Desde el 2 de octubre, Torreón Fortea, tenemos la exhibición Adriana Lorente, nacida en Pamplona el año 1952, basada en óleos sobre lienzos y papeles con técnica mixta. En pocas ocasiones se lee un prólogo tan sincero y clarificador como el de Pedro Salabarri, pues ofrece las claves de la pintora. Afirma, por ejemplo, lo siguiente: Paseando por los cuadros que Adriana está preparando para esta exposición y teniendo en cuenta que, según sus palabras, no quiere hacer un homenaje a Edward Hopper, me pregunto qué persigue al pintarlos dejándose influenciar claramente por la estética del pintor norteamericano y buscando algunas imágenes para sus cuadros en las calles de la ciudad que él pintó en tantas ocasiones. También sugiere que viajó a Nueva York para llenarse de lugares que recordasen a los cuadros de Hopper. Y Sigue: Este aspecto decadente no lo ha pintado Adriana solo de Nueva York, ha encontrado la misma atmósfera en Hamburgo, Bilbao o Cádiz, lo que deja claro que todos esos paisajes estaban ya en su imaginación y solo tuvo que ir a buscarlos.
El caso es que tenemos títulos de cuadros como Pequeña superviviente, de 2011, con el primer plano de dos humildes edificios, Domingo, de 2011, mediante el primer plano de un edificio y su primera planta dentro de su radical soledad, Calle de N. Y. con lluvia, de 2011, otro primer plano de dos edificios y su primera planta con parte de la segunda, Laundry, de 2012, tres pequeñas casas y una que es la típica lavandería, Lunes al sol, de 2014, mediante un solitario árbol y una figura femenina asomada al balcón vestida para estar en casa, El sombrero de Leonard Cohen, de 2014, con una solitaria figura masculina sentada en el metro y ataviada con sombrero de ala ancha, 501, de 2015, con varios edificios y uno que es el número 501, Entre la 5ª y la 6ª, de 2015, que alude a las calles para mostrar el primer plano de varias tiendas, y Fish, de 2015, el típico remolque para vender salchichas, hamburguesas y patatas fritas. Como variante tenemos las obras sobre papel con títulos como Sillón rojo, de 2015, el interior de un salón, Banyán, de 2015, al parecer el rincón de una terraza, y Un cuadro azul, de 2015, con otro interior de un salón.
En el conjunto de lo pintado, incluyendo los papeles, lo más destacado y atractivo es el apagado color, el reflejo de zonas modestas, la quietud radical y esa infinita soledad como si el espacio urbano se hubiera vaciado de habitantes huyendo de un terrible peligro. Y, en efecto, está presente Edward Hopper, 1882-1967, su aroma vía soledad, color apagado y primeros planos de edificios, pero ni de lejos tenemos los paisajes, las panorámicas de una ciudad, los faros, la radical presencia de los desnudos femeninos en una habitación y de otros personajes, como el típico matrimonio, o los interiores de sus cafeterías con su variado ambiente.
La exposición de Adriana Lorente, por zanjar el asunto, es buena, atractiva y muy bien pintada, pero sería recomendable que se olvidara de Edward Hopper para centrarse en lo que sea pero suyo, pues como siga así nos da un repaso con la personalidad de otros pintores y su interpretación. ¡Hay tantos!