Cuadros de Carmelo Rebullida

Siempre es un gran noticia que se inaugure una nueva galería de arte, ni digamos con la actual situación económica, bajo el nombre Demodo Gráfico. Está situada en la calle Manifestación, número 17,  en un edificio con 100 años, aunque el sótano es muy anterior. La planta calle está dedicada a dispares tecnologías y el sótano, con viejo y hermoso ladrillo en sus paredes, es la muy atractiva sala de exposiciones, que parece pequeña pero tiene muchos metros lineales. Encima, para mayor arrojo y estímulo, la sala está dirigida por el excelente pintor zaragozano Pedro Flores, miembro fundador de aquel Colectivo Radiador, motivo para que el día de la inauguración hubiera un gran ambiente con la presencia de numerosos artistas.

La exposición se titula El río de la vida, 7 de marzo al 14 de abril, y el artista es Carmelo Rebullida. Exhibición que comienza en la planta calle mediante una carpeta con numerosos dibujos y grabados abstractos con dosis expresionistas, que podemos definir como extraordinarios por ágil e integrado toque móvil, sutilidad del suave espacio, refinado sentido del color y significado abierto a toda positiva ambigüedad vía enigmas. Todo como un inquietante sentimiento del pintor, muy interiorizado, que vuelca sobre cada papel. Autenticidad y pureza.

En la sala de exposiciones tenemos un alto número de cuadros con muy variados formatos. Punto clave son las complejas texturas, más o menos gruesas, que el artista domina con impecable perfección, motivo de un dejarse llevar para sentir cierta marca de potente caricia mediante unos colores casi monocromos que arrastran dosis expresionistas abstractas a través de grandes pero cambiantes manchas, casi nubosas, con imperceptible movimiento y dosis entre dramas y enigmas latentes, que captamos muy en la línea de los dibujos y grabados, por significado, pero en los cuadros con indiscutible fuerza por sus singularidades técnicas. Como variante cabe sugerir la incorporación de planos para combinar lo expresivo con lo racional. Cuadros, los de máximo formato, para saborear desde tres metros. En lo afirmado se asienta lo que consideramos un bloque homogéneo. Quizá fallemos, seguro que no, pero produce la sensación de que en estos cuadros, como en los dibujos y grabados según indicábamos, el pintor cuenta ángulos de su vida línea directa como chorros de agua medio controlada, dicho como sincero piropo, con el dominante ámbito de  las sensaciones que articula con majeza.

Después de una conversación en la galería con Carmelo Rebullida, y a la vista de su obra, le vemos como una persona muy sincera con toques personales que exterioriza. En dichas características, tan marcadas, está la razón de otros cuadros visionados como un dejarse llevar con la absoluta convicción de que tienen la misma categoría que los comentados. No y no. Carece de lógica que como una especie de capricho, vía impulso natural, incorpore  elementos físicos de madera, incluso de metal, que destrozan el resto de la obra donde se ubica la verdadera creatividad. No se integran. Ni digamos el cuadro con círculos concéntricos, una espiral y, para remate, un par de árboles secos con aire ingenuo por su toque formal.

Estamos ante un artista zaragozano muy conocido con absoluta entidad, sincero, que lleva años de profesión sin reposo.