En la Sala CAI Luzán, 2 de octubre al 8 de noviembre, expusieron los pintores Cristina Huarte y Alejandro Monge, nacidos en Zaragoza el año 1988, como doble punto de unión y símbolo de una generación aquí representada por ambos artistas. En Huarte es su primera individual y en Monge la segunda, ambos con obras de 2012 y 2013, lo cual significa una buena apuesta de quien decidió la doble exposición en espacio tan emblemático. En el catálogo suculento prólogo del pintor Vicente Villarrocha, siempre personal con dosis irónicas e impecables citas fiando a la memoria, lo ha hecho siempre, pero nunca sin olvidar, con máximo respeto, que está escribiendo sobre dos pintores.
La obra de Cristina Huarte consta de cuadros abstractos y dibujos figurativos, muy diferentes entre sí pero con fuerte dosis expresiva como punto en común. Algunos títulos de los cuadros, en el propio catálogo, ofrecen una idea sobre la impulsiva ruta: Elán vital, Impulso evolutivo, Trayectoria inmóvil del yo o La duración es absoluto. Los dispares colores con ocres dominantes y negros derrochando presencia, sin obviar toques rojizos, contribuyen de forma decisiva al impactante resultado, en el ámbito de un expresionismo vital, hondo, que aromatiza dispares planos irregulares más que conectados entre sí, como una mezcla del nacer y de lo por nacer. En el cuadro Impulso evolutivo, buen ejemplo, combina la impactante presencia expresiva del plano en la base con una forma rectangular símbolo de la naciente racionalidad hacia un futuro dispuesto a emerger contra quien sea.
Sobre los dibujos, sin embargo, planean dispares rostros, uno o más por obra, de carácter expresivo forzando su posición, no siempre, para enfatizar en dispares situaciones vía sentimiento con dosis dramáticas o actitudes pensativas. Rostros acompañados por una fascinante atmósfera mediante el impecable juego de luces y sombras, que se regulan y atemperan a través de bandas geométricas.
Tres días antes de inaugurar estuvimos en el estudio de Alejandro Monge para una entrevista que acompañara y enriqueciera la posterior crítica. Pero no esperábamos lo siguiente: mi promesa de que no escribiría nada al centrarse nuestra conversación fuera de la obra a exponer. Ahí estamos: mudo, pero a nadie. Sólo podemos sugerir, desde la lejanía de nuestro cerebro, que en el próximo futuro habrá positivas sorpresas.
Los óleos sobre lienzo, dentro de una perfección técnica absoluta propia del fotorrealismo, se centran en un mismo rostro masculino que desbroza entre inquietantes resultados, pues basta trasladarlo a realidades humanas para captar los cambiantes planteamientos que aluden a todos. Basta con títulos como Generación del 88, Naturaleza imperfecta o Enfrentados. Rostro de un hombre con pelo rubio, ojos entre verdes y azules y perfecta armonía facial. Aquí se acaba toda feliz contemplación. Sobre un fondo negro y un cambiante juego de miradas, clave en cada obra, pinta el mismo rostro en diversas actitudes, de manera que se contemplan dispares pensamientos con el formidable juego de luces y sombras para potenciar cada sentimiento, cada interrogante. Vía contraste el doble cuadro titulado Enfrentados, porque, en efecto, el mismo rostro se enfrenta a su copia de perfil, como si una amenaza mutua perfilara el ineludible caos final.
Queda lo que entendemos por esculturas dado que está presente el volumen. Tal como vimos en la zaragozana galería Carlos Gil de la Parra, exposición año 2012, también expone en la CAI Luzán fajos de billetes de 20 euros que pinta y quema en parte y una escultura con el mismo tema pero fajos de 50 euros, que no figura en el catálogo porque la acabó un día antes de la inauguración. Escultura de gran formato tipo casi un cubo con estructura de madera y un peso de unos 180 kilos. El asunto está más o menos claro en vínculo con la importancia del dinero y el uso que se le dé.