CISNES. Cien años de danza clásica en Zaragoza

Zaragoza ha sido la cuna de la danza clásica en España. Desde aquí volaron grandes estrellas que, generación tras generación, han ido engrosando la larga lista de bailarines aragoneses en la diáspora. Esta Escuela de Zaragoza tiene su origen en la figura de María de Ávila. Sin embargo, la ciudadanía no tenía plena consciencia de ello. Por tanto, la exposición Cisnes. Cien años de danza clásica en Zaragoza era más que necesaria para que su intensa, pero silenciosa, labor no sea olvidada. Su comisaria, la periodista y escritora Ana Rioja, ha recuperado su extenso legado para acercarlo al gran público. Esta idea surgió durante la pandemia. La historiadora del arte y museógrafa Beatriz Lucea se percató de que el nacimiento de la maestra iba a pasar desapercibido y se dispuso a remediarlo. El resultado ha sido esta ambiciosa muestra en la primera planta del Centro de Historias, que incluye un amplio abanico de fotografías, figurines, elementos escenográficos, trajes, programas, carteles, así como objetos personales distribuidos en cinco grandes bloques.

Las palabras de admiración de María de Ávila hacia su ciudad adoptiva sirven de entrada a la exposición. La maestra supo canalizar mejor que nadie la rasmia de los aragoneses al inculcarles disciplina y pasión por la danza. Este coraje, tesón y valentía está presente en cada uno de los ciento cincuenta bailarines aquí representados. Una vez que el espectador ha contemplado su trayectoria como primera bailarina del Gran Teatro del Liceo, los diversos recitales que protagonizó junto a Joan Magrinyà, además de sus numerosos galardones, el discurso expositivo se centra en su labor docente. Desde que fundó su Estudio de Danza en 1954, Zaragoza se ha convertido en un hervidero constante de jóvenes bailarines procedentes de toda la geografía española. En este espacio, también se pone en valor el trabajo realizado por su hija Lola de Ávila tanto al frente de este centro como en San Francisco, lo que posibilitó un importante puente transatlántico que ha nutrido las filas de las compañías estadounidenses.

A continuación, nos adentramos en el extenso tejido educativo de la ciudad. La muestra ahonda en el papel que ha ejercido el Conservatorio Municipal Profesional de Danza en el terreno de la docencia reglada con abundantes imágenes tanto de sus profesores como de sus alumnos. Las academias de Emilia Baylo, Carmen de la Figuera, ESARC, Coppelia Danza, Arantxa Argüelles, Antonio Almenara o Carmen Aldana también están representadas en una sala, que evoca el intenso trabajo que se realiza en el aula. La inclusión de una barra de ballet, unida a la fotografía de un pie esculpido por la zapatilla de punta, sugiere el esfuerzo y la férrea disciplina que se esconde tras la imagen etérea de todos estos cisnes zaragozanos.

El espacio dedicado al Ballet de Zaragoza nos deja un sabor agridulce, no por la falta de contenidos sino por los tristes recuerdos que nos hace rememorar. Su desaparición en 2005 fue un auténtico despropósito cultural que dejó huérfana a la ciudad. Con gran acierto, se ha incluido también a su antecesor, el Ballet Clásico de Zaragoza, así como al Joven Ballet María de Ávila y su etapa al frente del Ballet Nacional de España. Este juego de espejos nos permite visualizar la oportunidad que ha perdido Aragón de convertir al ballet en su seña de identidad. Pese a ello, podemos seguir disfrutando del copioso vestuario de sus producciones —reflejado en el desfile que se celebró en el marco del ciclo de actividades paralelas, coordinadas en colaboración con Inés Turmo—. No cabe duda que el traje del prestidigitador chino, que diseñó Picasso para el ballet Parade, es uno de los más destacados.

Un maestro no es nadie sin sus alumnos. María de Ávila lo sabía muy bien. Se cercioró de que sus pupilos la superasen, lo que supuso un punto de inflexión para la historia de la danza en España. La sala dedicada a sus discípulos es realmente abrumadora. En ese instante, uno llega a comprender la magnitud de su legado. El espectador puede visualizar fotografías, trajes y zapatillas de Ana Laguna, Arantxa Argüelles, Trinidad Sevillano, Gonzalo García Portero o Víctor Ullate, entre otros. Este último tiene un especial protagonismo en este espacio. Aparte de su notable carrera con Maurice Béjart y la compañía que ha dirigido hasta su reciente disolución, su labor pedagógica ha superado incluso a la de su maestra, convirtiéndose en el artífice de la generación con más éxito del ballet español —con Tamara Rojo al frente—.

Esta encomiable exposición abre tres líneas para la reflexión. Por un lado, culmina este recorrido por la historia del ballet en Zaragoza con los herederos de toda esta tradición coreográfica: las producciones neoclásicas de LaMov, la difusión que realiza el Centro de Danza, las propuestas contemporáneas del Festival Internacional Trayectos y la renovación de la jota por parte de Miguel Ángel Berna —propietario de las icónicas castañuelas metálicas de Vicente Escudero, que se exhiben aquí—. Desafortunadamente, todo este ingente trabajo de documentación no va a quedar reflejado en un catálogo. También hace hincapié en la pujante investigación en danza y rememora los estudios pioneros del profesor Enrique Gastón. Y en tercer lugar, remarca las sinergias que se han establecido entre la danza y las artes plásticas a través de los diseños de Antonio Saura, José Luis Cano y Pepe Cerdá. Esta concepción wagneriana de obra de arte total hizo que el catedrático e historiador del arte Federico Torralba llegase a considerar a la danza cómo la forma artística más relevante de la primera mitad del siglo XX. En definitiva, cómo reflejan las palabras de la propia María de Ávila al final del recorrido expositivo: “la danza es la más completa de las artes porque aúna sobre un escenario a todas ellas: la literatura, la música, las artes plásticas, los más bellos movimientos, la expresión y el color”.