El arte del lujo. CARTIER, coolhunter de estilos y savoir faire parisino

“El arte de Cartier” es la exposición temporal que acoge en Madrid elThyssen-Bornemisza, con la que se une a la tendencia internacional del creciente protagonismo de la joyería en los museos. Tan solo hace un año, nos ocupábamos desde este mismo medio de la inauguración de “Joyas de artista”, una exposición en el MNAC cuyo hilo conductor ha retomado el IVAM en los últimos meses con “De Picasso a Koons. El artista como joyero”. Y de la misma forma, mientras escribimos estas líneas, la Galerie du Crédit Municipal de París, también reivindica la vertiente más artística de la creación francesa en “Bijoux d´artistes”, a pesar de que la haute joaillerie nunca duerme en la ciudad del Sena, y enLes Arts Décoratifs se está clausurando una exhibición dedicada al mítico joyero de la Place Vendôme, Van Cleef & Arpels. 

Así que el Museo Thyssen, al igual que hiciera Louise, -nieto de François, fundador de la casa Cartier en 1857-, observa las tendencias creativas que se imponen a su alrededor, cercanas al capricho de la moda y al arte del lujo, y se las ofrece al gran público.

La exhibición, cuyo leitmotiv muestra la elegancia como actitud, se concibe como un gran rectángulo en negro, con total protagonismo de las joyas sobre la ausencia de color: un timeline a la entrada anuncia cómo la luz, teatralmente focalizada y dirigida, permitirá redundar en la transparencia de los diamantes incoloros, cuyas refulgentes facetas son las verdaderas protagonistas del brillo de la muestra.

Las alhajas se muestran a lo largo de seis bloques temáticos en cubos cristalinos, neutros contenedores de las piezas. El recorrido ilustra más de 150 años de creación de la saga, así como su evolución estilística: desde el estilo denominado guirlande a la inspiración naturalista, orientalismos y la geometrización del Art Déco. A lo largo del muro perimetral, se proyectan dibujos preparatorios y bocetos del Archivo Cartier que muestran el proceso de concepción de los volúmenes así como a sus emblemáticas clientas, posando con los diseños.

La primera estancia muestra las piezas “De aprendiz de joyero a la Rue de la Paix”; es decir, desde los inicios de François y su hijo Alfred, hasta que el visionario e incansable Louise se establece en el número 13 del boulevard parisino. Y de esta forma, un aderezo o parure de oro amarillo, carey ybriolettes fantasía de amatistas anuncia el final de los historicismos, ilustrando, el resto de las piezas, la llegada del platino y los diamantes en las primeras décadas del Siglo XX: 51 quilates de zafiros de un devant de corsage como pieza estrella y algunos broches borlados como lazos de encaje, se muestran en esta primera vitrina, junto a un sautoir de perlas, transición al geometrismo. El segundo de los contenedores cristalinos de esta primera estancia, exhibe ya la maestría en el manejo del platino. De naturaleza blanca inalterable, su uso se generaliza a partir de los diseños de Cartier por toda Europa, relegando la plata por su oxidación a las creaciones de los bijoutier: distintos diseños de tiaras más o menos orgánicas se exhiben, en forma debandeau o rinceaux, incluso ejemplares versátilmente desmontables, capaces de convertirse en pulseras de tiporiviére. Las tiaras lucen diamantes contorno cojín en movimiento y baguettes de citrinos, aguamarinas y diamantes engastados de forma invisible, permitiendo simular a las gemas flotar sobre la piel.

El segundo bloque temático incluye las creaciones del Art Déco, joyas y objetos que sincrónicos a la Gran Guerra, nada tienen que ver con el estilo Noveau: depuradas y geométricas, sus líneas ortogonales y reticulares son continuación de la tendencia más clasicista que había partido del guirlande y desembocaba en esta Belle Epoque. Dos largas vitrinas rectangulares exhiben joyas en forma de broches de cristal de roca, con guarniciones de platino y diamantes, así como anchos brazaletes  articulados con diamantes tallados en diferentes estilos y rubies, zafiros y esmeraldas decorando su parte central. Algo más arriesgados y experimentales son algunos diseños de pendientes, junto a objetos suntuarios exponentes del lujo parisino: prismáticos para la ópera en ónix y diamantes, bolsitos aterciopelados con boquillas de piedras preciosas, pitilleras en oro rosa, cajitas para carnets de baile o coquetas vanity case.

El siguiente bloque muestra el especial romance del ya experimentado Louise Cartier con los orientalismos: su estética se torna permeable de influencias egipcias, persas, indias, japonesas… A raíz del descubrimiento de la tumba de Tutankhamón, en 1922, las alhajas muestran iconografías de lotos, escarabajos y sarcófagos en lapislázuli y turquesa o reciben decoraciones de fayenza y cloissoné; otras, en forma de “Les indes galantes” muestran esmeraldas labradas rescatadas de joyas mogholes. Su relación comercial con maharajas y maharanis impregna algunas piezas de reminiscencias del oro kundan, formas de tiposarpush y esmalte o meenakari; y por último, algunas alhajas que le proporcionan mucha fama en estilo Tutti Frutti, en las que los verdaderos protagonistas son el volumen de las gemas talladas, escultóricas, y el color.

El cuarto bloque es titulado “El poder del estilo. Clientes emblemáticos”, y en él se muestran, entre otras piezas, una tiara de la Reina Victoria Eugenia, algunas joyas de Liz Taylor o de la musa de Hitchcock y princesa de Mónaco, Grace Kelly, además del famoso flamingo ya emblema de la casa,  encargo del Duque de Winsor. 

El quinto bloque expositivo se dedica a los relojes y muestra una vertiente mucho menos estética y más comercial, en torno al “producto”. En una vitrina rectangular se colocan, en distintos niveles relojes de pulsera, bolsillo y chateleines esmaltadas. Además, algunas piezas de sobremesa, muestran la colaboración con Carl Fabergé a través del acabado en guilloché.  Por último, el apartado “Flora y fauna” recoge espectaculares alhajas de la diva mexicana María Félix, como collares en forma de cocodrilo o brazaletes que reproducen en la pericia de su manufactura, las escamas de reptil; piezas, que siguen inspirando las colecciones de modistos actuales, como las creaciones del italiano Roberto Cavalli.

Concebida para el gran público, los especialistas coinciden en señalar la ausencia de explicaciones o comentarios sobre el uso o la manufactura de las joyas, pues las cartelas únicamente recogen los materiales, la cronología y la denominación tipológica de las alhajas. Además, -a excepción de la tiaras cuya visibilidad es excepcional-, las piezas apoyan sobre expositores que no permiten mostrar los detalles de los reversos de las piezas, cuya visibilidad resultaría por otra parte, un alarde técnico en la ejecución.

Este es el único y obligado “pero” que hacer siendo críticos, pues hoy, aún extasiados, no sabríamos decidir cuál de las 400 piezas dejar de mirar.

 

 

 

Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

Número 22

Marzo 2013
Carolina NAYA FRANCO
Profesora contratada del Diploma de Especialización en Gemología de la facultad de Geológicas de la Universidad de Zaragoza
Fecha de recepción: 25/1/13
Fecha de aceptación: 30/1/13
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