Eduardo Lozano se mantiene fiel a su estilo de toque empastado y temperamental, aunque parece haber remitido la deriva expresionista que tiempo atrás le había llevado a adentrarse casi en la abstracción incluso en algunos cuadros de figuras. En ese sentido, esta exposición en la galería Olga Julián parece ser más figurativa, aunque no desde un punto de vista iconográfico, pues no hay figura alguna, ni humana ni animal, que protagonice estos inspirados cuadros de paisajes, el género pictórico al cual debe sobre todo su fama. Una vez más he disfrutado mucho en esta ocasión con sus vistas de Zaragoza, tomadas algunas de ellas desde lo alto del mirador en la torre noroeste del Pilar, muy oportunamente contrastadas con las panorámicas erizadas de rascacielos que pintó durante su estancia en Nueva York, gracias una beca de la Fundación CAI. Mi problema es que lo tengo tan asociado a los paisajes urbanos con los que se dio a conocer nada más regresar de sus estudios en Salamanca, que siempre me asombro al ver sus cuadros de bosques y montañas, en los que representa una impetuosa naturaleza. En realidad, no son ninguna novedad, pero han vuelto a causarme una grata sorpresa y creo que son exquisito contrapunto en esta pequeña pero muy selecta muestra personal, para la que ha escogido con mucho tino la imagen del cartel, pues esos icónicos picos nevados constituyen un potente reclamo navideño.


