Siempre es tarea ardua atreverse con Goya, así que debió de suponer un reto muy difícil este libro que, como culminación de las celebraciones del 275 aniversario de su nacimiento, fue encargado por el Departamento de Educación Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón. Pero el éxito estaba asegurado en manos de Fico Ruiz, un reputado investigador y divulgador de temas aragoneses que abarcan muy amplio espectro cronológico y disciplinar. Como se licenció a la vez en Historia y en Historia del Arte ha sabido combinar en su monografía –dedicada a la memoria de Gonzalo Borrás–las recientes interpretaciones histórico-artísticas, basándose sobre todo en los estudios previos de Arturo Ansón, con las investigaciones que por su parte han aportado historiadores del calibre de José Luis Ona, quien ha repertoriado los años y domicilios de Goya en Zaragoza tras estudiar los archivos parroquiales. Todas esas fuentes son oportunamente citadas en el texto y en la selecta bibliografía, pero evitando la farragosa abundancia de notas y referencias propia de una publicación académica, pues este trabajo va dirigido a todos los públicos. A nuestros conciudadanos de hoy lo que les interesa es tener una idea actualizada sobre la relación de Goya con Aragón gracias a esta breve y atractiva publicación, en la que se impugnan algunos relatos pretéritos poco veraces y se resuma el estado actual de la cuestión, sin dejar de mostrar las incertidumbres que aún siguen en el aire, ni eludir una toma de postura por parte del autor. Fico Ruiz es un apasionado aragonesista, que se entusiasma con pequeños detalles como el yelmo con el que Goya representó a Aníbal vencedor, contemplando Italia desde los Alpes, coronado por un dragón que sería un guiño al símbolo del reino –d’Aragon– desde Pedro IV el Ceremonioso. Con todo, no le ciega el amor por lo nuestro cuando describe ese cuadro, que Goya no llevó a buen término –a mí me gusta más el boceto del Museo de Zaragoza– , sin duda menos apropiado que el que ganó el premio convocado por la Academia de Parma, si bien salió muy airoso en el concurso, entre otras razones gracias el ascendiente favorable que gozaban los españoles en esa corte, donde reinaba una rama de la dinastía Borbón. Eso es algo que he aprendido en este libro, cuyas páginas también aclaran la importancia del “partido aragonés”, encabezado por el Conde de Aranda en la Corte de Carlos III, así como la red de influyentes aragoneses en la corte madrileña que ayudaron a Goya en su carrera triunfal con Carlos IV e incluso cuando bajo Fernando VII su situación quedó en riesgo. Con los Decretos de Nueva Planta había desaparecido el “privilegio de extranjería” que obligaba a que los altos cargos fueran gentes del respectivo reino, así que los oriundos de la Corona de Aragón pudieron llegar a ser altos funcionarios en América e incluso ministros del Consejo de Castilla, el gabinete de gobierno de la corte borbónica. El poder en Madrid de tales autoridades y el activismo en Zaragoza de influyentes familias como los Pignatelli y Azara impulsó un florecimiento de nuestra economía y el patrocinio de grandes obras como la construcción del Canal Imperial o la basílica del Pilar u otros generosos mecenazgos, de los que también se benefició Goya, entre cuyos mejores amigos personales se contaban en la capital aragonesa dos hombres de negocios, Martín Zapater y Juan Martín de Goicoechea, quienes evitaron una posible hambruna en la ciudad cuando surgió una amenaza de falta de trigo en 1789. Para estar a la altura de las corrientes actuales, se destacan en este libro igualmente algunas damas aragonesas cuyo patronazgo ayudó a Goya, mereciendo especial consideración María Teresa Vallabriga, esposa del infante don Luis. También se resalta la protección de Francisco Bayeu, pues siempre ayudó a su cuñado Goya a conseguir trabajo, sin que la gresca con el Cabildo del Pilar por la cúpula Regina Martirum u otros desencuentros en la Academia de San Fernando o en la Real Fábrica de Tapices, pusieran en jaque su buena relación, a pesar de tener personalidades muy disonantes –incluidas sus predilecciones taurinas– y diferentes temperamentos artísticos. Incluso en esas cuestiones estéticas ofrece didácticas explicaciones esta monografía, tan elocuente por ejemplo en sus elogios del mural del Coreto del Pilar, que yo tenía hasta ahora por obra menor. Pero tanto la elucidación textual como la belleza de sus ilustraciones llegan a su cenit en mi favorita entre las aportaciones aragonesas de Goya, que es la decoración de la iglesia de Aula Dei, a la que merecidamente se dedican las páginas centrales de este libro, culminado con una reivindicación –que suscribo– de mejor trato para el Rincón de Goya de García Mercadal y el cenotafio de la tumba de Goya. Casi mi única objeción es la deslucida imagen de cubierta, un dibujo del Cuaderno Italiano cuyo mayor interés es estar culminado por la inscripción “Corazón Zaragoza”, que bien podría haberse reproducido en extracto.


