El Patio de la Infanta, sala de exposiciones de Ibercaja, acogió los cuadros de Ferran Gisbert Carbonell en la exhibición inaugurada el cuatro de noviembre. Su título, Encuentro con el cuadrado, define con exactitud el formato de toda la obra.
El conjunto de las obras abstractas abarcan, salvo error, entre 2007 y 2010, que si opinamos por el campo formal es un recorrido sobre su evolución pictórica en escaso tiempo. El punto de arranque se ofrece en el cuadro Descomposición de una cruz, de 2007, basado en una cruz griega que se altera para convertirse en cuatro cuadrados y dos rectángulos. La limpia textura, con mínima capa matérica para todos los cuadros, posibilita el énfasis en un tono ambiguo misterioso. Cuadrados y bandas que figuran en otros cuadros desde visiones ocultas sobre fondos ambiguos casi monocromáticos, mediante una especie de proceso lleno de lógica que culmina en Pentámero, de 2008, cuadro rojo monocolor. Tanto énfasis por lo monocolor podía caer en un rincón sin salida plástica, de ahí posteriores cuadros como Homenaje a los doce apóstoles de El Greco, dos obras de 2008 con el mismo título, basadas en etéreas bandas verticales a la base que obedecen, sin duda, a la geometría euclidiana. Bellos cuadros, por color al servicio de enigmas, que nos trasladan al ámbito de lo indescifrable. Ambos cuadros citados adquieren su punto álgido con la obra 21/01, de 2010, pues estamos ante las mismas bandas verticales a la base pero vistas con absoluta claridad, también dentro de la más pura geometría euclidiana. Obra que, quizá, anuncia un nuevo proceso con la geometría sentida desde ángulos diferentes. Afirmábamos sentida, palabra clave que define la actitud, el sentimiento, de un pintor que con su sensibilidad artística solidifica zonas profundas del pensamiento humano.


