Hace décadas que soy seguidor entusiasta de Carlos Reyero y Jesusa Vega, así que he devorado con el máximo interés sus dos libros más recientes, en los que me congratulo de verles confluir en un campo común desde sus diferentes trayectorias. Carlos es sobre todo conocido por sus publicaciones sobre las temáticas de los cuadros de Historia y monumentos públicos del más ampuloso “arte oficial”, pero tiene abundantes escritos dedicados a la iconografía divulgada en estampas, carteles publicitarios u otros medios de masas. Jesusa labró inicialmente su prestigio como experta en grabado y fotografía, para luego convertirse en una gran especialista en Goya. Uno y otra han abordado ahora un amplísimo acervo de imágenes de nuestra esfera pública decimonónica cuyos respectivos análisis políticos han marcado un punto de convergencia en las carreras de estos dos profesores de Historia del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid y en la historiografía artística española. Cada vez hay más historiadores del arte que prefieren referirse a su trabajo como estudios de cultura visual, para enfatizar la necesidad de interrelacionar las obras artísticas al amplio contexto cultural en el que se hayan generado. Jesusa Vega lo proclama hasta en el título de su libro, Pasado y Tradición: La construcción visual del imaginario español en el siglo XIX (Madrid, Ediciones Polifemo, 2016) en cuyas páginas revela frecuentes trasvases entre literatura y artes plásticas o entre las bellas artes y la cultura popular, entrecruzando distintos caminos para revisar los tópicos con los que se definió la identidad española desde el Romanticismo a la Generación del 98. Con parecidas premisas, Carlos Reyero había abordado pocos meses antes un periodo histórico algo más restringido en otro libro muy emparentado: Monarquía y Romanticismo. El hechizo de la imagen regia, 1829-1873 (Madrid, Siglo XXI Editores, 2015). Como los respectivos títulos indican, el tema estudiado no es exactamente el mismo, pues el uno se centra en las imágenes de los monarcas y la otra en las de la identidad española; aunque hay muchos puntos de intersección (antes de ser “españoles” fuimos “súbditos” de una corona, y en el siglo XIX solían ir de la mano patriotismo y monarquismo, incluso entre los constitucionalistas/liberales, que a menudo entremezclaban o confundían las alegorías de España con los retratos de la reina o regente del momento). Hay, de hecho, algunos ejemplos comunes que se interpretan en cada libro con algunas variaciones: por ejemplo, Carlos Reyero destaca la importancia dada a la ambientación religiosa (frente a un escenario civil como sería el Parlamento) en la litografía de la Jura de Isabel II como heredera en 20 de junio de 1834, mientras que a Jesusa Vega le llama la atención que esa capilla de la corte se escogiese, a pesar del mal estado del monumento, como sede de una tradición (de ahí que saliera publicada a la vez otra estampa recordando la Jura de Fernando VII en ese mismo lugar); otra imagen relacionada con aquella efeméride estudiada por ambos es la litografía sobre la decoración de la casa del Comisario General de Cruzada, en la cual Jesusa Vega analiza particularmente el cuadro encargado a Vicente López para presidir la fachada, retratando a la joven reina conducida de la mano por Isabel la Católica al templo de Minerva, mientras que Carlos Reyero observa que la estampa representó gentes de diversos rangos sociales admirando ese ornamento. Son dilucidaciones complementarias, no divergentes, como lo son también los respectivos comentarios de la célebre cromolitografía sobre Amadeo de Saboya ante los restos del general Prim, basada en un cuadro que el monarca encargó a Antonio Gisbert (no me queda claro si el rey llegó a ver al cadáver, ni donde está esa pintura ¿se la llevaría de vuelta el italiano a su país?): Reyero sospecha que esa imagen es inverosímil, pura propaganda, señalando las diferencias con su fuente antecesora, un grabado publicado en portada el 15 de enero de 1871 por La Ilustración Española y Americana, mientras que Vega informa sobre una atracción pública basada esa misma macabra escena reconstruida con figuras de cera, que durante años se expuso en Madrid e itineró por otras ciudades como Pamplona. Los museos de cera, y las barracas con otros espectáculos populares, predecesores del cine, son un argumento que ella ha desarrollado de forma particularmente pormenorizada, como continuación del relato empezado en su libro Ciencia, arte e ilusión en la España Ilustrada; del mismo modo, Reyero ha seguido en este volumen el hilo de su monografía anterior titulada Alegoría, nación y libertad – El Olimpo constitucional de 1812, para corroborar con testimonios visuales de todo tipo cómo a partir de los años treinta la alegoría cedió el testigo a la narración histórica en la imagen propagandística monárquica. Pero, por no hacer de esta reseña un puro panegírico del buen trabajo realizado por dos autores a quienes profeso gran admiración, quiero acabar señalando alguna carencia, con la esperanza de animarles a ofrecernos pronto sendas monografías donde aborden eso que he echado en falta. A Carlos le rogaría que nos enseñe también la otra cara de la moneda, pues los ataques a la monarquía se valieron asimismo de una abundante munición en imágenes, como los famosos dibujos satíricos de Los Borbones en pelota, aunque habrá muchos otros apenas conocidos. A Jesusa le sugiero que analice el casticismo “goyesco” desde la pintura de género a las corridas de toros y la zarzuela a los souvenirs turísticos, otra faceta del imaginario español que ella está capacitada mejor que nadie para estudiar a patir del propio Goya. Ambos podrían quizá haber insertado más comentarios y paralelismos con el contexto hodierno, para señalar hasta qué punto son legado del siglo XIX algunos de nuestros dilemas de actualidad política hoy día (monarquía/república, nacionalismo español/nacionalismos periféricos). Para muchos lectores, casi lo más interesante de estos dos libros no es tanto la reflexión histórico-artística de aquel periodo, sino la irónica lectura paralela que se puede hacer desde su continuidad cultural en nuestra época.