El 18 de marzo se inauguró la exposición Pinturas de Javier Turrado en el Espacio Fundación Labordeta, de momento algo desconocido pero que está en el paseo de los Ruiseñores, número 39. Cuadros que son la consecuencia de una estancia en la India durante seis meses desde la Navidad de 2009, de modo que figuran veintiuna obras entre cuadros sueltos, dípticos y trípticos. Pintor nacido en Madrid el año 1964, el catálogo tipo díptico tiene prólogo de José María Benedí.
Cuadros con mayor o menor carga matérica, que se acompaña por la proliferación de planos irregulares móviles para mostrar cierto leve dinamismo y de formas geométricas, como cuadrados y rectángulos, que colaboran para atenuar dicho movimiento y ofrecer mayor variedad visual. Todo flotando entre insinuaciones espaciales de fuerte color. En dichos planos irregulares móviles reside una de las claves principales, dado que en su interior bullen otras formas que le confieren notable belleza intrigante al tener una especie de vida propia. Estamos, además, ante la permanente insinuación sensorial vía emotividad con marcada carga poética. Otra variante se da en aquellos cuadros, no demasiados, con presencia de siluetas humanas, cuya carga enigmática procede de su anonimato ante la ausencia de rasgos faciales.
En otras ocasiones, y las que nos quedan, hemos comentado sobre el pintor metido a literato, en el sentido de frases y palabras sueltas que pretenden ofrecer mayor riqueza visual y un elemento que, en teoría, enriquece el gesto pictórico por sus hipotéticas dosis poéticas. El resultado, en la mayoría de los casos, es un auténtico desastre porque nunca se acopla al discurso pictórico por excesivo protagonismo, con el agravante de que el pintor que sea demuestra un nulo sentido poético. Aquí, con Javier Turrado, ocurre lo mismo. Citamos palabras sueltas y alguna frase: Bloom (Flor), Blow (Soplar), Cows (Vacas), Walking (paseando), Where the rain shines for you (Donde la lluvia brilla para ti), Flowing souls (Fluido espiritual) o Looking for my Lorraine moor (algo así como Mirando más para mi Lorraine). A veces, como punto álgido negativo, figura Bloom (Flor) en el centro de lo que parece ser la cabeza de una silueta humana, hasta tal grado que la palabra ejerce como gran protagonista del cuadro al resaltar de manera muy destacada. En alguna obra, no obstante, lo literario se acopla bien en lo pictórico.
Lo indicado, caso de las palabras y frases, jamás anula el sólido discurso que transcurre a través del color y del cambiante énfasis formal, siempre al servicio de variados azares y sensaciones perforando, vía imaginación, cualquier pensamiento.