Hay veces en que lo normal pasa a extraordinario así por las buenas y lo notamos sin saber cómo.
Existen muchas maneras de llegar a la obra de Carmen Martín Gaite (Salamanca, 1925 – Madrid, 2000). Para algunos es por la vía de la obligación, pues novelas suyas como Entre visillos o El cuarto de atrás han formado parte de los programas de Selectividad durante años. Otros llegan a ella a través de sus traducciones —me sucedió a mí mismo, pues creo que lo primero que leí de su letra fue su traducción de Cumbres borrascosas—. También hubo quien la descubrió en la serie que guionizó para Televisión Española sobre Santa Teresa de Jesús en 1984. La producción de Carmen Martín Gaite fue amplia, polifónica, variada y atrevida. Y, en este sentido, el título de la exposición que la Biblioteca Nacional de España le dedica con motivo del centenario de su nacimiento es adecuado si entendemos el vocablo “paradigma” en su acepción de “ejemplar”, pues su producción excede el contexto de la literatura femenina española de su tiempo, especialmente en los años de la posguerra, en los que existieron voces tan destacadas como Carmen Laforet, Ana María Matute o Josefina Aldecoa, pero ninguna tuvo la presencia literaria que Martín Gaite alcanzó ya en la segunda mitad del siglo XX, una presencia tan firme que conquistó espacios que hasta entonces solo podían abrirse a ciertos autores masculinos.
La exposición de la Biblioteca Nacional de España partía de una necesidad: rendir homenaje a una de las voces más relevantes de la literatura española contemporánea. Una tarea a cumplir no sin dificultades: reflejar en una exposición esa carrera tan amplia y variada era complicado. La exposición logra sus expectativas y consigue crear un discurso coherente, interesante y visualmente atractivo.
El relato expositivo es bastante lineal, haciendo un recorrido cronológico por la vida de esta autora. La exposición nos presenta sus orígenes familiares: Martín Gaite procedía de una familia con un elevado nivel cultural y durante su infancia le marcaron especialmente los periodos vacacionales en Galicia, donde su abuelo había construido una casa familiar en San Lorenzo de Piñor (Orense). Galicia y sus ambientes estuvieron muy presentes en su obra. Estudió Bachillerato en el Instituto Femenino de Segunda Enseñanza de Salamanca y, posteriormente, Filosofía y Letras en la Universidad de la misma ciudad. En 1948 se trasladó a Madrid con el objetivo de emprender un doctorado y allí conoció a través de Ignacio Aldecoa al grupo formado por Rafael Sánchez Ferlosio, Alfonso Sastre, Carlos Edmundo de Ory, etc. Con Sánchez Ferlosio se casó y tuvo un feliz matrimonio que duró 17 años, durante los cuales Martín Gaite destacaba el reparto de tareas domésticas, la complicidad y no la no inferencia en las actividades profesionales el uno del otro. Tras su separación, la década de 1970 fue una de las más activas de su carrera profesional. Vivía sola con su hija Marta y aprendió a habitar esa soledad de forma activa, convirtiéndola en un motor creativo, intelectual y vital. Ese cierto aislamiento no implicó una falta de reconocimiento. Así lo reflejan sus estancias norteamericanas. Desde 1979, cuando visitó Nueva York por primera vez para asistir a un congreso sobre novela española contemporánea, sus viajes a Estados Unidos fueron frecuentes, asistiendo como visiting professor en diferentes universidades. Esas estancias supusieron un gran impulso creativo y una vía de evasión para la autora. El fallecimiento de su hija Marta en 1985 la sumió en un intenso duelo que tardaría tiempo en lograr sobrellevar. Los siguientes años serían de reconocimiento a su labor profesional, cabe destacar el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 1988 o el Nacional de las Letras Españolas en 1994. Falleció repentinamente, después de una enfermedad fulminante, en el año 2000.
La muestra comisariada por José Teruel Benavente demuestra, por un lado, la importancia del ensayo en la producción global de Martín Gaite: sus obras ensayísticas superan cuantitativamente a las novelísticas. También el interés de la autora por el arte y la cultura de masas. La fotografía tuvo una importantísima presencia en su vida y se dedicó ampliamente al collage, especialmente durante sus estancias norteamericanas. Al respecto, José Teruel también ha comisariado este año una exposición en Matadero sobre Martín Gaite y el collage, presentando un conjunto de 80 obras realizadas durante la estancia de la autora en Norteamérica entre septiembre de 1980 y enero de 1981. Pero, sobre todo, el interés de la exposición es de naturaleza fetichista: cualquier admirador de Martín Gaite se deleitará contemplando los más de cien originales que presenta la muestra, entre ellos los manuscritos de El cuarto de atrás, de Usos amorosos de la posguerra española o el collage original para Caperucita en Manhattan. Personalmente, me emocionó ver una carta dirigida por Martín Gaite a Carmen Laforet felicitándola efusivamente tras la lectura de Nada. Por ello, la exposición es un cumplido homenaje a la rica y compleja figura de Martín Gaite y una ocasión para seguir descubriendo su voz.