Corpus Incognitus

En posiciones orbitales, entre equinoccio y solsticio, aptas para soñar, venciendo los días extremos de esta ciudad, capaz de hacer volar la temperatura de la noche gélida al mediodía pre-estivo, escribo bajo la sombra de mi acacia preferida.

Tras meses de sequía estética, el fatum me ha regalado lo que a viajeros del desierto les habría parecido un espejismo: la exposición “Scientia pictoris” del gran Dino Valls.

En este conciliábulo cíclico, locus amoenus de ediciones limitadas, intuyo que las coincidencias no existen. Véase el caso, pues así conocí la obra de este pintor: hace años, en la Italia del 2005, me impresionó ver en una exposición el cuadro “Caerulea”. Esa fue la mágica epifanía que me llevó, ineludiblemente, al hallazgo de la magna y misteriosa cultura que transmitían los lienzos y tablas de un pintor llamado Dino Valls. En el reverso de aquel primer impacto, descubrí su trayectoria, su incipit, incluso su lugar de nacimiento, Zaragoza.

Síganme, por favor, en esta casual itinerancia. Cuadros iban y venían, coleccionistas internacionales quedaban fascinados al poseer las delicadas presas de su pintura, añorantes soñadores de un arte que parecía perdido. Me dijeron, entonces, que el pintor residía en Madrid. Sin embargo, yo sólo conseguía ver sus cuadros “altrove”, en otros lugares. Bien, esta vez los ángeles que acompañan al Circius nos han reunido en esta ciudad, donde él nació.

En vibrantes días los espacios del Paraninfo abrazan las obras de aquel joven que, precisamente en algunas salas de este edificio, antigua Universidad de Medicina, cursó sus estudios; hablábamos de coincidencias, ¿verdad? El Dr. Dino Valls nunca ejerció como médico, pues se metamorfoseó en pintor de conciencia prometeica.

Su apasionada actitud y aptitud para el dibujo capturó en ciernes las semillas flotantes que pronto se convertirían en su particular sello-sigillum.

Aquí he conocido en persona a aquel maestro de arte pictórica que me fascinó con “Caerulea”, el cuadro que Vittorio Sgarbi eligió para cerrar una exquisita y tremenda exposición en la Palazzina di Caccia Stupinigi (2005), en Turín: “Il Male. Esercizi di Pittura Crudele”.  Esta obra de Dino Valls, una dualidad azul, era la única pieza contemporánea de ese viaje que analizaba el concepto del Mal, como traza fisiognómica, donde se conjuraban los siglos, siete, complaciendo los paladares artísticos más variados, entre un Beato Angelico, o un Caravaggio, Antonello da Messina, Bellini, Ribera, Bacon, Balthus, Ferroni…; imaginen el vértigo de ese propósito en la muestra, casi lección de historia, un poco de todo desde el Medioevo.

No me admitiré la banalidad de comparar la obra de Valls con otros autores de temática “figurativa” que he tenido la ocasión de conocer en los últimos años; tiempos estos en los que cualquier remembranza de elementos y detalles de minuciosidad gótico-flamenca, o bellezas eternas de Renacimiento italiano, podrían ser anatema, y provocar pasmos y espasmos en los corrillos de recientes camadas de comisarios-curadores de pro, que aglutinan y etiquetan sin piedad. Sin embargo, podría afirmar que Valls persigue “encarnar” el inconsciente, eso sí, y lo hace ofreciendo la imagen pintada de arquetipos.

A este propósito, permitan que felicite a la comisaria de esta muestra, Sabina Lasala, cuyo proyecto de hacer confluir en esta sede de Caesar Augusta las 74 obras expuestas, ha sido largo y esforzado, pues no es fácil que tantos coleccionistas concedan prestar sus posesiones. Me dicen que hace veinte años que Dino Valls no exponía en su ciudad (véase retrospectiva en el Palacio de Sástago-2001). Tempus fugit.

Gracias al loable trabajo del Vicerrectorado de Cultura y Proyección Social de la Universidad de Zaragoza, regreso sobre mis pasos en este periplo pictórico que desde hace años admiro.

Ha llegado la ocasión de poder nadar y sumergirme en este océano de lo irracional e inconsciente, donde fluctúan en diferentes profundidades los símbolos esotéricos, arcanos, las doce fases del proceso alquímico, iconostasios e iconodulias, retos psíquicos, palabras que redoblan su concepto al ser pronunciadas y pintadas a tempo de adagio, y adquieren no sólo la multiplicidad óptica, sino una auténtica resonancia en nuestro cerebro, fatalmente inmémores de la herencia filogenética que arde en cuanto observamos el aparente hieratismo de un corpus incognitus , inconcebiblemente paciente y pasivo que, sólo a través de su inolvidable y atronador silencio nos hará atravesar el espejo mágico en el que nuestro más recóndito pathos se proyecta.

Sí, es como un juego inquietante. Tal vez consigamos ver lo que somos, o lo que fuimos y seremos. Pero recuerden, Dino Valls es un pintor culto, de peculiar erudición y misticismo. El cuadro no es lo que parece o aparece, ni termina en la superficie del lienzo o la tabla. No se da nada por sentado; más bien es una puerta semiabierta, de apariencia luminosa –esa luz de la piel desnuda–, que nos adentra, paradójicamente, en la oscuridad primigenia de la imaginación inconsciente, del animo colectivo. Con profunda serenidad hace visible lo invisible, hoy, ayer, mañana, porque en realidad todo lo humano nos concierne desde hace miles de años, es nuestra referencia ontogenética.  Por eso nos perturba.

Personalmente, desde el principio, ya en los títulos de las obrasencontré uno de mis reflejos naturales de los laberintos etimológicos en sus cuadros-espejo. Siempre me fascinó, en diversos idiomas, seguir cual Teseo eternamente perdido, ese hilo epifánico de las palabras que usamos, cotidianamente, y que custodian ramificaciones y florituras de arcaicas semillas semiocultas en la flotante cavidad lingüística del cerebro, presumiendo de sofisticada evolución ad latere de la cueva de imágenes que vamos heredando.

Admito que elegiría un cuadro de Dino Valls para mi cámara de las maravillas. Y estoy segura de que alguno de mis antepasados habría adquirido para sus gabinetes un tríptico móvil, absolutamente fascinante,  cuyo mecanismo el autor tuvo la gentileza de mostrarnos, como si de un maravilloso escriño se tratara, con sus cajones secretos, aperturas mágicas, superficies ocultas por mecanismos manuales que deslumbran por la riqueza de contenidos simbólicos, hasta ese “oudjat” ausente (ojo de Horus), o los cuatro frasquitos de pigmentos (carminio, terra di Siena bruciata, bianco, nero avorio) con los que, a base de veladuras exquisitas, consigue lux et umbra –luces y sutilísimas sombras– y ramificaciones venales de la piel y la voz callada de los silentes cuerpos. Déjense conquistar, su título es “Personae”.

En las salas todo ese ambiente de cuerpos gira a nuestro alrededor como un vórtice, causando una inquietante curiosidad poliédrica; las manos de personas invisibles parecen señalar la transfiguración, un cierto dolor metafísico, donde toda intensidad se vislumbra en la mirada que casi nos hace olvidar las bambalinas, de bellísima riqueza conceptual y cromática, binomio psyche-cuerpo, ambigüedades donde los espectadores proyectan, especularmente, todo y cualquier contenido. Cada cuadro es un hortus conclusus  y la representación del inconsciente encerrado, cloisonné, en la figuración unida a la esencia clamante del alma, reflejada en meticulosa pintura que muestra el conocimiento de Valls de las disciplinas anatómicas estudiadas en juventud.

Todo trasciende lo físico. Aunque parezca paradoja visual. Ahí es donde empezamos a flotar en el mar desconocido, navegantes del sistema límbico, que se solapan con espejos interiores, imágenes psíquicas. Todo lo que contemplamos es ya catexis, exploración del interior, el animus junguiano.

Aquel licenciado en medicina y cirugía en Zaragoza, en los caminos que se bifurcan en la juventud, eligió su evolución vital en la pintura,  pues siempre naturaleza humana era la transformación obvia, su opus nigrum.

Esos cuerpos que pinta son huéspedes, anfitriones de toda la carga anímica universal. El aparente hieratismo esconde aguas profundas. Esas pieles transparentes son como pergaminos donde transmuta y transfiere una cartografía del Tiempo sin tiempo. Cuerpos como un país con su lenguaje, mirada metafísica refugio de mitos,  dolor, silencio, estupor; sin tiempo, sin edad, sin sexo: el arquetipo, que se alimenta de cada uno de nuestros límites, visibles u obscuros.

Acaso podría decir que sus obras se han convertido en alter ego? Sólo constato que Dino Valls ha identificado su “estilo” o su concepto, el que le diferencia y le hace único, hacia sí mismo y frente a los demás.

¿Predestinación? Fueron las Moiras que le eligieron; tal vez Cloto, con la luminosidad de una incierta y engañosa juventud, que con semblante imperturbable, hizo escribir a Virgilio “Sic volvere Parcas”.

A modo de explicit , o incluso apódosis emocional, permitan que navegue, libre ya, en la luz metamorfoseada de esta exposición que nos hace eternos, y vaya rompiendo los sellos lacrados que fijan la trama del  velo antiquísimo que nos envuelve, y nos recuerda lo que somos, ese horaciano “pulvis et umbra”.

Nos vamos alejando de esas figuras falsamente silenciosas… Reflejos…miradas proféticas… imposibles espejos en los que ni siquiera nos vemos, incapaces de reconocernos.  A qué huelen los cuadros de DinoValls?   Y por qué siento ese regusto ferruginoso escondido en el fino y preciso corte de la piel herida? Pulcras constelaciones, grillos góticos que se manifiestan en protuberancias escondidas de los cuerpos mágicos, para provocar el instinto de los cautos visitantes, que dudan si acercarse al lienzo o alejarse para no pensar.  No hay viento en la sala. Todo es restañante, es interior. Sólo percibo el parpadeo fugaz e irreal de esos ojos cerúleos. Percibo una laguna Estigia esperando solapada entre la piel pintada y la nuestra palpitante, el latido oscuro de la sangre.

¿De qué color es la niebla insomne de Dino, este profeta de pasados? Sí, tal vez un color estigio…

La luna lenta avanza con el oriente tornadizo de una perla de agua…

Errante en los siglos. El yo sumergido en un naufragio de silencio.

La fuga  de los espejos de un mar profundo, pintado en las lejanías por el pincel del viento, con la música líquida de esta ciudad que perdió el océano de sus recuerdos, en el tiempo suspendido de un espacio intacto.

Caesar Augusta, la cámara de las maravillas de mi destino.