El “otro” Bigas Luna. La seducción de lo tangible.

            Desde el pasado 13 de septiembre, y hasta el 10 de diciembre, el IAACC Pablo Serrano nos brinda la oportunidad de explorar una serie de facetas (para muchos) no tan conocidas de un creador integral como fue el catalán Bigas Luna (1946-2013). Se nos presenta una exposición que participa en gran medida de otra precedente titulada Més de Bigas i més de Luna, comisariada por Glòria Bosch en el Museo Can Framis, de la Fundación Vila Casas de Barcelona, y que tuvo lugar hace ahora dos años.

            La principal pretensión de esta muestra es situarnos frente a un infatigable y curioso experimentador que desarrolló múltiples disciplinas (“Más que un director de cine me considero un artista”, apostillaba él mismo a menudo cuando le preguntaban sobre su labor), como bien dan a entender el centenar de obras que se exponen en las instalaciones del Paseo de María Agustín de la capital zaragozana. En efecto, se trata de un conjunto heterogéneo de trabajos entre pinturas, dibujos, instalaciones, fotografías y diseños; pruebas claras de los numerosos intereses que jalonaron su trayectoria desde que la iniciara a finales de los años sesenta dentro del mundo del diseño industrial, como son buen ejemplo sus Mesas imposibles, que, desde la actitud provocadora del movimiento conceptual en el que se inscriben (tendencia que, como es sabido, acaparó gran parte de las manifestaciones creativas de ese período en su Barcelona natal), dejan de asumir una funcionalidad de facto debido a su inconsistencia e inestabilidad, y se convierten en una auténtica boutade.

            Y es que, más allá de su faceta como realizador, que le otorgó reconocimiento a nivel internacional, sobre todo con su “Trilogía Ibérica” (Jamón, jamón (1992); Huevos de oro (1993) y La teta y la luna (1994), que son glosadas ampliamente en un audiovisual proyectado en la sala, basado, a su vez, en el programa de la 2 de Televisión Española Imprescindibles, la exposición busca trazar un recorrido sintético por su obra plástica, gráfica y fotográfica, definiendo una personalidad inquieta y continuamente activa en distintos campos de la expresión artística. En cierto modo, este carácter polifacético nos recuerda a otro gran cineasta, cuya labor como realizador cinematográfico y televisivo quizás ha eclipsado al resto de sus prácticas, pero las cuales resultan tan interesantes como las primeras, y tanto más por cuanto ayudan a explicar y comprender muchas de las obsesiones recurrentes en su particular imaginario, presentes en sus películas y series de televisión. Nos estamos refiriendo al estadounidense David Lynch (1946), quien, igualmente, desde los años noventa, y por medio de diferentes exposiciones, ha sido descubierto para el gran público como pintor, dibujante, fotógrafo, diseñador, etc. Una de esas muestras, Action Reaction, fue acogida por el Centro de Historia de nuestra ciudad, entre abril y mayo de 2009.

            Pero volviendo con el artista Bigas Luna, el recorrido por las obras, muchas de ellas, como se dice en la hoja informativa del IAACC, inéditas y cedidas para la ocasión por su viuda, Celia Orós, se inaugura con la citada experiencia conceptual (Génesis de una creatividad diversa), materializada por medio de sus Mesas imposibles, de principios de los setenta, que marcan el arranque de su carrera creativa y profesional dentro del ámbito del diseño.

            Seguidamente, en estricta continuidad cronológica, mediados de la década de los setenta, hallamos la presencia de numerosas fotografías obtenidas mediante el procedimiento Polaroid, muy habitual entre los fotógrafos de vanguardia de la época, como Andy Warhol (artista polifacético por excelencia). Un tipo de cámara que siempre ejerció una extraña fascinación entre todos estos artífices por la inmediatez en la consecución de la toma, substanciando plenamente el concepto de instantánea. Este grupo de fotografías son imágenes preexistentes captadas de pantallas de televisión que nos muestran a políticos y a otras personalidades del momento (Margaret Thatcher, Yasser Arafat, Fidel Castro, Henry Kissinger, etc.), procedentes a buen seguro de informativos o formatos similares, y que sirven para articular una estrategia creativa apropiacionista, en sintonía clara con otros representantes del medio y cultivadores de esta práctica, como el estadounidense John Baldessari en su serie The violent space (1975-76), donde contrapone texto con fotogramas extraídos directamente de los medios de masas, el cine y la televisión sobre todo. En esta particular acción de reciclaje de mensajes generados por los medios, hemos de considerar una profunda reflexión acerca de las potencialidades de la imagen (audiovisual) como transmisora de información e ideas en nuestro mundo contemporáneo, caracterizado por la obsolescencia y la necesidad continua de producir nuevas imágenes.

            Por otra parte, en estos polípticos y/o series fotográficas, composiciones que están muy presentes en toda la exposición, y que dan a entender un gusto por parte del autor por la continuidad secuencial, obviando la obra única, en consonancia con su faceta de realizador cinematográfico (pero también, sin ser exlcuyente sino complementario, de artista plástico), encontramos igualmente imágenes de amigos del creador catalán, artistas e intelectuales con los que mantenía un estrecho contacto en aquella época. Sugerente juego combinatorio entre lo que sería una imagen exterior, pública, configurada a través de los medios de comunicación y encarnada en esas personalidades mencionadas, y los retratos de sus amigos en actitudes íntimas y relajadas, ahondando así en elementos autobiográficos, una línea discursiva que define el hilo conductor de la exposición a partir de la obsesiones y auténticas apetencias (la comida y el sexo, que en su obra no presentan en ocasiones una clara diferenciación), propias de una desbordante vitalidad/creatividad. Nociones muy unidas en su caso, y que lo vinculan con el universal Francisco de Goya, con quien el propio Bigas Luna se sintió profundamente identificado, utilizando en más de una ocasión motivos claramente goyescos en algunas de sus películas (desde las experimentales Caniche (1973) y Angustia (1987), donde sutilmente se refiere esa influencia por medio de alusiones veladas en la inclusión de cuadros o en la intepretación de grabados, hasta la manifiesta aparición como personaje en Volavérunt (1999), más que un biopic clásico sobre el pintor de Fuendetodos, un fresco del ambiente de intrigas y traiciones (en ocasiones un tanto novelesco) que poblaba la Corte española en época de Carlos IV). Todas estas relaciones son analizadas en el audiovisual antes comentado, con inserto de entrevistas a algunos de sus actores y actrices predilectos, como Jordi Mollà o Aitana Sánchez-Gijón.

            Precisamente dentro del mundo del cine, hay que destacar otras series fotográficas, como Retratos ibéricos, centradas en tomas de rodaje de algunas escenas o momentos de descanso del primero de los filmes de su “Trilogía”, con la aparición de sus protagonistas, los entonces emergentes Javier Bardem, Penélope Cruz o el propio Jordi Mollà. La composición también se despliega a base de polípticos que construyen tales momentos, y en los que podemos apreciar al mismo cineasta/fotógrafo, apostado como un cazador, en el instante de perpetrar la toma. En este sentido, los actores y el singular escenario natural de Los Monegros, en donde se rodó buena parte del metraje, quedan inmortalizados como documento de trabajo y a la vez trabajo artístico independiente y diferenciado. Con esta idea secuencial, conseguida gracias a la división en múltiples imágenes, Bigas Luna buscaba introducir la escurridiza noción del tiempo (“La fotografía me permite tocar el tiempo”, reza uno de los textos sobre las paredes de la sala) en un formato, el fotográfico, donde su estatismo inherente ha sido constantemente relativizado casi desde los primeros momentos de vida del medio.

            Sin dejar el trabajo fotográfico, hay que hablar de otro conjunto de obras donde el tratamiento técnico es más elaborado, frente a la inmediatez de las anteriores. Forman parte de la serie titulada A fior di pelle, realizada en los últimos años de vida del artista, cuya base material son negativos sobreexpuestos (a veces el aspecto cuarteado simula el efecto del quemado o brûlage), que, ampliados digitalmente, representan desnudos femeninos en una sensual mostración de los cuerpos sin llegar a ser evidente.

            A continuación, las series Erosignos, orígenes y  retazos de vida, de los años noventa, se adentra en otros procedimientos plásticos, más en concreto el dibujo o la pintura en pequeños formatos que, en ocasiones se mezclan con otros medios como el escrito, básicamente, páginas mecanografiadas de viejos guiones cinematográficos. En este punto, localizamos una vez  más esa fructífera relación/mixtura entre medios artísticos, con reminiscencias de otras culturas como la oriental (Anfang), a partir de un palpable grafismo muy cercano a la caligrafía japonesa (shodo).

            Para terminar, la serie Simbiosis creativa con la naturaleza, creada también en los últimos años de vida del artista. Se fundamenta en nuevas técnicas mixtas, ya sea sobre piezas colgadas en la pared o en instalaciones, sobre distintos soportes (planchas de hierro, lonas y otro tipo de telas, etc.), con el factor en común de haber sido sometidos todos ellos a la acción del tiempo (tanto climático como cronológico), como si éstos se erigiesen en agentes creativos junto con el mismo Bigas Luna. En los elementos colgados, de grandes dimensiones muchos de ellos, el trabajo con la materia es evidente puesto que se han aplicado tierras, piedras, pequeñas ramas, etc., que reproducen motivos sin forma aparente, entrando así en propuestas abstractas cuando no decididamente informalistas, interesadas en conseguir texturas densas y rugosas. Por otro lado, la decidida exposición al tiempo climático (pues muchas de estas obras se dejaron literalmente a la intemperie para que los diferentes meteoros incidieran en ellas), nos recuerda a prácticas del Process Art o Antiforma, en las que el azar desempeña un papel activo primordial. El cual también incide en las instalaciones constituidas por libros apilados y colocados en riguroso orden sobre palets.

            En conclusión, una muy interesante exposición sobre un artista versátil que, además de sus películas que versaron sobre un mundo muy personal, supo expresarse con otros medios, con los cuales se puede establecer un hilo coherente gracias a iconografías e intereses comunes.