Eugéne Delacroix (1798-1863) intentó por todos lo medios a lo largo de su vida, desvincularse por siempre de la etiqueta de “pintor romántico”, aunque nunca lo consiguió. Sería su tío, el también pintor Henri Riesener, quien le introdujo en el taller de Pierre Gurin, donde iniciaría su aprendizaje. Entrando en el año 1816 en la Escuela de Bellas Artes, por aquél entonces la pintura francesa estaba inspirada bajo la influencia del pintor de historia Jacques-Louis David (1748- 1825). La obra de juventud de Delacroix, apuntaba maneras, sus modelos anatómicos precisos, seguían manteniendo el “academicismo perenne”, sin embargo estaban notablemente más vivos que los realizados por sus contemporáneos neoclásicos. La primera vez que se presentó al Salón de Artistas, sería en el año 1822, con la obra La barca de Dante, que fue acogida con una completa frialdad por parte tanto de la crítica como del público. Volvió a presentarse una segunda vez dos años después, con un cuadro de historia, Matanza de Quíos, obra que exaltaba la lucha del pueblo griego contra los turcos, esta vez los críticos, le atacaron diciendo que “no sabía dibujar”, para describir el propio artista en sus Souvenirs manuscrits: “Supongo que a raíz de la Matanza de Quíos empecé a convertirme en objeto de antipatía y en una suerte de espantapájaros para los profesores de la Academia. Todavía me pregunto cómo he podido remontar tal corriente y salir adelante”. Impulsado por el ímpetu de la juventud, Delacroix no rebló, siguió trabajando en la soledad de su estudio. En 1827, volverá a presentarse al Salón de artistas con la obra La muerte de Sardanapalo, y con él volvió la polémica, los críticos lo tacharon de “remolino de pintura”, y es que esta obra, se convertirá en una especie de “ideal romántico”, caracterizado por el contraste entre la exaltación de la vida, y la tragedia ineludible de la propia muerte. A partir de ese momento, el artista empieza a recibir encargos oficiales de carácter histórico, aunque desde una perspectiva histórica y simbólica, la obra que le consagraría sería sin duda La libertad guiando al pueblo. Presentada en el Salón de Artistas de 1831, acogida de manera desigual, la obra se convirtió en un gran icono para la historia de Francia, realizada como obra personal, sin encargo alguno, Delacroix, transformó un hecho histórico, en una alegoría de épica repercusión. Sólo las grandes obras son recordadas con el paso de los siglos, y esta desde luego lo fue para su autor, que sería recompensado con la Legión de Honor Francesa, la obra fue adquirida por el Estado en 1832, y exhibida en el Museo de Luxemburgo, aunque devuelta a su autor en 1839, por temor a posibles cargas subversivas. Volvería a ser expuesta a petición del autor en la Exposición Universal de 1855, y pasaría definitivamente a la Colección del Louvre en 1874. Cómo anécdota, la obra aparecería reproducida en un billete de banco en 1979, y en un sello de correos del año 1982. La cuestión del formato de la obra, es quizás, el motivo por el que no figura en la muestra Delacroix (1798-1863), organizada entre CaixaForum Madrid y el Museo del Louvre, reuniendo la más completa retrospectiva realizada desde la gran exposición realizada en París, coincidiendo con el centenario de la muerte del artista, en el año 1963. Esta gran retrospectivaReúne más de 130 obras entre óleos, litografías, dibujos y acuarelas, procedentes de colecciones públicas y privadas de Europa y América. La muestra parece centrarse más en los procesos del autor, esto es, en los bocetos, estudios o dibujos llamados menores, que son aceptados como obra viva que no tienen principio o fin, convirtiendo a su autor, en un moderno que acaba de cerrar brillantemente su etapa romántica convirtiéndole en un artista maduro, como luego así veremos.
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En 1832 el Conde Charles de Mornay encarga a Delacroix una misión especial, acompañarle en su viaje por Marruecos, una experiencia trascendental para la trayectoria de Delacroix, pues cambiará su técnica y su visión de la pintura al descubrir todo un mundo de posibilidades cromáticas plasmadas sutilmente en los colores mezclándose en el cerebro de quien contempla la obra. Provocar emoción en un lienzo era uno de sus valores plásticos, más allá de las escenas que se representan. De su viaje por Oriente, su tela más famosa será Mujeres de Argel en su aposento (1834). Esta obra influyó en las generaciones siguientes de artistas, tales como Renoir, Matisse, Picasso, o Cézanne, quien afirmaría que: “las mujeres de Argel en sus habitaciones, era una especie de obra inaugural de todo lo que vendría después”. Posteriormente descubriría España, la costa andaluza, Málaga, Gibraltar, Cádiz y Sevilla. «Todo Goya palpitaba a mi alrededor», escribió a su amigo Pierret, manifestando su precoz interés por el arte de la península Ibérica. De hecho, Delacroix fue uno de los primeros en Francia en conocer los Caprichos de Goya. Posteriormente a su exhibición en CaixaForum Madrid, la muestra viajará a Barcelona, donde se podrá visitar a partir del próximo mes de febrero. En la ciudad condal, la exposición convivirá con otra amplia retrospectiva sobre Francisco de Goya a partir de los fondos que atesora el Museo del Prado. De este modo se relacionarán estas dos figuras, precursoras innegables de la modernidad, y cuya trayectoria tuvo puntos en común.
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El retrato ocupa un lugar destacada en la muestra, donde nos permite admirar espléndidas obras entre otras de Louis Auguste Schwiter, León Riesener, o los tres autorretratos del artista. Uno con chaleco, otros dos en el Louvre, y el tercero ejecutado en 1842, procedente de la Galería de los Uffizi de Florencia, imagen del perfecto dandi, elegante, culto, espiritual e igualmente apasionado, capaz de defender por encima de todo sus convicciones.
“Delacroix es a la pintura lo que Víctor Hugo representa para la literatura”. Ambos genios revolucionaron las artes y las letras de la cultura francesa del siglo XIX. El año que murió Delacroix, 1863, Manet presentaba su polémico cuadro El desayuno sobre la hierba, manifiesto de una modernidad precursora del impresionismo. El sendero recorrido por el artista francés a través de su trayectoria artística, será el mismo que recorran entre otros artistas, Van Gogh, o los ya mencionados anteriormente. La muestra sobre el artista, da una sensación al espectador, de que el final de la misma, no es más que el principio de la modernidad que el pintor eterno había intuido.
Delacroix (1798-1863)
CaixaForum Madrid
Del 19 de octubre de 2011 al 15 de enero de 2012
CaixaForum Barcelona
Del 15 de febrero al 20 de mayo de 2012




