H. Simonds Company, de Boston (USA). La reedición se diseñó en 28 tomos, con el mismo contenido que la obra original, ya que se trataba de una edición facsimilar. Este hecho es muy significativo, ya que, por entonces, Inglaterra contaba ya con la Enciclopedia Británica. Incluso existió, como lo demuestra la correspondencia de Menéndez Pelayo, un contencioso en torno a la Enciclopedia de Montaner y la Británica, que acusaba a la primera de plagio.
 
La voz museo en el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes 
 
   La voz museo del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes de la editorial Montaner y Simón es una voz que, sin llegar ocupar la importancia y a tener la extensión de la voz museo en la posterior Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana de la editorial Espasa-Calpe, está muy bien estructurada en tres apartados: definición, historia universal de los museos y estudio, en ese momento, de los principales museos del mundo, en España, Francia, Inglaterra, Italia y Alemania.
 
     La voz museo, del latín museum, presenta dos acepciones, como el <<edificio o lugar destinado para el estudio de la ciencias, letras humanas y artes liberales>> y como el <<lugar en que se guardan varias curiosidades pertenecientes a las ciencias y artes; como pinturas, medallas, máquinas, armas, etc>>[4]. Las dos definiciones de museo, como puede observarse, están relacionadas con el lugar, con el edificio del museo, que es, a la vez, lugar de estudio y lugar donde custodiar colecciones u objetos, es decir, conjugando ambas definiciones, es el lugar donde se conservan colecciones u objetos, valiosos científicamente, para su estudio.
 
     A la defición de museo, le sigue una sucinta historia universal de los museos, desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII.
 
En la Antigüedad, los antiguos denominaron museo al templo de las musas, a la colina de Atenas que a estas deidades estaba consagrada y a una parte del palacio de Alejandría, en la que Ptolomeo I reunió a los sabios y a los filósofos más importantes de su tiempo para que, allí, se entregaran al cultivo de las ciencias y de las letras, junto a la famosa Biblioteca.
 
Por esto, como se señala con muy buen criterio, los museos han sido, desde la Antigüedad y, por tanto, desde su nacimiento, centros de conservación de objetos científicos, para su estudio y divulgación científica.
 
Durante la época romana, muchas obras maestras fueron traídas de Grecia a Roma. Los emperadores romanos no dejaron de embellecer la ciudad, con numerosas obras de arte, que servían para decorar edificios públicos y palacios. El mundo clásico se preocupó de embellecer sus ciudades.
 
Durante la Edad Media, los monasterios, abadías y catedrales atesoraron numerosos objetos artísticos. Con el refinamiento del gusto, también, los reyes y nobles medievales se aficionaron a reunir, en sus palacios, obras de arte y curiosidades, sobre todo, en la baja Edad Media.
 
En el Renacimiento, aparecieron, propiamente, los coleccionistas y los museos, que, en un principio, se crearon con colecciones de objetos de Historia natural o curiosidades artísticas:
 
a) Cosme I de Médicis, con su colección de antigüedades, fundó el Museo de Florencia.
 
b) El Papa León, de la familia Médicis, se convirtió en un protector de las artes en Roma.
 
c) La familia de Este formó la primera gliptoteca o colección epigráfica, compuesta por piedras grabadas.
 
d) Aquí, en España, don Martín de Aragón, duque de Villahermosa formó un gabinete, en el palacio de Pedrola, con su colección de medallas y estatuas antiguas.
 
     Durante la Edad Moderna, en los siglos XVII y XVIII, aumentó el número de coleccionistas. Luis XIV y el cardenal Mazarino cultivaron las ciencias naturales. En España, Carlos III fundó el Gabinete de Ciencias Naturales de Madrid, en el que reunió colecciones zoológicas, mineralógicas, etnográficas y arqueológicas, para las que hizo construir el edificio del actual Museo del Prado[5].
 
     A continuación, después de la historia universal de los museos desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII, se hace una relación, por países (España, Francia, Inglaterra, Italia y Alemania), de los principales museos del mundo[6].
 
 
 
 
 
 
 
     En España, se destacan doce museos, que son los siguientes:
 
1)              El Museo del Prado, o Museo Nacional de Pintura y Escultura, fundado por Fernando VII con las mejores pinturas y esculturas pertenecientes al Patrimonio real.
 
2)              El Museo Arqueológico Nacional, fundado por Real Decreto de 21 de marzo de 1867, en el edificio llamado Casino de la Reina, inaugurado por el rey Amadeo I de Saboya el 9 de julio de 1871, que fue trasladado al edificio de la Biblioteca Nacional. De hecho, las colecciones de antigüedades arqueológicas y numismáticas de la Biblioteca Nacional, las colecciones que existían en el Museo de Ciencias Naturales y alguna colección particular, como la del marqués de Salamanca, fueron el punto de partida del nuevo Museo Arqueológico Nacional, que constaba de cuatro secciones: Sección 1ª. Edad Antigua; Sección 2ª. Edades Media y Moderna; Sección 3ª. Monetario, formado por monedas celtibéricas, fenicias, cartaginesas, griegas, romanas, bizantinas, visigodas y modernas; Sección 4ª. Etnografía, formada por objetos precolombinos (aztecas, incas y mayas), africanos, filipinos y de La India, China y Japón.
 
3)              La Real Armería, que custodia una de las más importantes colecciones que posee la Corona, la colección de tapices, además de la de carrozas.
 
4)              El Museo de Reproducciones Artísticas, fundado en 1881, en el edificio conocido como Casón del Retiro, que contenía y contiene vaciados en yeso de las mejores obras de la escultura clásica.
 
5)              La galería de pinturas de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
 
6)              El Museo de Ciencias Naturales, fundado por Carlos III, que constaba de las siguientes cinco secciones: Sección 1ª. Mineralogía; Sección 2ª. Zoología, formada por colecciones de mamíferos, aves, reptiles, peces, moluscos, crustáceos y zoófitos; Sección 3ª. Entomología; Sección 4ª. Antropología; y, Sección 5ª. El Jardín Botánico.
 
7)              El Museo de Artillería, establecido en el palacio del Buen Retiro. En él, se custodiaban las urnas con los restos de Daoiz y Velarde, las armas de Agustina de Aragón y el coche en el que fue herido el general Prim, entre otros objetos curiosos.
 
8)              El Museo Naval, ubicado en el Ministerio de Marina.
9)              El Museo Ultramarino, establecido en el Retiro.
 
10)         El Museo Anatómico del Hospital Militar de Madrid.
 
11)         El Museo Arqueológico de Valencia, instalado en la Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia. Su colección era y es utilísima para estudiar la escuela valenciana de pintura.
 
12)         El Museo Arqueológico de Valladolid, fundado en 1879, que custodiaba, entonces, una importantísima colección de esculturas de Pompeyo Leoni, Alonso de Berruguete, Gregorio Hernández y Juan de Juni[7].        
 
     En Francia, se destacan, también, los siguientes doce museos, ubicados, en su mayoría, en la capital, en París:
 
1)              Museo del Louvre, con sus doce secciones, del que se ofrece una detallada explicación[8].
 
2)              El Museo de las Termas y del Hotel de Clunny, en el que, en el año 1843, se instaló la colección de Sommerard, con objetos de la Edad Media y el Renacimiento. El museo, según las colecciones que albergaba, se dividía en veinte secciones[9].
 
3)              El Museo Etnográfico, formado con colecciones de antigüedades americanas y objetos de esquimales y de los pueblos de Oceanía.
 
4)              El Museo de Escultura comparada, en el que se custodian portadas de las principales catedrales de la Edad Media, la colección de dibujos de Viollet-le-Duc, que ideó la creación de este Museo de Escultura comparada, y la colección de fotografías de los monumentos franceses, colección que se conserva en la biblioteca de este museo.
 
5)              El Museo Guimet, fundado en Lyon en 1879, que fue trasladado a París en 1885, cuya finalidad es difundir el conocimiento de las civilizaciones de Oriente, a través de las colecciones de cerámica china y japonesa, y de objetos referentes a las religiones de La India, del antiguo Egipto y de la Galia romana.
6)              El Monetario, establecido en la Casa de la Moneda.
 
7)              El Museo de Artes decorativas.
 
8)              El Museo de Historia Natural.
 
9)              El Museo Astronómico, ubicado en el Observatorio.
 
10)         El Museo de Antigüedades Nacionales, instalado en el castillo de Saint-Germain.
 
11)         El Museo Histórico, establecido en el palacio de Versalles.
 
12)         El Museo de la Manufactura de Sèvres, en el que se reconstruye la historia de la cerámina[10]
 
En Inglaterra, se destacan los siguientes cuatro museos:
 
1)              El British Museum.
 
2)              El Museo de Kensington, cuya visita, por parte de los intelectuales españoles Juan Facundo Riaño y Francisco Giner de los Rios, inspiró la creación del Museo Nacional de Artes Decorativas de Madrid, ya, en el año 1912.
 
3)              La National Gallery, uno de los museos de pintura más importantes de Europa y del mundo.
 
4)              La Galería del Colegio de Dulwich.
 
En Italia, se destacan los siguientes nueve museos:
 
1)              Los Museos Vaticanos.
 
2)              El Museo Nacional de Nápoles, formado por los objetos descubiertos en Pompeya y Herculano.
 
3)              El Museo de los Uffizi de Florencia.
 
4)              El Museo Pitti de Florencia, rico en pinturas italianas.
 
5)              El Museo de la Academia de Bellas Artes de Florencia, que alberga cuadros de la antigua escuela florentina.
 
6)              La Pinacote de Bolonia.
7)              El Museo de la Academia de Bellas Artes de Venecia.
 
8)              El Museo de Parma, donde se encuentran las obras más importantes de Corregio.
 
9)              La Galería Ambrosiana de Milán.
 
Finalmente, en Alemania, se destacan los siguientes tres museos:
 
1)              El Museo de Berlín.
 
2)              La Pinacoteca y Gliptoteca de Munich.
 
3)              El Museo de Dresde[11]
 
La voz arqueología en el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes
 
En el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes, la voz arqueología que, de forma genérica, se define como <<tratado de lo antiguo>>, se estructura en cuatro apartados: definición del concepto de arqueología, divisiones de la arqueología, método para el estudio de la arqueología y, finalmente, historia de la arqueología[12]
 
     En la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana de la editorial Espasa-Calpe, la voz arqueología, que aparece ligada a la de anticuario, no se define con tanta precisión como en el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes de Montaner y Simón.
 
     Como ya se ha expuesto, la voz arqueología, en el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes, se estructura en cuatro apartados.
 
     En el primero, se trata de definir el concepto de arqueología. Durante el humanismo, en el siglo XVI, el estudio de lo antiguo se refería tanto a los monumentos (arqueología) como a los textos de los clásicos (filología, método histórico-filológico), dándose preferencia a estos últimos.
 
     A finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, Jean-François Champollion (1790-1832), considerado, en el Diccionario, como el padre de la arqueología, la definió como <<el estudio e interpretación de cuanto los pueblos de lo pasado trasmitieron a su posterioridad en obras materiales>>[13].
 
     A partir de esta definición, Jean-François Champollion dedujo los tres principios fundamentales que, según él, debían regir los estudios arqueológicos:
 
1)              La arqueología tiene por objeto exclusivo el estudio de los monumentos.
 
2)              Una parte esencial del estudio arqueológico consiste en la interpretación de dichos monumentos.
 
3)              De los dos principios anteriores, Champollion infería   que la arqueología debía proponerse trazar el estado social de los pueblos de la Antigüedad, a través del estudio de sus monumentos[14].   
 
La arqueología, según Champollion, se dividía en tres ramas de concimiento:
 
A)              La Arqueología literaria. La Arqueología literaria evolució hasta constituir dos ciencias diferentes: la Paleografía y la Epigrafía.
 
B)              Arqueología del Arte. La Arqueología del arte englobaba y se dividía, a su vez, en Bellas Artes (arquitectura, escultura, glíptica, pintura y grabado, Artes Industriales [industrias metalúrgias (orfebrería y ferretería), industrias escultóricas (marmoria y talla de madera), industrias plásticas (cerámica y vidriería), industrias pictóricas (vidriería y esmaltería) e industrias textiles (tapicería, telas, encajes y bordados)] y Artes suntuarias (indumentaria, mobiliario, maquinaria y medios de locomoción).   
 
C)              Arqueología de los usos y costumbres. La Arqueología de los usos y costumbres derivaba del estudio de las artes suntuarias y de su interpretación a través de la historia del arte, con la finalidad de conocer la expresión plástica del sentimiento estético de los pueblos y las causas de la evolución histórica de los mismos.   
Esta división de la arqueología, realizada por Champollion, seguía vigente para los autores del Diccionario[15].
 
El método de estudio de la arqueología se basa en interrogar al objeto o monumento sobre su origen, el pensamiento artístico realizado en él, los procedimientos materiales empleados para su ejecución, su significado iconográfico, el fin al que respondía y su fecha cierta o probable. El verdadero trabajo del arqueólogo consistiría en examinar los hechos aislados, sin perder de vista la evolución histórica, los antecedentes del hecho: las conclusiones que deben deducirse, no deben olvidarse del medio social en el que cada obra se produjo[16].
 
     Finalmente, se expone una historia de la arqueología, en la que se distinguen tres periodos:
 
1)              El de los humanistas. Para ellos, la arqueología era el conocimiento de la antigüedad, no de las antigüedades. En aquel periodo, en España, se distinguieron los humanistas Ambrosio de Morales, Antonio Agustín, Florián de Ocampo y Diego de Covarrubias.
 
2)              El de los anticuarios (siglo XVII y primera mitad del siglo XVIII). Los anticuarios se distinguieron por estudiar las antigüedades, coleccionándolas cuidadosamente. En España, influyeron en la creación de la Real Academia de la Historia por parte del rey Felipe V. Así mismo, en este periodo, en España, el conde de Lumiares se dedicó al estudio de la cerámica de Sagunto y el Padre Flórez se dedicó al estudio de la numismática española. 
 
3)              El de los arqueólogos, periodo que se hace comenzar con la publicación de la Historia del Arte de Winckelmann, en 1764, los nuevos descubrimientos arqueológicos de Pompeya y Herculano y la creación de nuevos museos.
 
El desarrollo de la arqueología, como disciplina científica, culminó con la proyección internacional que alcanzó, a comienzos del siglo XIX, con la creación del Instituto de Arqueología de Roma, en el año 1826, y la aparición de los primeros manuales de arqueología[17].      
El Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes, antecedente de la  Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-America de la Editorial Espasa-Calpe
 
 Como ya se ha comentado, el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes, que constaba de 26 tomos, se publicó entre 1887 y 1889, en Barcelona, de la mano de la editorial Montaner y Simón. El Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes ha sido siempre reconocido como el predecesor de la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, editada por Espasa-Calpe, hasta el punto de afirmarse que ésta es su heredera directa. Si se comparan ambas obras, se observa que las similitudes son enormes, hasta el punto de confundirse casi en título y formato, e incluso en su proceso cronológico.
 
          La historia de la Enciclopedia Espasa ha sido estudiada por Philippe Castellano. La obra Enciclopedia Espasa, historia de una aventura editorial (Madrid, Espasa-Calpe, 2000) de Philippe Castellano aporta datos concretos que hacen referencia a los distintos hechos y cuestiones históricas que propiciaron la aparición de esta iniciativa editorial, que ha marcado la historia editorial en España, así como, también, la más reciente obra de Juan Miguel Sánchez Vigil, Calpe, paradigma editorial (Gijón, Trea, 2006). Ambas obras abordan la historia de la editorial Espasa-Calpe y las diversas fases de la edición de su obra más importante, la Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana.


[1] El anuncio de la publicación del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes, editado por Montaner y Simón, tuvo lugar, con dos años de antelación, en 1885, en La Ilustración Artística, nº 159. Barcelona, Montaner y Simón, 1885, p. 159, anuncio que se repitió, en la revista, en sucesivas ocasiones, hasta el número 255 de la misma (año 1886), p. 408.     
[2] Por ejemplo, el artículo dedicado a la obra “El Alcalde de Zalamea” del Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes, escrito por Marcelino Menéndez y Pelayo, fue publicado en La Ilustración Artística, nº 287. Barcelona, Montaner y Simón, 1887, pp. 218 y 220.  
[3] Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo IX. Barcelona, Montaner y Simón, 1892, pp. 634-645.   
[4]  Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo XIII. Barcelona, Montaner y Simón, 1893, p. 675.
[5] Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo XIII. Barcelona, Montaner y Simón, 1893, p. 675.  
 
[6] Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo XIII. Barcelona, Montaner y Simón, 1893, pp. 675-679.   
[7] Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo XIII. Barcelona, Montaner y Simón, 1893, pp. 675-677.
 
[8]  Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo XIII. Barcelona, Montaner y Simón, 1893, pp. 677-678.
 
[9]  Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo XIII. Barcelona, Montaner y Simón, 1893, p. 678.
[10] Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo XIII. Barcelona, Montaner y Simón, 1893, pp. 677-678.  
[11]  Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo XIII. Barcelona, Montaner y Simón, 1893, pp. 675-679.
 
[12]  Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo II. Barcelona, Montaner y Simón, 1887, pp. 671-674.
[13] Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo II. Barcelona, Montaner y Simón, 1887, p. 671.
 
[14]  Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo II. Barcelona, Montaner y Simón, 1887, p. 672.
[15]  Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo II. Barcelona, Montaner y Simón, 1887, pp. 672-673.
 
[16]  Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo II. Barcelona, Montaner y Simón, 1887, pp. 673-674.
 
[17] Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes. Tomo II. Barcelona, Montaner y Simón, 1887, p. 674.