En el transcurso de una casi centenaria existencia, Marc Chagall (Vitebsk, Rusia 1887- Saint-Paul de Vence, Francia 1985), vivió todo un siglo XX, lleno de diversas corrientes: el fauvismo, el cubismo, el expresionismo, el neoprimitivismo. Chagall, no se apuntó a ninguna de esas tendencias, sino que se fue moviendo entre distintos estilos, llevándole a crear una base propia en la que confluía arte y persona. Considerado por sus contemporáneos como un “enigma constante”, o el “poeta con alas de pintor”, como dijo Henry Millar. Su obra es única, singular y generosa, así se podría considerar en líneas generales. Alejado siempre en su torre de marfil, el artista declinará someterse a ningún movimiento, a ningún dictado, cuando el grupo formado por los artistas André Bretón, Max Ernst y Paul Éluard, le pidan que les acompañe en el camino. Metáforas de colores y formas, pueblan por completo los grandes óleos que realizó el artista. gatos con cabeza de hombre, vacas de las que maman niños, edificios que se tambalean sujetándose a un universos en continuo movimiento, todo esto y mucho más es lo que se va a encontrar el visitante que se atreva a hallar un diálogo de la pintura de una centuria pasada, a las respuestas de hoy.
El Museo Thyssen-Bornemisza, en colaboración con la Fundación Caja Madrid, acogen la primera retrospectiva que se realiza al artista ruso en nuestro país, hasta 150 obras, procedentes de algunos de los principales museos del mundo, ofrecen las creaciones de uno de los artistas más originales del siglo XX.
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La muestra acompaña al visitante por el gran viaje artístico del maestro, de Vitebsk a París y de Nueva York a Saint- Paul de Vence. La primera parte de ese gran viaje comienza con el descubrimiento de la vanguardia parisiense, Chagall, se instala en su estudio de La Ruche, quedando deslumbrado por lo que allí descubre, museos, el ambiente artístico. París es el centro de la novedad artística en Europa. En medio de todo eso, Chagall no olvida lo que es, la complejidad de sus obras, en grandes lienzos, no sintoniza con lo que se hace en esos años. Pinta temas que son verdaderas odas a su país de origen Dedicado a mi prometida, la habitación amarilla, la boda o el vendedor de ganado, serán obras realizadas entre 1911-1912. En 1914 regresará a Rusia, para ver a la que será su esposa, Bella, pero no podrá volver a París, como era su deseo, porque acaba de estallar la Primera Guerra Mundial, es entonces cuando regresa a Vitebsk, provincia somnolienta y grisácea, allí funda, con la ayuda de su amigo Lunacharski, una escuela de arte cuyos alumnos conocerán de primera mano la modernidad artística que se está realizando en Europa. Será entonces cuando realice una de las obras cumbres de su producción, la decoración del Teatro de Arte Judío. Al poco tiempo, abandonará su madre patria, comprendiendo que su obra estará amenazada por la censura. Pasará un año en Berlín, antes de instalarse definitivamente en París. La segunda parte, ubicada en la Sala de Alhajas de la Fundación Caja Madrid, comienza con el regreso de Chagall a Europa, desplegando una asombrosa versatilidad, a juzgar por el profundo conocimiento interior que muestra a través de su compleja y generosa obra. El mismo comentará sobre esa parte de su producción: “Creo que algo me habría faltado sí, aparte del color, no me hubiera ocupado también, en una fase de mi vida, del grabado y la litografía. Cuando cogía una piedra litográfica o una plancha de cobre, era como si tocara un talismán. Me parecía que en ellas podía colocar todas mis tristezas, todas las alegrías”. La esplendida relación del artista con el célebre marchante Ambroise Vollard, permitirá dejar volar la imaginación del genio plasmada en la invención de libros, grandes ediciones originales que establecen relaciones estrechas entre el escritor y el pintor. De ahí saldrán los encargos de ilustrar obras como El general Dourakine, novela infantil de la condesa de Segur, las Fábulas de la Fontaine, o incluso la Biblia, donde grandes secuencias, llenas de fuerza y de conocimiento natural, estarán grabadas como una expresión más del sentido de lo maravilloso. En los años cincuenta, Chagall emprenderá la aventura de la cerámica, la invención de formas y la aplicación del color sobre la forma en el barro, le permiten enlazar su arte con el de la tradición popular.
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Los tonos en las obras de Chagall, vibran en las distintas intensidades, realzando el contenido del cuadro. Así pues, el azul intenso de Chagall, nos dice que se acerca la noche, en otras versiones menos densas, mezclado con blanco, evocará el nacimiento del día. Estos colores dan fondo al rabino, al violinista, a los animales o familiares que van apareciendo en los cuadros, unos cuadros que no fueron entendidos dentro del arte de la vanguardia rusa de comienzos del siglo XX. Aunque su patria le dio la espalda durante muchos años, Chagall, nunca la olvidó. No sería hasta la era de Gorbachov, cuando hubo un cambio y se empezó a comprender su obra. En 1987se celebró una gran exposición de Chagall en el Museo Pushkin. Sesenta años de silencio, hicieron falta para que se volviera a situar en el mapa al artista y su obra.
Chagall reinventa un mundo a través de un lenguaje propio con el que transmitir un mensaje de libertad. Una visión revalorizada para el hombre de nuestro tiempo. La esperanza
Chagall
Museo Thyssen-Bornemisza
Fundación Caja Madrid
14/02- 20/05/2012

