Cuando la jardinería se convirtió en arte

En la actualidad, el jardín puede parecer como un oasis de naturaleza o de asfalto complementariamente el uno al otro, puede ser refugio de la intimidad, pero también escenario de la intensa vida social. En el siglo XIX, el jardín se convirtió en una fuente de inspiración para el arte. En 1851, llegará al poder de Francia Napoleón III, quien pondría en marcha un ambicioso plan de renovación de Paris, que incluía la mejora de la higiene, los transportes y la propia imagen pública de la belleza. El diseño de su calles, plazas y jardines, donde ofrecían toda variedad de flores, senderos para montar a caballo, jardines de flores, la creación del parque de Buttes-Chaumont, un autentico escaparate hortícola no muy desconocido para otras muchas ciudades de Europa y Estados Unidos, que también estaban reorganizando su urbanismo. Como no podía ser de otra manera, los pintores hallaron una rica fuente de inspiración en este nuevo culto a las flores, dada la categoría humilde que el bodegón tenia asignada dentro de la jerarquía pictórica, hubo de darle un mayor relieve combinándolo con elementos narrativos y de retrato, confirmando un nuevo “lenguaje de las flores”. A finales del siglo XIX, el impresionismo se fue afianzando a través de las exposiciones de Monet, Renoir, Pissarro, y otros artistas, permitiendo que los artistas extranjeros, venidos al Paris de esta nueva revolución cultural, se vieran influenciados no solo por su arte, sino por sus parques y jardines. Con el tiempo, este nuevo arte seria exportado. En 1883, la galería Gurlitt de Berlín, organizaría una pionera exposición de arte impresionista francés. Alfred Lichtwark, director de esta galería, animaría a los jóvenes artistas locales a que “adoptaran los planteamientos impresionistas franceses, como parte de un deseo de que se dejara de percibir su país como inculto y militarizado”. Un ejemplo de esta fusión será la del artista alemán Adolf Menzel, con su obra Una tarde en los jardines de las Tulleirías, obra inspirada en el cuadro de Manet titulado Música en el jardín de las Tullerías. Esta nueva identidad artística identificada con el sobre nombre de “jardines del artista” se vera reflejada en artistas en todas las partes del mundo, algunos ejemplos, como la del escandinavo Peter Severin Kroyer, con su ¡Hip, Hip, Hurra! , que representa la fiesta de unos pintores en un jardín de la colina del artista de Skagen en Dinamarca, por su parte Van Gogh, también se vería influenciado por esta orientación simbolista, ejecuto cuatro cuadros en el jardín del manicomio de Saint-Remy, aunque pintados al natural, son profundamente subjetivos, pues los rayos de centelleante luz solar que se filtra entre los árboles cubiertos de hiedra y la representación de una zona iluminada por la luz del sol, simbolizan sus crecientes esperanzas de hallar el amor y ser curado, en las cartas a su hermano, Theo, cuenta sus sin sabores “teniendo en cuenta que la vida (en el manicomio) transcurre en el jardín, tampoco es tan triste”.
   

Sorrolla. La alberca. Alcazar de Sevilla

 
  La España modernista de finales del XIX y comienzos del XX, también se beneficiaria de estos “jardines del artista”, pintores como Cecilio Pla, Darío De Regoyos, Anglada Camarrasa o el mismísimo Sorolla, este último, cultivó cuidadosamente su jardín de Madrid desde 1910, como un lugar de recreo y de retiro a medida que se iba haciendo mayor. Los tiestos de flores frescas, decorados con azulejos valencianos, muretes bajos y estatuillas, aparecen  en la obra Jardín de la casa de Sorolla, una de las ultimas obras del artista, donde aparece en primer plano la silla en la que solía sentarse, entre unas sombras de sutiles tonalidades verdes y violetas, un lugar para protegerse, paradójicamente, de la cegadora luz del sol, que tantos triunfos le ocasionó  a lo largo de su dilatada trayectoria. Jardines como el de Monet en Argenteuil, el de Renoir en la rue Cortot o el de Caillebotte en Petit-Gennevilliers, son manifestaciones directas y sutiles del deleite de la escuela de Barbizon por la naturaleza local. El “jardín del artista”, era un lugar ideal para experimentar los efectos de la luz, y la atmosfera sobre las figuras, las flores, las plantas. A su vez estos jardines, facilitaban la observación de un modelo individual, caso del cuadro que realiza Morisot de su hija Julie jugando con su caballo de madera y su cochecito entre las malvarrosas del jardín de su residencia veraniega en Bougival. La naturaleza de los “jardines del artista” fue  diseñada a imagen y semejanza del artista, constituyendo el ideal de “un rincón de la creación visto a través del temperamento de un hombre”, que ya proclamaría en 1868, el crítico y escritor, Emilio Zola, como objetivo del arte moderno.
 
 
Jardines impresionistas
Museo Thyssen-Bornemisza
Fundación Caja Madrid
16/11/10-13/02/11