La Gallera, uno de los espacios expositivos más singulares de la Comunidad Valenciana, es un afortunado ejemplo de reutilización de antiguos edificios en desuso para nuevas actividades culturales. Inaugurado en 1890 para albergar peleas de gallos, el edificio consta de tres plantas, la primera de las cuales, de forma dodecagonal y rodeada de columnas, constituía la arena en la que los pollos se mataban literalmente a picotazos. Sobre ella se levantan otras dos plantas, desde las que el público contemplaba la refriega entre la algarabía del cruce de las apuestas y las plumas que los combatientes perdían en cada envite del rival. Una cúpula acristalada remata la construcción, inundando de luz cenital el particular ring aviar.
Perdida su función inicial, tras la prohibición de tan poco edificante espectáculo a finales del pasado siglo, el edificio se reinauguró, en 1998, como sala de exposiciones del Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana.
Desde entonces, han sido muchos los artistas que han aceptado el reto de intervenir en este sugerente espacio con resultados muy dispares. Ana Laura Aláez, Txomin Badiola, Marina Abramovich, Ricardo Cotanda o Monique Bastiaans, son algunos de los artistas que han podido comprobar la dificultad de cohabitar con la fuerte pregnancia de su actividad original y la complejidad arquitectónica de su construcción.
Una de las últimas intervenciones, sin embargo, ha sabido sacar partido de esta difícil estructura y de la verticalidad de su gran vacío interior. Entre junio y octubre de este 2013, la artista argentina afincada en Valencia, Claudia Martínez (Catamarca, 1966), ha desplegado en La Gallera su instalación Desborde, en la que volvemos a encontrar muchos de los elementos que caracterizan su trabajo plástico en torno a las labores textiles: la autoría compartida de la obra, la reivindicación de la grandeza de los pequeños gestos cotidianos, la visibilización del trabajo femenino o la acción artística como lugar de encuentro y diálogo.
La invitación a amigos, curiosos y amantes del arte a colaborar en esta instalación, configuró un entusiasta grupo de voluntarios que a lo largo del mes anterior a la inauguración se acercaron a La Gallera para dar forma a una gran nebulosa de aspecto evanescente, que acabaría flotando a lo largo de las tres plantas del edificio.
¿El material? 100.000 metros de alambre plastificado de color rojo, naranja y dorado, cortados en trozos y unidos mediante 3 millones de nudos. Los voluntarios que compartieron con Claudia la construcción de esta maraña fractal, tejieron, a la vez, miles de minutos de conversación, risas y experiencias personales. El planteamiento de la obra de Claudia invita a recuperar, por unos días, el sosiego de un tempo ya desaparecido, en el que las personas se reunían en torno a una mesa para realizar labores colectivas: ya fuera tejer, hacer pastas o realizar alguna labor del medio rural que por su similitud formal con esta obra me viene a la cabeza: esbrinar la rosa del azafrán para extraer sus preciados estambres.
Una propuesta que quiere llamar la atención sobre el déficit comunicativo provocado por las “redes sociales”, que actúan más como simulacro que como verdadera comunicación. Claudia Martínez integra en su obra el proceso colectivo necesario para su elaboración, junto con las experiencias individuales de los colaboradores. Un componente que está presente en muchas de sus obras, como la que desarrolló años atrás con un grupo de mujeres de los campamentos de refugiados del Sáhara Occidental, tejiendo el mapa de su país, en la convocatoria Artifariti. Es precisamente ese componente participativo y el de acontecimiento, presentes en las obras de Claudia, los que confieren a su trabajo el particular carácter de arte público que le identifica.
El resultado final es una enigmática crisálida roja de 9 metros de altura, suspendida del techo de La Gallera, que no llega a tocar el suelo, con una falsa apariencia de ingravidez: el conjunto pesa en realidad 140 kilos. La acertada iluminación, muy atenuada, le confiere además cierto dramatismo, reforzado por la sensación de continua expansión de sus ramificaciones, que nos invita a acercarnos y penetrar en su interior con cautela. En mi opinión, y la de muchos de los asistentes, una de las mejores ocupaciones de La Gallera en sus 15 años de funcionamiento.
La instalación viajó con posterioridad al Museo de la Universidad de Alicante, donde permaneció expuesta, adaptada al espacio de su nueva ubicación, hasta el 23 de diciembre, en el contexto del XIII Concurso Internacional de Encuentros de Arte Contemporáneo, para el que fue seleccionada.