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| Homenaje a la aguadora del mundo |
Francisco Rallo Lahoz (Alcañiz, Teruel, 1924 – Zaragoza, 2007), fue un escultor figurativo por aprendizaje y convicción. En su personalidad, es imposible distinguir al artista del “trabajador de oficio”; de ese oficio artesanal, profundamente amado y sentido por sus practicantes, engarzado en el esplendoroso mundo de la estatuaria de todos los tiempos. Durante los más de cincuenta años en que mantuvo un ejercicio profesional ininterrumpido en su entrañable taller de la zaragozana calle Madre Sacramento, Rallo Lahoz realizó una amplísima y original obra, en su mayor parte producto de encargos realizados por particulares o por diversos organismos, instituciones y empresas. En esta parcela destaca su abundante obra de carácter funerario y religioso –pueden recordarse entre otros, los retablos de parroquiales de algunas localidades turolenses como Gargallo, Fortanete y Palomar- y numerosos retratos de diversas personalidades -desde Joaquín Costa a la pianista Pilar Bayona, pasando por toreros, religiosos, intelectuales o artistas de diversas épocas- así como, también, obras de escultura pública y monumental, algunas de ellas tan emblemáticas como lo son en la ciudad de Zaragoza los leones que jalonan su puente de Piedra, las cuatro musas del Teatro Principal, la Fuente de Niños con Peces de la Plaza del Pilar, o el cabezudo de “la Pilara”, entre muchas otras que pudieran citarse. En paralelo a esta importante labor -sobre todo a partir de 1972- Francisco Rallo fue realizando una obra escultórica más intimista que, en su mayor parte, no está concebida para ser expuesta en lugares públicos, urbanos o religiosos; una escultura ajena a condicionamientos, centrada temáticamente en la figura humana y en el desnudo, en la que Rallo podía dar rienda suelta a sus inquietudes creativas y desplegar su propia personalidad.
Si la obra personal de Rallo se observa en su conjunto, es fácil advertir cómo ésta sigue un evolución en varias líneas experimentales e independientes de trabajo que se van alejando gradualmente de la figuración idealizada de corte clasicista propia de sus inicios; y que su autor, lejos de rechazar su aprendizaje escultórico tradicional bajo el magisterio de Félix Burriel, es capaz de integrar éste con pasmosa naturalidad en lo que supone un sincero proceso de progresión hacia los valores más esenciales de lo escultórico. El propio escultor se definió a sí mismo en una ocasión de la siguiente manera: “Soy figurativo y bastante clásico. Forma parte de mi sentir estético y de mi formación el idealizar siempre la belleza. Dentro de esa tónica existe en mi obra muy diferentes maneras de expresar esa estética” (Torres, 1993). Verdaderamente, sin renunciar nunca a sus arraigadas convicciones, Rallo puso en juego múltiples posibilidades dentro del proceso de investigación formal que llevara a cabo; sus figuraciones tienden a experimentar con libertad dentro de muy variadas tendencias, pudiendo coexistir –si tenemos en cuenta, por ejemplo, sólo su producción en los años 70—, desde la interpretación constructiva de las formas que supone una obra como “Juventud o adolescencia“ (1972), hasta un predominio de la línea expresiva orgánica, curva y ondulante que representa su obra “Panzuda” (1976), pasando por el estilo naturalista que impera en “Pudor o pubertad” (1980). Estas investigaciones se desarrollan indistintamente, tanto a través de la talla como del modelado, es decir, tanto mediante la adicción como de la sustracción de los heterogéneos materiales que el escultor conocía y dominaba a la perfección, y fueron creciendo progresivamente en los últimos años de su vida profesional, momento en que su producción escultórica privada experimentó un apreciable incremento en cuanto a cantidad y calidad, con respecto a etapas anteriores. Rallo Lahoz -que nunca pretendió alcanzar con esta obra personal altas cotas de creatividad, sino gozar con sencillez y sin restricciones de las posibilidades inherentes a su oficio- juega con las cualidades y posibilidades expresivas de los diversos materiales que trata, ajustando perfectamente tema, materia y forma en cada caso concreto. Dueño de su arte, la madurez le fue conduciendo a soluciones cada vez más personales y libres, más sintéticas, más ajustadas a las propiedades intrínsecas de los materiales de su elección; y si bien en este camino de progresiva síntesis, su acercamiento a la abstracción no fue frontal –porque la abstracción “no la sentía”, según manifestó a menudo el propio artista- el esquematismo de sus soluciones le aproxima en algunos casos a esta tendencia plástica, en su búsqueda de depuración, equilibrio y serenidad. Así resumía él mismo esta opción estética: “Mi escultura es serena, estilizada. No me atrevo a hacer abstracto porque me encuentro falso, me da vergüenza. Pero no estoy negado a la abstracción” (García, 1993).
Si en el conjunto de esta producción de ámbito privado, los desnudos masculinos son cuantitativamente más escasos que los femeninos, aquellos ofrecen, en contrapartida,
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una gran variedad de soluciones y todos y cada uno de ellos manifiestan una diáfana personalidad ("Torso levantino", 1988; "Adolescente", 1992; "Klimenko", 1992; "Etnia", 1998; "Ulises", 2001; "Voluntad, 2005"; "Jasón", 2006). Pero puede decirse que la mujer es el “gran tema” de la obra de Rallo; captar la magia de sus momentos de intimidad es, a menudo, el objetivo principal de su búsqueda (Aseo, 1998; Despertar 1999); otras veces, le atrae la consecución de una belleza femenina primitiva, arquetípica (Esfinge, 2001; Deidad, 2003) o filtrar a través de los cuerpos desnudos una impresión de sensualidad o una expresión de contenido erotismo, por medio de un tratamiento sugerente de las formas sinuosas y ondulantes propias de la mujer (Despertar, 1999), y de sus gestos o actitudes (Mujer de brazos cruzados, 1976).
Algunas de las obras más características de Rallo, son aquellas en que el escultor recurre a un alargamiento expresivo de las proporciones de la anatomía de la figuras, lo que acentúa en alto grado su esbeltez y elegancia y, paralelamente, la fluidez de su carga espiritual ("Esfinge", 2001; "Nada por delante, nada por detrás", 2001; "Deidad", 2003; "Homenaje a la Aguadora del mundo" 2008, 2005; "Terpsícore", 2006). Pero Rallo no tiene en realidad un prototipo de mujer ideal. Mediante su técnica impecable, sabe extraer siempre de la materia, de sus misteriosas propiedades, aquellas formas, texturas y contenidos que mejor se adaptan a lo que se trae entre manos. Esto es producto también de los procedimientos técnicos, un tanto primitivistas, usados por el escultor: la mayor o menor estilización o alargamiento de una obra determinada, está definida muy precisamente de manera previa por la forma, disposición y cualidades intrínsecas del bloque original, a las que Rallo se muestra siempre sumamente respetuoso; sobre todo, en el caso de las maderas, la elección de bloques rectilíneos y compactos, más o menos alargados, y el trabajo minucioso de los planos del paralepípedo —frente, perfiles y dorso— con que aborda -primero, por separado y, finalmente, rematándolas en conjunto- muchas de sus obras, dejan traslucir en su resultado final una fuerte impresión de verticalidad, consistencia y unidad, y esa indefinible expresión de “lo eterno” que respiran las figuraciones del arte egipcio o del Medio Oriente antiguos. Influencias que se manifiestan de forma muy clara en algún caso en que el escultor recurre compositivamente a una libre interpretación de la ley de frontalidad egipcia ("Aseo", 1988). Cuando no trabaja el material en bloques, y decide ensamblar varias piezas, las formas se alargan o complican en mayor medida, pero siempre en la manera equilibrada y sucinta a que Rallo nos tiene acostumbrados.
Ya se ha subrayado anteriormente que la valoración de los materiales como parte fundamental del proceso —una aportación de Constantin Brancusi que habría de revolucionar la escultura del siglo XX— es trascendental también en la práctica artística de Rallo y resulta un elemento esencial de esa enigmática belleza que el escultor buscaba lograr en cada uno de sus trabajos. Ésta se ajusta a veces a un prototipo de desnudo femenino limpio y terso, de corte clasicista, aunque esto sólo ocurre en las obras cuyo interés se centra en conseguir una apariencia general escultórica idealizada que tiende a la simetría, al equilibrio y a la armonía; en definitiva, a la construcción de un símbolo de “la mujer eterna” ("Venus", 1987). La antigüedad, considerada en un sentido amplio como un periodo pleno de sugerencias míticas y “atemporales”, inspira a Rallo multitud de obras en las que demuestra su versatilidad a la hora de enfocar el tema; el escultor se nutre, tanto de las inagotables fuentes de la mitología grecorromana ("Hebe", 1987; "Venus", 1987; "Venus de Fuendetodos", 1988; "Musa", 1988; "Diosa con paño", 1992; "Terpsícore", 2006), como de la estatuaria arcaica griega o de raíces íberas ("Jasón", 2006; "Selene", 2006; "Torso levantino", 1988). Sus desnudos “clásicos” se adornan en ocasiones con ropajes, jugando con la idea de la estatuaria de carácter áulico. Las vestimentas caen sobre los cuerpos “sagrados” de las desnudas divinidades, desplegando juegos más o menos angulosos y geométricos que enmarcan la anatomía y sirven de contrapunto textural a la turgencia y redondez propias de las formas femeninas ("Alegoría de la primavera o Primavera", 1983; "Diosa con paño", 1992). Es en este tipo de desnudos donde Rallo remite más claramente a ciertas obras de Félix Burriel de los años 20 y principios de los 30 del siglo pasado, específicamente a una serie con el nombre genérico de “Juventud”, donde el maestro de Rallo ensayó “soluciones formales de diversa índole, simplificando el tratamiento de la anatomía y dando una solución rígidamente geométrica al plegado de los paños, fórmula esta que seguirá empleando en años posteriores” (Morón, 1984: 19). Resumiendo, puede decirse que, a través de su óptica personal, estos modelos provenientes del mundo antiguo son resueltos por Rallo con verdadera originalidad y, lejos de ajustarse a sus prototipos históricos, el escultor prescinde de todo rigorismo iconográfico a la búsqueda de esa austeridad formal que resulta un rasgo tan definitorio de su estilo.
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| Ulises |
Gimnasta |
Especialmente interesantes son aquellos desnudos que se presentan formalmente muy depurados, carentes de detalles, rotundos en su expresión. Aún teniendo en cuenta que sus obras verdaderamente abstractas son muy escasas –sólo algunos proyectos dibujados, y unas contadas pequeñas esculturas que juegan con la idea de contraste entre masa y vacío- es bien cierto que, en su camino de síntesis, Rallo bordea lo abstracto en estas obras más “primitivistas”, en las que impera esa sencillez y mágico equilibrio de líneas y masas que ha impreso carácter a la escultura antigua de medio mundo, desde Oceanía a África, pasando por lo maya o lo cicládico: así, sus obras "Torso geométrico" (2005) o "Selene", (2006) de atractivas facies casi prehistóricas. Muy frecuentemente la imaginación de Rallo viajaba con libertad en el espacio y en el tiempo. La inspiración en lo africano tiene una especial incidencia en su escultura, muy unida a las sugerencias propias del material elegido, generalmente a las maderas de ébano o sus imitaciones, que dan lugar con naturalidad a un tipo de obras con fuerte presencia de lo étnico africano ("Etnia", 1998; "Keni", 2002; "Homenaje a la aguadora del mundo", 2006).
A través de sus desnudos, Rallo demuestra de forma ostensible una voluntad simbolizadora, cuya potencial grandilocuencia sabe suavizar nuestro escultor con un tratamiento sensible y tierno, profundamente humanizador del tema. En su obra se reconocen múltiples símbolos universales que pueden ser fácilmente reconocidos por el espectador; símbolos como el amor materno-filial ("Maternidad", 1973), el amor de pareja ("Amantes", 1988) u otro tipo de alegorías sobre las etapas de la vida ("Niño despierto", 1981; "Adolescente", 1992; "Pubertad", 1985; "Pudor o pubertad", 1980; "Juventud o Adolescente", 1972), o el transcurso del tiempo ("Alegoría a la primavera o Primavera", 1983; "Amanecer", 1987; "Selene", 2006).
Pero si hay algo que cautiva a Rallo en su práctica escultura es el desarrollo del movimiento. Muchas veces sus desnudos muestran una clara preferencia por los ritmos suaves, y por formas ligeramente oscilantes con respecto a sus ejes de simetría, como procedimiento básico para romper el riguroso esquema compositivo bilateral de base que impera en la anatomía humana y aportar esa contenida movilidad a la que Rallo nunca renuncia en sus obras, por muy someras que éstas sean. Este mismo sentido dinámico es igualmente logrado mediante el empleo de las líneas fluctuantes y suaves ondulaciones de los contornos, así como del uso frecuente de la clásica postura del contraposto, que dotan a sus figuras de elasticidad y una notable elegancia. Rallo, fuertemente atraído por el dinamismo de las anatomías, introduce también entre sus temáticas preferidas todas aquellas actividades que conllevan un movimiento armónico del cuerpo y que revelan su gran plasticidad, como el deporte, la danza, etc. ("Homenaje a Nadia Comaneci", 1978; "Gimnasta", 1992; "Víctor Klimenco", 1992; "Homenaje a la tenista Conchita Martínez"; 2Homenaje a Glorí Alozie" (medallista olímpica), 2002; "Yoga", 2002).
Una amplia selección de este tipo de temática y de obra más intimista del escultor Francisco Rallo conformará los fondos de la exposición que va a itinerar por tres sedes aragonesas durante este año 2008, a partir de su inauguración el 10 de abril: Museo de Teruel, Palacio de Villahermosa (Huesca) y Sala Municipal de Alcañiz (Teruel). Con el título El desnudo en la escultura de Francisco Rallo Lahoz. 1972-2006, esta muestra va a reunir un conjunto de 40 esculturas, pertenecientes en su mayor parte a colecciones privadas, unidas bajo el común denominador temático del desnudo: figuras femeninas y masculinas, torsos, maternidades o atletas, realizados en materiales tan variados como el barro cocido, el metal (bronce y aluminio fundidos), la madera (pino, ébano, ciprés, cerezo…), o la piedra (calizas diversas, mármol, alabastro…); materiales, todos ellos, en cuyo tratamiento Rallo Lahoz fue un verdadero maestro. El conjunto de obras seleccionado, pone de relieve soluciones escultóricas muy diversas, en un amplio abanico que abarca, desde algunos trabajos de corte académico dentro de un concepto tradicional de escultura, hasta otros muchos que gustan de experimentar a la luz de tendencias plásticas más actuales. En estos últimos, el artista interpreta la figura humana con un lenguaje sobrio, cercano a la abstracción, fuertemente caracterizado por un predominio de los volúmenes depurados, en equilibrada combinación con la puesta en valor de los materiales. En definitiva, la exposición de la cual este artículo sirve como anticipo, persigue ser demostrativa del original estilo y buen hacer de Francisco Rallo Lahoz y se plantea como una buena ocasión para que el público descubra y aprecie las más íntimas inquietudes y los logros estéticos de este artista que es, por derecho propio, una de las más sólidas y respetables figuras de la escultura aragonesa del siglo XX.