En muy pocas ocasiones es factible contemplar la obra de cuatro fotógrafos pertenecientes a dos generaciones, de modo que se visiona la panorámica individual mediante cambiantes criterios artísticos. Todo es como una auténtica saga familiar, con un padre que, sin querer, impregnó vía entusiasmo a los tres hijos, en una especie de transmisión natural sin forzar la vocación de nadie. Estamos, por tanto, ante las fotografías de Ángel Duerto Oteo, que en 2009 cumplió 50 años como fotógrafo, y sus hijos Nacho, Ángel y Ricardo Duerto Riva. La exposición se inauguró en la Sala de Exposiciones del Centro Cultural del Matadero, en Huesca, el 16 de noviembre de 2009. Su título, Ángel Duerto, Ángel, Ricardo, Nacho 4D, alude a las cuatro dimensiones, una por fotógrafo, y a la inicial de Duerto. Los puntos en común, además de la muy depurada técnica, son la fotografía en color y el paisaje en el padre y sus dos hijos Nacho y Ángel, mientras que Ricardo aborda temas muy diferentes.
Veamos las fotografías expuestas. Ángel Duerto Oteo, Zaragoza, 1932, es uno de los fotógrafos más premiados de España, entre los que cabe recordar el Premio Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal, en 1987, y el Premio Nacional, en 1996. Los 18 paisajes expuestos pertenecen a la colección del artista de la última década y son representativos de su fascinante mirada fotográfica. A destacar el sentido de la composición, su exacto equilibrio, de manera que un árbol, por ejemplo, está paralelo al costado del soporte fotográfico, mientras que en otras ocasiones consiste en dos planos, tierra y cielo, que centran el conjunto de lo fotografiado. Punto y aparte es la fotografía “irreal abstracta”, cuyo eje se basa en la precisa articulación de los diferentes planos irregulares que trazan el conjunto de la obra.
Rasgo primordial es la variada acotación temática, cuya máxima inclinación consiste en primeros planos o en visiones alargadas para obtener máxima profundidad, con lo cual todo adquiere un excepcional matiz intenso desde la muy generalizada quietud, salvo la citada fotografía basada en una “irreal abstracción” móvil muy propia de un inquietante ámbito gestándose hacia destinos impredecibles. El uso de la luz es otro factor trascendente, pues la emplea con entero capricho, de modo que el paisaje, diurno o nocturno, suele tener una zona con el color más contrastado, incluyendo el formal, para alejarse de la realidad y crear un mundo propio sin pérdida de verosimilitud. Se trastoca y altera lo captado en pleno campo. Basta ver, al respecto, la poderosa presencia de la luna sobre fondo oscuro y su iluminación medio sesgada en diferentes planos o emergiendo de cualquier bosque en plena noche, ni digamos sus espectaculares ¿incendios?, auténticas abstracciones borrachas de fuerza y luz, o la niebla con misteriosas formas medio redondas emergiendo volátiles hacia donde sea. Como variante es necesario aludir a alguna fotografía realista, según acontece en el primer plano y el contraste entre flores silvestres amarillas, símbolo de vida, y ramas de un árbol seco, símbolo de muerte.
Estamos ante un transmisor de múltiples misterios y sensaciones con el paisaje como punto de partida, pues a partir de aquí todo lo inventa, quizá porque en el campo capta, vía alteración técnica, cierta dosis humana cual permanente simbiosis. La intensa belleza es ondulante y cimbrea, con magia, por el espacio acotado.
Nacho Duerto Riva, Zaragoza, 1968, presenta ocho obras sobre paisajes volcánicos de las Palmas (Canarias). Aunque en dos obras deja ver el azul del cielo como contraste, la norma es una fotografía realista mediante primeros planos o mayores distancias alejándose de forma paulatina para ofrecer un cuerpo difuminado como una especie de irrealidad. Dichos primeros planos, en ocasiones de izquierda a derecha para mostrar la dura montaña, escudriñan la roca, que se muestra, en su color volcánico y con infinito juego formal, muy apoyado por el versátil juego de luces y sombras para evidenciar un abarcador entramado. Todo con el aliciente de ese variado énfasis en planos geométricos que delimitan los alteradores espacios. La realidad máxima, aquí, se transforma en una especie de cuadros que palpitan con infinita quietud y soledad, como si la vida se hubiera escapado desde siempre.
Los paisajes de Ángel Duerto Riva, Zaragoza, 1961, corresponden a seis obras de una colección sin acabar titulada Waldszenen (Escenas boscosas), que alude a una de las obras maestras para piano de Robert Schumann. Estamos ante una visión personal del Pirineo oscense, pero aquí enfocado para posar las cuatro estaciones en su esplendor, sin olvidar el aliciente de una serie que comienza con el verano como rasgo muy significativo. Un verano, inundado de energía vital, que languidece de manera paulatina para mostrar débiles signos de vida y los colores estallantes del otoño, siempre con hojas cayendo entre pausadas ondulaciones hasta colorear un suelo transformado en cambiantes y suaves alfombras. Llega el invierno y su dureza con esa impresión agónica mediante soledades y el viento ronco por presencia, siempre alimentado por ramas tronchadas. Todo puede evocar la realidad humana en su periplo individual. La música de Robert Schumann como fondo.
Queda, de los tres hermanos, Ricardo Duerto Riva, Zaragoza, 1962, que participa con nueve fotografías pertenecientes a paisajes urbanos e interiores de los Países Bajos, Francia, Santiago de Compostela y a paisajes del campo en Cariñena (Zaragoza) y Lanaja (Huesca). Su obra, vista en conjunto, se aleja de lo fotografiado por sus hermanos, aunque se emparenta con su padre por imaginación pero enfocada hacia otros temas.
Tres obras se unifican por corresponder a interiores. Si en Taller de panderetas capta el taller con una figura masculina vista de espaldas que lee inmersa en el aparente caos, en Abuela registra la beatífica actitud de una figura femenina inmersa en su actividad cotidiana. Impecable el énfasis geométrico de la propia vivienda, tan paralelo al soporte para evitar su desequilibrio. Estudio de ordenadores, con una figura borrosa por estar detrás de una puerta con cristal, se centra en la habitación con el típico ordenador como eje. Una planta ¿trepadora? cae vertical con suavidad y rompe el espacio general, aquí vista como matiz sorprendente que repite en otras dos fotos mediante una araña o un sombrero. Araña y red es una sugerente fotografía centrada en el primer plano de una araña caminando por una valla metálica que ejerce como falsa telaraña. Este recurso se repite en la excelente obra Sombrero, mediante el sombrero en primer plano que por su posición señala cómo su hipotético propietario está contemplando un paisaje desde la carretera de tierra que, en teoría, se aleja poco a poco. Además de Semáforo y luna, con el primer plano de un semáforo, y Flecha, con una flecha gigante que señala la dirección para el tráfico y cierto énfasis de soledad, es imprescindible citar la obra basada en el negro dominante de un interior con pared, que tiene dos rectángulos en la pared rota para captar un bello paisaje. La fotografía más rotunda, junto con Sombrero, se titula Dunas. Dos obras, y las restantes, que certifican la cambiante imaginación de su autor. Estamos ante unas hipotéticas dunas en palpitante blanco y negro, puro juego de hermosas luces y sombras, que atrapan la mirada, que la absorben, cual anómalo bosque capaz de engullir. Al fondo, como remate, arena y hiervas, mientras que en el centro aquella agua se desliza quieta, dando vida, eterna.
Hermosa exposición colectiva de una familia singular, que con la fotografía muestra temas afines pero dispares. También sugiere un muy merecido y entrañable homenaje de tres hermanos al padre, tan capaz de transgredir su vida, la nuestra, mediante una fotografía liberada de ataduras.