Ocurre a menudo, cuando uno ha estado involucrado en un proyecto, que el resultado final nos deja un sabor agridulce. Por eso quiero antes que nada desde estas líneas rendir homenaje a Blanca García Vega, presidenta de la Asociación Castellano-Leonesa de Criticos de Arte (ACLCA), así como a otros dos miembros de esa asociación, Julián Alonso y Mónica Crespo, que han realizado una gran labor al coordinar y diseñar los materiales de esta publicación, aunque ahora se sientan un tanto decepcionados, porque al final no se parece del todo a lo que hubieran imaginado. Ellos habían preparado primorosamente unos textos profusamente ilustrados con abundantes fotos; pero cuando la ACLCA contactó con VEGAP les pidieron muchísimo dinero en concepto de derechos de reproducción de los artistas representados por ellos, e incluso de los extranjeros a los que pudieran representar otras asociaciones semejantes. Esto cayó totalmente por sorpresa, pues la propia VEGAP había declinado anteriormente el cobro de derechos cuando se tratase de obras de arte público. Como había que cumplir plazos comprometidos con la imprenta y con los patrocinadores de la edición –Construcciones Arranz Acinas– hubo que tomar una decisión sobre la marcha, y se optó por sacar el libro sin ilustraciones, aunque finalmente con la excepción de algunas fotos de obras sobre las que se contaba con el permiso expreso de los propietarios de derechos. El resultado es un libro denso, y donde a veces resulta difícil seguir los argumentos de los textos, porque faltan las imágenes que complementaban la explicación. Al final todos hemos salido perdiendo: los lectores, los autores de los artículos, y también los propios artistas cuyas obras no han podido ser reproducidas, malográndose una buena ocasión de difundirlas en una publicación especializada.
No siempre han tenido los congresos de la Asociación Española de Críticos de Arte (AECA) una especialización temática, pero es evidente que esa circunstancia es muy ventajosa tanto para que en el encuentro se generen discusiones productivas, como para la difusión de las actas. El tema del arte público, que a menudo queda de lado en las páginas de crítica periodística –eclipsado por la necesidad de comentar las exposiciones temporales–, fue una propuesta presentada por mí a la Junta Directiva y aprobado por la Asamblea General de socios en febrero de 2008: yo estaba convencido de que podríamos lograr el apoyo financiero del Ministerio de Ciencia e Innovación a través de una Acción Complementaria, y así ha sido. Gracias a ello, se ha podido invitar a algunos expertos nacionales e internacionales, a cuyas contribuciones se han sumado otras de miembros de AECA. Ha habido así un buen número de ponencias y comunicaciones en el congreso, celebrado del 12 al 15 de noviembre de 2009 en Valladolid, León y Burgos, de cuyo éxito hay que dar las gracias a la buena organización de la ACLCA, perfecta anfitriona de los participantes llegados del resto de asociaciones territoriales de AECA. Pero incluso algunos que no pudieron asistir por problemas de salud –pues las jornadas coincidieron con la epidemia de la gripe A–, han podido luego unirse al resto, y figurar ahora en este libro de actas, donde todos hemos estado de acuerdo en que no hubiera distingos jerárquicos entre ponencias y comunicaciones, de manera que cada autor ha escrito con la amplitud que ha considerado necesaria, siendo ordenado el conjunto de textos en función de una serie de epígrafes, que distinguen las siguientes secciones en el libro: Definición e historia, Contexto urbano, Territorio, Museos, Muros, Utopías y nuevas vías, Conclusiones.
Este elenco de contenidos da idea de la variedad de puntos de vista en las aportaciones, pues se abordan tanto los monumentos y esculturas como la pintura mural, tanto las intervenciones en las calles y plazas de las ciudades, como las localizadas en plena naturaleza, lo mismo los casos aislados que los que forman un conjunto museístico al aire libre. Ahora bien, si he de destacar un rasgo común en los contenidos de este libro, que constituye uno de sus rasgos más destacables, es sin duda el interés que muestran casi todos los autores por replantear la noción misma de arte público y por revisar los precedentes históricos del ejemplo respectivo que hayan escogido comentar. Raro es el autor que no plantea su artículo con un recorrido diacrónico, así que los historiadores del arte van a encontrar amplio material de su interés, ya sea sobre la evolución del término “arte público” desde que en Bruselas se celebró un primer congreso internacional sobre el tema en 1898 y siete años más tarde se fundó en Liega un Institut International d’Art Public; pero también sobre la historia de las intervenciones en los escaparates de unos grandes almacenes, o los elementos de mobiliario urbano, los parques y museos de esculturas, los simposia y encuentros de artistas en parajes rurales, los decorados de cines y teatros, los muros de medianeras, los graffiti, el land art, los carteles publicitarios, la fotografía documental, etc…
Sostenía Gaya Nuño que la crítica de arte la ejercen en general todos los que escriben sobre arte, incluidos los literatos, los especialistas en estética o los historiadores del arte. Y a pesar de que hemos ido consolidando una creciente diferenciación de disciplinas, todavía somos muchos los que intentamos conjugarlas. Buena prueba es pues este libro que recoge las actas de un congreso, donde se ha abordado el tema del arte público con abundantes planteamientos interdisciplinares entre la crítica y la historia del arte; pero aún más va a comprobarse en el siguiente congreso de AECA, del que será anfitriona la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte (AACA) en noviembre de 2011, pues estará dedicado a la historia de la crítica de arte en España en los últimos cincuenta años.