Dicen que el dolor personal se utiliza como instrumento o fuente de la creación estética. Nada más alejado en la obra de Lina Vila, cuya mirada, interroga a sus obras, dejando abiertas heridas, obsesiones y angustias que se desbordan y toman la forma de imágenes huérfanas en pinturas, dibujos, acuarelas e instalaciones con las que Lina Vila ama su vida.
Las Salas Goya y Saura del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza, acogen la exposición titulada Lina Vila. La vida en los pliegues. En la presente exposición, comisariada por Chus Tudelilla, no existe un propósito retrospectivo, sino más bien un intento de crear algo bello a partir de una experiencia de vacío y desesperada soledad. Entre las más de cien obras elegidas desde el inicio de la trayectoria artística hasta la actualidad, se revelan las fragilidades de la vida en composiciones vulnerables, quebradas… etc., que no temen a mostrar duelos. Lina Vila mira de frente a la enfermedad, a la muerte y al dolor, y para hacerlo convierte su experiencia en imágenes. La fragilidad de lo cotidiano, la fugacidad de la juventud, del placer y de la vida misma, el memento mori cristiano, son los mimbres que componen el tópico de las Vanitas artísticas. La belleza de hoy será podredumbre mañana, nada es permanente ni seguro en el implacable discurrir del tiempo, a esa verdad, se impone la constatación del amor que le unió a las personas cuya desaparición testimonia la artista.
Las dos salas componen en sí, un relato interrelacionado. En la primera sala somos testigos de una gran vanitas, en la que cuervos, búhos, alces, cabras, ciervos, simios, perros, irrumpen e interrumpen, imponiendo con su presencia simbólica y sus múltiples significados la jerarquía de instintos y presagios. Junto a esta secuencia de estampas, deseos, sueños, dolor y silencios se asocian en una amplia secuencia de imágenes elegidas que revelan la enfermedad con imágenes de la persona enferma y de quién la cuida.
En la segunda sala nos encontramos con un jardín de flores, donde Lina Vila encontrará el refugio buscando señales en la proximidad de lo más cercano. Huertos y jardines dan testimonio de los inicios de la vida sobre el planeta y nos permite soñar con el misterio de los orígenes. Lina Vila siempre ha pintado flores. Le fascinan sus formas y colores, pero la atracción de la artista por la pintura de flores está ligada a su expresión metafórica del ciclo de la vida. En esta parte de la exposición, la autora, recurre a la pintura como instrumento de investigación y conocimiento de la historia natural, es aquí donde se descubre un homenaje tácito a mujeres artistas del siglo XVII, que Lina rescata del olvido, y que como ella, atendieron a la pintura de lo natural: Giovanna Garzoni, María Sibylla Merian o Rachel Ruysch. En esta exposición de Lina Vila, hay mucho de estas artistas pioneras; las suntuosas flores, las frutas y verduras están influidas por Giovanna Garzoni, el retrato de Rachel Ruysch toma los rasgos de Lina Vila, que va acompañado de un enorme jarrón con flores, y de un cielo atravesado por nubarrones azules, también la artista recupera el legado de la primera entomóloga empírica que viajó para observar y describir los insectos en su hábitat, María Sibylla Merian, en la última serie que cierra esta exposición: Insectos y Todos afanados como insectos procurando una compañía. Saltamontes, libélulas, hormigas, escarabajos, avispas y moscas gigantes, ocupan la secuencia de papeles de ambas series en grupo o en solitario. Los insectos que Lina Vila graba o pinta a la acuarela, aparecen ensimismados en sus relaciones, ajenos a todo; o vagabundeando y posándose erráticos en el entorno doméstico de la casa.
Podríamos resumir que esta exposición es una especie de “dolor autobiográfico”, asociado de forma sutil, casi imperceptible en algunos casos a animales y plantas con la enfermedad, la muerte y el luto por quienes la amaron y ella amó. De entre todos los insectos,lamosca, es sin duda alguna el animal que más nos afecta, siempre tan cerca del ser humano, símbolo de la putrefacción, su revoloteo recuerda el olor a la muerte. Sin embargo, como motivo pictórico tuvo un enorme éxito entre mediados del Quattocento y principios del siglo XVI, pues contribuía a designar el cuadro como pintura de artificio, y evidenciaba el dominio del artista.