Concha Jerez, Que nos roban la memoria.

El filósofo Theodor W. Adorno decía que el verdadero imperativo moral es el de la memoria: tomar conciencia crítica del pasado y sobre todo conceder justicia a sus víctimas. 

 

Que nos roban la memoria es una exposición comisariada por João Fernandes, en el marco del programa Revuelta feminista en el museo, que se ha desarrollado en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía desde la primavera de 2020 y en donde se han enmarcado otras exposiciones pasadas, como Musas Insumisas.

 

Concha Jerez, nacida en Las Palmas de Gran Canaria en 1941, es una artista muy prolífica que ha sido galardonada con varios premios de gran relevancia, como el Premio Velázquez de Artes Plásticas en 2017 o la medalla de oro del Gobierno de Canarias en 2018. Artista que siempre ha manifestado un gran interés por el ejercicio dicotómico entre mirada interior versus mirada exterior que le han aportado un análisis esencial en la elaboración de sus proyectos. En esta exposición se retrotrae a las obras realizadas desde 1974, por ser esta la fecha en la que comienzó a trabajar con arte conceptual. Sin duda, una trayectoria vital longeva que le permite proyectar una mirada global de los hechos a través de la narración discursiva de diferentes lineas temáticas como la mujer, la inmigración, el silencio o la censura, sea externa o propiciada desde uno mismo, la autocensura, un concepto recurrente en la muestra y que es punto de partida de reflexión autocrítica sobre nuestros posicionamientos respecto a nuestra propia realidad. 

 

Se trata de un proyecto expositivo muy ambicioso que dialoga con muchos y variados espacios del museo. Algunos de ellos inusuales como espacios expositivos, lugares de tránsito, como las cuatro escaleras que se sitúan en el antiguo hospital que conforma hoy el edificio Sabatini, o los pasillos de la planta tercera o la sala de protocolo. Se trata de la manifestación fehaciente de la memoria de un lugar que ha sido escenario múltiple, donde ha habido enfermos, ciudadanos y ahora artistas y profesionales del ámbito de los museos. En definitiva, es un escenario donde el devenir y el acontecer que ocurrió allí, así como el que hoy toma voz en forma de arte, queda enmarcado en forma de obra gráfica o de instalación, un ámbito espacial que no es inocuo al espectador, sino que le impregna totalmente, generando de un modo ineludible la activación de la memoria, el rechazo al olvido. 

 

Concha Jerez toma los muros del MNCARS como soporte de una escenografía, dialéctica en su conjunto, como un gran contenedor de memoria. Los ámbitos elegidos para el discurso expositivo son espacios muy atractivos, porque definen el deambular y tránsito de diversos tiempos de esa memoria, que de un modo estratigráfico, dan valor al lugar, cargado de connotaciones y de mensaje, muros donde se cuelgan marcos y cuadros que han sido testigos del antiguo Hospital de Beneficiencia que es hoy Museo. 

 

En las diferentes salas se mezclan proyecciones audiovisuales, instalaciones y escenografías que emanan un gran significado conceptual. Los objetos de uso cotidiano, como las escaleras, una cacerola, un hornillo, una cuchara o los pupitres, forman parte de escenarios donde su colocación e intervención por la artista adquieren un carácter semántico más allá de lo visual, se trata de escuchar con la mirada, y estar atento a lo que las obras nos cuentan. Temas diversos que se entrelazan, la propia voz de la artista autocensurada, con una escritura ilegible en la pared, autógrafa y borrosa, o la censura escrita sobre noticias de periódico fotografiadas y que la mera visibilidad de las mismas en diferentes soportes, dan luz a lo que subyace bajo el tachón de tinta, memoria olvidada también oralizada en forma de altavoces que nos invaden con narraciones biográficas, historias nunca contadas, todo ello construye esa memoria y esa voz que en muchas ocasiones fue silenciada.

 

A nivel artístico, Concha recupera en esta exposición muchos de sus trabajos anteriores, desarrollados durante décadas, haciendo honor a su background personal y realizando una visión transversal de esa  memoria colectiva. De hecho, la exposición es un constante diálogo entre el espectador, la artista y nuestra memoria, una memoria que permanece en la conciencia de quien vivió la Guerra Civil, o los medios en los que se transmitieron aquellas noticias, contadas o censuradas, voces que habiendo sido acalladas en el pasado, hoy, en el ámbito del museo, toman la voz. En sus obras asistimos a obsesivos “seguimientos de noticias”, meditaciones sobre la desarticulación de un partido político, testimonios de las utopías, visualizaciones de los límites en los que habitamos o recorridos por paisajes de conflictos y exclusiones. La artista tiene plena conciencia de que la memoria es fundamental para reactivar la crítica en un tiempo desquiciado y, sobre todo, nos recuerda, en su intervención contra el olvido, que debemos evitar que la historia se repita meramente como farsa. 

 

Que nos roban la memoria va directa a las conciencias, no sólo al oído o a la vista, sino que trasciende más allá. Dispara a la somnolencia de quién no quiere ver y sirve de acicate para el olvido, para que no ocurra lo que nunca debió ocurrir, y para que todos despertemos. 

La magnífica sala de protocolo del museo, (situada en la planta baja y que normalmente permanece cerrada al público), está cubierta con una piel de armarios de madera, como si de un lugar doméstico se tratara, pero a la vez es la sala que encierra una belleza inédita, como si esa piel cálida pudiera contarnos historias, se trata de la sala donde se supone estaría la lavandería del hospital en antaño, lugar donde se nos muestra una recopilación a modo de álbum biográfico, del archivo de la artista, proyectos, objetos artísticos, libros de artista, bocetos, cuadernos, todo ello mostrado de un modo muy poético, dialogando entre ellos y configurando una tejido testimonial que configura toda una vida.

 

Como antecedentes a esta exposición podemos citar la exposición Expanded radio realizada en co-autoría con José Iges en el Museum Weserburg de Bremen en 2012-13, obra centrada en la creación radiofónica y sus extensiones en Instalaciones, performances, conciertos y piezas desde 1990 al 2012. Quiero citar como evento preliminar importante, la exposición individual que realizó Concha Jerez en el MUSAC (León) entre julio de 2014 y enero de 2015, cuyo título fue Concha Jerez, Interferencias en los medios. En esta exposición revisaba un tema importante en su obra, que era el que daba título a dicha exposición, obras creadas entre 1975 a 2015. Fue ya hace tres años, y como continuación del proceso artístico en el que se enmarca la presente exposición que nos ocupa, cuando realizó una exposición en el CAAM de Las Palmas de Gran Canaria con el título Concha Jerez. Interferencias, donde ya se recopilaban obras de este intervalo cronológico comprendido entre 1974 y 2017. El tema predominante en esa ocasión fueron las interferencias como rupturas en el espacio y en los discursos, por ende.

 

Por ello, se puede considerar esta exposición que se desarrolla en el MNCARS: Que nos roban la memoria, como un resultado lógico y coherente en su trayectoria de reflexión y síntesis de etapas anteriores, pudiendo extraer analíticamente de todas ellas unos temas comunes que son recurrentes y persistentes: la idea de ambigüedad, la cotidianidad, los límites, la medición, el concepto del tiempo y el silencio, y en otro orden de cosas, más enfocado a lo social, la utopía, la política, la emigración, la vigilancia electrónica y por supuesto, la memoria. 

Tal y como afirmaba Theodor W. Adorno, la dimensión histórica de las cosas no es más que la expresión de los sufrimientos del pasado, y en esta exposición el sufrimiento y el silencio se convierten en memoria, la de todos, reconstruida y exaltada.